Little Things

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—¿Puedes dejar de rayar mi cara? —se quejó mi novia por enésima vez. —Por favor, —agrego.

—Espera estoy terminando una constelación, —conteste, uniendo dos de sus pecas con mi pluma.

—Tú me vas a quitar la tinta del rostro, —sentenció, mientras yo reía levemente.

—¡Listo! —Exclame orgullosa, deje la pluma en la mesa de centro y le pase un espejo. —Toda una obra de arte, ¿no? —pregunte.

Se quedó callada viendo su reflejo, volteo a ver mi expresión orgullosa y nuevamente su reflejo.

Suspiró.

—Tienes suerte de ser bonita, Hannah, —dejo el espero en la mesa y tomo el control de la TV., mientras se acomodaba en el sofá. Volví a reír suavemente.

—Lo sé, yo también te amo, —conteste recargándome en su hombro, tome su mano entrelazando nuestros dedos. Observe nuestras manos unidas por un rato, seguía asombrándome como se sentía que encajaban perfectamente.

—Espero que también seas consiente que va a haber repercusiones por llenar mi cara de tinta, —comentó, cambiando los canales sin realmente voltear a verme. Reí con ganas, apretó nuestras manos unidas y las dejó en su regazo.

—Las espero con ansias, —conteste, le di un sonoro beso en la mejilla haciéndola reír.

Sonreí, amo su risa.

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—¡Hannah! —Escuche un grito proveniente del baño.

—Mandé, —contesté, sin levantar la vista de mi libro. ¿Por qué será que la gente siempre interrumpe en la parte más interesante?

—Es oficial, ya estoy vieja, —menciono. Levante la vista de mi libro, para verla parada en la puerta de la biblioteca. Suspiré y regresé a mi lectura. — ¡No me ignores! Te estoy hablando en serio, —dijo, puso las manos en su cintura. Volví a suspirar y terminé por cerrar mi libro, no sin antes marcar donde me había quedado. Lo que era oficial es que no iba a terminar de leer hoy.

—¿Por qué lo dices? —pregunté, la miré dándole mi absoluta atención.

—Mira, —señalo su rostro. Me le quede viendo unos segundos y luego directo a los ojos. — ¿No lo ves? —Negué con la cabeza. — Mira otra vez, —dijo, pero esta vez señaló sus ojos. —Ahí están. Mis arrugas. Señal de que estoy envejeciendo, —mencionó derrotada. Me le quede viendo por unos segundos más antes de comenzar a reír.

—¡No te rías! —grito indignada, dando un pequeño pisotón al suelo.

—Mi amor, —comencé cuando pude controlar mi risa. — Esa no es señal de vejez, solo de que estas sonriendo más seguido, —finalice, regalándole una sonrisa propia.

—¿Ah sí? ¿Y qué me dices de esto? —levanto un poco su blusa para alcanzar a ver su abdomen. —¡Mira! —tomo la piel de su estómago, moviéndolo de arriba a abajo.

—Que se nota que no hemos ido al gimnasio por casi dos semanas, —conteste haciendo lo mismo con mi propio abdomen. —¿Vez? Yo tengo más.

—No cuenta, tú estás sentada. Así se nota más, —dijo en tono de puchero. Volteé los ojos y me levanté. Volví a hacer lo mismo. —Sigue siendo menos que la mía.

—Eso es porque no soy tan alta como tú, por lo que tengo menos piel, — conteste.

—¿Y esto? —señaló sus piernas, —¡tengo estrías! —exclamó.

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