Prólogo

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— Deberías — dijo la mujer fingiendo preocupación.

Su primogénito se frotó el puente de su nariz y le miró fijamente. Su madre había llegado al palacio en horas de la mañana y ya sentía el inmenso deseo de echarla, a patadas, si fuese necesario.

— Es estúpido tu actuar, madre — espetó sereno.

Enrolló el pergamino que leía atentamente antes de que ella entrara a su estudio y lo guardó en un cajón de el escritorio.

— No lo es cuando intento salvarte.

— ¿Salvarme? — el apuesto demonio sonrió altanero, mostrando aquellos blancos colmillos — ¿Quién te crees para tomarte tal atribución?

— Tu madre — contestó con serenidad palpable — la única a quien le importas lo suficiente.

— Y supongo que debería sentirme ¿Felíz?

La elegante mujer se levantó abruptamente de la silla en donde permaneció sentada por más de media hora y golpeó la superficie de el escritorio con ambas palmas.

El demonio no se inmutó ni tampoco dijo nada para menguar la ira que crecía en el interior de su progenitora.

— Necesitas a una miko y cuánto antes, mejor.

— No necesito a nadie — acotó — ahora déjame solo.

— Bien — la mujer se incorporó — si así lo deseas está bien.

Salió de el estudio dando un portazo. El palacio de el Oeste también era su hogar y aunque fuera regido por su hijo también tenía derecho y podía tomar decisiones aunque fuesen en contra de la voluntad del lord.

Si el demonio no quería ayuda, no insistiría más pero por su parte la buscaría y la llevaría a rastras si fuese posible pero no iba a permitir que Yako fuese eliminado completamente, no si ella estaba allí para impedirlo.

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⏰ Última actualización: Mar 25, 2020 ⏰

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