Julio,2022.

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El miedo se trasmite de muchas formas y no hay edad en la que impida desarrollarse. De pequeños nos insitan a correr riesgos para perderlo, pero ¿alguna vez se pierde? 

Cuando chica vivía en el campo, no era particularmente nuestro, sólo cuidábamos de él, eramos una familia humilde. Mis padres Alberto y Beatriz me cuidaban cada paso de daba, no les gustaba que trepara los árboles, no les gustaba que estuviera sola y mucho menos les gustaba que siguiera a mis hermanos. Era su princesa, la nena de la casa, pero era inevitable querer estar atrás de ellos, David era el mayor, por ende el cuidador, se encargaba de que no me retaran tanto y siempre fue el compinche. Tenía el alma de jefe, vivía rodeada de gente y metido en miles de aventuras junto a Nahuel, el segundo mayor. Nahu siempre fue más reservado pero de mucho sentir. Era quien bochoneaba si no hacía una tarea o si me mandaba alguna macana. A pesar de no tener las posibilidades que ellos tenian, mis tiempos en el campo me marcaron fugazmente.

Conforme pasó el tiempo nos vimos obligados a mudarnos a la ciudad. Ya tenía 10 años y la idea de vivir a cuatro cuadras de mis abuelos era el tipo de aventuras a las que yo estaba acostumbrada. Recuerdo visitarlos más a ellos que mis días en el campo. Ojo, no me quejo de la paz de allá, sólo que asemejo mi infancia entre historias, retos y consentimientos de parte de estas dos personas.
Antes de mudarnos por fin a la ciudad, nació Nicolas, mi hermano menor. A medida que iba creciendo, más difícil se hacía verlo como alguien bueno. ¡Nunca me brotaron tantos nervios con tan poca edad! Era totalmente estresante vivir bajó el menor, ir a verlo jugar al fútbol y que cada reto fuera referido a mi mientras él me veía burlón.

Pero, volvamos a la parte del miedo. Lo sufrí a lo largo de mi niñez y adolescencia. Lo sufrí cuando veía a mis padres pelear, cuando se separaron, cuando veía a mamá luchar por salir adelante, cuando veía a mis hermanos mayores cumpliendo su papel. No importó el tiempo, ni mucho menos la edad, cada quién tenía miedo y todos nos lo planteábamos de diferentes maneras.
Y cuanto más pienso en ello, más segura estoy de creer no hay que dejarnos vencer con este ser invisible e invendible, que mientras más luchamos, más cerca estamos de encontrarnos a nosotros mismo.

Del miedo hay que hacerse amigo...

Lo intenté...Where stories live. Discover now