La lluvia azotaba la casa sin ningún remordimiento. El viento helado se colaba entre las grietas y formaba ruidos molestos. Había caído una tormenta de esas que duran poco, pero dañan mucho. Y aún así, eso no impidió que alguien tocara a la casa, a altas horas de la noche.
Doralicia, la dueña, abrió ligeramente la puerta, con sospecha. Al otro lado de la puerta se encontraba un joven de no más de quince años, tiritando de frío y empapado de pies a cabeza. La señora no se lo pensó dos veces antes de abrir por completo y darle paso.
- Usted es una señora muy amable – dijo con el joven con dificultad sobándose ambos brazos para entrar en calor.
La mujer negó con la cabeza, totalmente preocupada.
- ¿Cómo se le ocurre estar afuera tan tarde y con este clima? – le preguntó, exaltada –. Hasta podría darle neumonía, ¡madre santa!
El joven sonrió nerviosamente, rascándose la parte trasera del cuello.
- La verdad es que me retrasé en el viaje, planeaba llegar al pueblo a media tarde – explicó –. Vengo a visitar a mi tía Begonia, sé que vive por aquí, pero con esta lluvia no distinguía bien las casas y decidí tocar a la primera que viera.
- Sí, ya sé quién eres. Begonia nos contó que venías de visita – respondió la señora, sonriendo –. Quizá no me recuerdes, porque yo te conocí cuando eras un bebé recién nacido y ... - se detuvo, dándose cuenta de que no era tiempo para anécdotas –. Qué tonta soy, si te estás muriendo de frío. Déjame te busco un cambio de ropa seco.
Dicho eso, salió corriendo hacia su habitación. El joven mientras tanto se quedó de pie en el recibidor.
- ¿Quién eres? – escuchó que preguntaban.
El joven dio un brinco, sorprendido, pero luego se tranquilizó al ver que se trataba de una niña de no más de 10 años. La pequeña se tallaba un ojo y bostezaba, como si se acabara de despertar.
- Soy el sobrino de una de tus vecinas – respondió con una sonrisa –. Me llamo Rottio.
- Yo me llamo Azucena – se presentó la niña, aún con voz somnolienta –. Pero todos me dicen Azu.
Doralicia salió de la habitación en ese momento, con varios cambios de ropa.
- Ay, pequeña, vuelve a la cama – le dijo a su hija, con voz tierna –. Es muy tarde para estar despierta a estas horas.
La niña quiso hacer un mohín, pero la verdad es que sí tenía mucho sueño y se regresó en silencio a su habitación.
Rottio sonrió, dándole ternura la escena. Aceptó agradecido la ropa y se fue al baño a cambiarse. Cuando salió, ya completamente seco, la señora lo esperaba con una taza de té humeante en la mesa. Tomó asiento frente a ella.
- La casa de tu tía no está tan lejos, mañana que haya aminorado la lluvia te guiaré hasta su casa – le dijo Doralicia, y se inclinó un poco hacia adelante, con los ojos brillantes, deseosos de chisme –. Y cuéntame, ¿qué te trae hasta aquí?
Para la siguiente semana todo el pueblo ya se había enterado de que el sobrino de la señora Begonia era un estudiante de magia y que, quería pasar sus vacaciones en el pueblo, pues la vida en la gran ciudad era extenuante y él buscaba un respiro. Era toda una noticia, pues, hacía mucho que no había un mago en el pueblo.
Y Azucena se le había pegado como un perro faldero, deseosa por conocer la magia. Al ser una niña pequeña de pueblo, hasta un espectáculo de luces la podía impresionar bastante.
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El camino de la magia.
FantasíaAzucena es una niña feliz que vive en un pueblo tranquilo. Tras la visita de un mago, queda encantada y decide que ella también quiere seguir el camino de la magia. Para lograrlo, tendrá que engatusar a un ser mágico para que le otorgue su favor y a...
