Al principio, todo fue una broma. Por montones circulaban textos e imágenes con burlas de todo tipo. La situación era chiste, y por mucho tiempo así lo creímos. Mientras seguíamos inmersos en nuestra ruidosa rutina, la peste avanzaba rauda y silenciosa consumiendo todo a su paso. Para cuando entendimos lo que ocurría, ya era demasiado tarde.
Hoy, son incontables los días que llevamos encerrados, rezando por un día más, por un nuevo amanecer. El humor se ha convertido en un triste recuerdo de épocas mejores. Las risas han desaparecido, y en su lugar solo hay miedo y desesperación.
Cuando comenzó el confinamiento, solo era una medida de seguridad. Muchos no lo entendieron, o no quisieron entenderlo. Cientos de personas salieron a la calle creyendo estar a salvo. No supieron cuánto se equivocaban. No tuvieron tiempo de arrepentirse.
Los gobiernos hicieron lo posible por contener a la población. Algunos actuaron tan pronto como pudieron. Otros tardaron más en ver el riesgo que el brote suponía. Aun así, ni los más despiertos ni los más despreocupados pudieron luchar con la ignorancia y la indiferencia de sus pueblos. Todos cayeron, uno a uno, día a día, víctimas de una fatalidad alimentada por el egoísmo natural del ser humano.
¿Qué clase de criatura es capaz de arrastrar a los suyos a la extinción sin meditarlo un segundo? ¿Acaso lo que nos diferencia de los animales, más que nuestra supuesta razón, es nuestra capacidad de autodestrucción? Llevo tiempo meditando estas preguntas. El silencio y el encierro me han arrojado más respuestas de las que habría esperado, y con cada una nos odio más.
No estábamos preparados, porque pasamos nuestra vida pensado que sí lo estábamos. Ese exceso de confianza, ese constante creernos dueños del destino, fue lo que nos condenó. El mal es el del otro. Ese fue el mantra que sostuvo la humanidad por demasiado tiempo. Tanto tiempo que acabamos creyéndolo, pensando que aquellos informes que con tanta desesperación repetían los medios solo eran una ficción. Era otro mundo el que describían esas aterradoras imágenes, porque a nosotros eso jamás nos pasaría.
¡Qué ingenuos, que ignorantes! Que mal hicimos en creernos superiores al destino, superiores incluso a la muerte. Jugamos a ser dioses, y hasta nos elevamos por encima de toda divinidad. Demasiado alto, y demasiado dura fue la caída. Hoy, conscientes al fin de nuestra insignificancia, aguardamos desde la oscuridad de nuestras prisiones personales el castigo merecido a nuestra arrogancia. Hoy no somos seres vivos, solo somos sobrevivientes, y eso tan solo es una forma más cruel de estar muertos.
Estas palabras no cambian la realidad, ni alivian el dolor de la inminente extinción. Ya es demasiado tarde para eso. Estas palabras representan una infinita disculpa por haber existido por tanto tiempo, por haber consumido hasta la última gota de vida de la tierra que nos albergó. Es el último aliento de una especie que no oyó a tiempo, que no entendió, que se condenó a sí misma.
La pandemia se extendió por los rincones más alejados del planeta. Creció sin control. Lo arrasó todo. Lo destruyó todo. Hasta que apareció la terrible cura para aliviar al mundo de un mal voraz e incontenible. Los pocos vestigios que quedamos del virus que por poco aniquila al planeta, pasamos los días llorando porque palabras como estas no fueron dichas a tiempo. Y si fueron dichas, nadie las oyó.
La naturaleza se ha curado a sí misma, como tantas otras veces lo ha hecho. Solo que, esta vez, no estuvo dispuesta a darnos una nueva oportunidad. No hay disculpas que alcancen para salvarnos. Lo sé. Llevó demasiado tiempo pidiéndolas. Solo queda esperar. Y soñar, si se puede, con que el pasado logre escuchar el eco de nuestros lamentos retornando en el tiempo. Y despierte. Y aprenda.
