UNO

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Crecer, envejecer mientras engañas a la imaginación, es encontrar y perder al mismo tiempo. Es buscar refugio en un escondite seguro, encajando en múltiples lugares, tocar fondo y entender que lo neutro y lo pasional no están tan separados como parecen. Recibes invitaciones, miradas que sugieren un futuro prometedor. Escribes, dejas de hacerlo, quizás por motivos o razones inciertas. Te encariñas y luego te ves obligado a dejar ir. Descansas y sigues adelante, como un titiritero que lucha por mantener el control mientras te ahogas en un mar de emociones que no puedes contener. Entonces llega el invierno, y apenas logras resistir. Es ahí donde todo se ralentiza, donde el mundo se calma y avanzas, sin ninguna protección.

Crecer sin tomar pequeños pasos, sin querer enfrentar lo malo, es buscar siempre el "camino fácil", creyendo que una burbuja blindada te protege. Un convoy personal que, en realidad, te limita y te llena de credulidad, impidiendo que descubras tu verdadero potencial.

Crecer es inevitable, pero dejar de vivir sin haber encontrado un propósito que te haga sentir vivo es una pérdida. Solo entonces, con el paso del tiempo, todo se aclara. Te darás cuenta de que te has vuelto fuerte e impenetrable, pero también suave y lleno de sentimientos, con el corazón abierto para compartir.

Crecer sin nutrir el alma te desvincula de tu verdadero ser. Tu cuerpo envejece, pero tu mente se encoge y tus manos ya no parecen tan grandes. Creer que todo lo malo que te ha sucedido es una carga que debes llevar para siempre, y pensar que crecer implica resignarse a ello, es limitante. Pero al final, entenderás que no se trata de ser "el uno que faltó", porque ese "uno" se ha vuelto infinito.

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