CAP. I

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ROBERTO

Viernes.

Los viernes son el mejor día de la semana. Trabajas menos horas, tienes más tiempo para hacer tus actividades favoritas; hacer ejercicio, reunirte con amigos, salir a bailar y a beber como si no hubiera un mañana. El sábado es el mejor amigo del vienes, por lo tanto, hagas lo que hagas, el sábado estará ahí para cuidarte. Sin embargo, ese no pudo ser el viernes de Roberto.

Un ruido repetitivo lo despertó de repente. Roberto, acostumbrado a él, solo alzó el brazo con pereza, tratando de atinarle al botón de la alarma con alguno de sus dedos y apagar ese ruido de una vez por todas, pero toda acción fue en vano, pues su celular no se callaba. Irritado se irguió, frotó sus ojos y miró hacia la mesita de noche para encontrarlo. Aunque todo se veía borroso, la forma y color de su celular eran muy fáciles de divisar, aún más por el sonido; sin embargo, este no se encontraba ahí.

-¿Dónde estás maldito? -susurró para sí mismo. Roberto se puso sus lentes y se asomó por el extremo de la cama- Obviamente tuviste que caerte, ¿no? Cállate ya...

Al estirar el brazo lo suficiente como para alcanzarlo, sus torpes dedos empujaron el celular al fondo por debajo la cama.

-¡Me lleva el tren! -exclamó, golpeando con el puño la base de madera de su cama. Por tal acto, el peso de Roberto se le vino encima y cayó de espaldas al suelo.

Como dice la tercera ley de Newton, toda acción tiene su reacción.

-Definitivamente, esto debe ser una señal de que hoy no es mi día.

Tras sacar su celular de abajo de su cama, y de entrar a la ducha y resbalarse, vestirse y tropezarse, desayunar, embarrarse y volver a cambiarse por segunda vez, Roberto salió por fin de su casa. Abrió la puerta de su auto, pero tras pensarlo un poco, se detuvo antes de subirse en él.

-¿Y si algo pasa mientras conduzco?

Seguramente han escuchado hablar de las personas supersticiosas. Bueno, Roberto era una de ellas. Sin embargo, Roberto no desconfiaba de su suerte con cosas tan insignificantes como derramar sal, o que se te cruce un gato negro o pasar debajo de una escalera, sino que sus miedos nacían tras repetitivos percances físicos, tales como ser golpeado por una pelota en la cara o en tus partes bajas, que a una paloma se le dé por defecar en tu hombro o sobre tu cabeza, o que un perro te persiga por toda la calle y una manguera te moje de pies a cabeza y caer sobre unos arbustos de rosas de una mujer desagradable que te grita hasta por los poros y que solo le faltase decir de lo que te vas a morir. Parecen chistes, pero son anécdotas.

-Creo que tomaré el autobús, aún tengo tiempo para llegar.

Roberto fue antes profesor de literatura y física en una escuela secundaria. Pero tras algunos inconvenientes con la dirección de la institución y otro profesor, tuvo que renunciar y buscar otro trabajo, prometiéndose a sí mismo que jamás volvería a cometer el mismo error. Se corrió la voz de su incidente, pero como todo chisme, este se fue desfigurando. Algunos escucharon que él se fue por haber querido abusar de una estudiante, otros oyeron que el otro profesor involucrado lo vio teniendo relaciones sexuales con una maestra en la bodega deportiva, otros creyeron que se fue por vender sustancias ilícitas a estudiantes... Todas mentiras.

Todo aquello llegó afectarle tanto en su vida privada como profesional, que decidió mudarse de la ciudad e ir a un valle que quedaba a varios kilómetros de distancia. Vivió con algunos amigos y trabajó en lo que pudo, hasta que una universidad lo contrató como profesor de física para los chicos nuevos que debían nivelarse. Trabajar ahí le ayudó a estabilizarse económicamente, aunque por las noches trabajaba en una cafetería moderna para poder ahorrar un poco más. Llevaba así dos años, hasta que sintió que su rutina se volvió monótona, así que para hacer cambios en su vida cotidiana, decidió cambiar el horario de ambos trabajos. El trabajo de profesor de nivelación lo haría por las tardes hasta la noche y en la cafetería trabajaría desde la mañana hasta el medio día.

Lucas y RobertoWhere stories live. Discover now