Prólogo

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Aquel 6 de abril, el calor caía sobre Los Ángeles con una furia que parecía escrita por el mismísimo infierno. El sol, implacable y arrogante, derretía el pavimento y espantaba hasta la sombra de los árboles.
Salir era un desafío a la vida misma: bastaban unos minutos para que el cuerpo cediera, seco como el asfalto, deshidratado hasta el alma.

A un paso de alcanzar los 40°C, la ciudad entera parecía haberse rendido ante el calor. Ni un alma cruzaba la acera, ni un motor se atrevía a rugir.
Las ventanas cerradas, las cortinas corridas y los ventiladores que giraban eran las únicas señales de vida que quedaban en aquel mediodía asfixiante.

Sin embargo, contra toda lógica y recomendación médica, un anciano se abría paso por la acera desierta, como si el calor no fuera más que un rumor sin importancia.
Caminaba lento, pero sin pausa, con el rostro enrojecido por el sol y los labios resecos, aferrado a su bastón como si fuera una extensión de su voluntad. En la otra mano, colgaba una bolsa de regalo con papel arrugado, un moño inclinado y la promesa sencilla de un gesto afectuoso.

Iba camino a casa de su única hija, con la cariñosa intención de volver a ver, por fin, a su nieta. No le importaba la temperatura, ni el ardor en sus rodillas, ni el sudor que le empapaba la camisa.
Solo pensaba en llegar, en cruzar esa puerta y, tal vez, ver en esos ojos juveniles un reflejo del niño que él mismo fue alguna vez.

Así continuó, firme y obstinado, recorriendo un par de millas bajo un sol que no daba tregua. Cada paso era una batalla contra el hormigueo en los pies, el ardor en las sienes y la sequedad en la garganta.
El bastón golpeaba el pavimento con un ritmo cansado, como si marcará el compás de una marcha final, y la bolsa de regalo colgaba torcida, balanceándose con un leve crujido de papel que rompía el silencio sofocante de la calle vacía.

Estaba exhausto, deshidratado, y a ratos sentía que el corazón le latía más por orgullo que por fuerza vital. Pero no se detuvo.
A su edad, uno ya no corre, pero sí llega. . . aunque sea arrastrando los pies.

Y cuando por fin llegó —sudado, encorvado, sin aliento—, aunque no lo recibieron con los brazos abiertos ni con palabras amables, algo dentro de él se relajó.
Lo había logrado. Había llegado por sus propios medios. Y eso bastaba.

—¡Sorpresa, soy yo! Tuve que venir porque me cansé de esperar que fueran a verme —dijo con sorna, atravesando la puerta principal.

Hana, su hija, fue quien abrió la puerta y a su lado, estaba Henry, su esposo, quien intentó mantener la compostura y disimular la sorpresa —o el disgusto— que le provocaba la inesperada visita.
Él forzó una sonrisa tensa, mientras Hana, sin mayor reacción, lo miraba con esa mezcla de indiferencia y resignación que solo los años mal llevados pueden cultivar.
Sin decir mucho, ella lo invitó a pasar con una amabilidad que sonaba más a protocolo que a afecto, Henry le ofreció una vaso de jugo refrescante y señaló el sofá más cómodo de la sala, como si con eso pudiera redimir el hecho de no quererlo allí del todo.

El anciano se dejó caer en el sofá como si el mueble fuera un premio y el aire acondicionado un milagro.

No dijo nada durante un momento.

Solo sonrió con los ojos entrecerrados y permitió que el peso del cuerpo descansara, pero también —aunque no lo admitiera—, que el peso de los recuerdos y del abandono doliera un poco menos.

Porque al final, llegar allí no solo era ver a su nieto. Era demostrar, sobre todo a sí mismo, que aún podía decidir su camino.

—Al menos podrías haber avisado —dijo Hana cruzada de brazos, sin ocultar del todo su incomodidad.

—¿Para qué? —respondió el anciano, alzando una ceja con sorna—. ¿Para que tuvieran tiempo de esconderse? Siempre me han gustado las sorpresas.

𝓛𝓪 𝓻𝓲𝓭𝓲𝓬𝓾𝓵𝓪 𝓲𝓭𝓮𝓪 𝓭𝓮 𝓸𝓵𝓿𝓲𝓭𝓪𝓻𝓽𝓮 ©Stories to obsess over. Discover now