En este cuento plasmo parte de las tradiciones y supersticiones de Huacho, así como el contexto en el que circula esta leyenda adaptada a mi estilo, mostrando un panorama tanto cultural como demográfico del ya conocido norte chico
El retocamiento de...
Les contare una historia de un evento trágico sobre las cunas del misticismo Peruano, en un pueblito lejano llamado: "Huacho"
La fina llovizna de la mañana, acrecentaba la sensación vaporosa bajo aquel cielo grisáceo.
En el año de 1940, un 4 de julio según el calendario tradicional, las hierbas, lamentos rezados y el humo de los tabacos exhalado de la boca de un brujo eran todavía las únicas medicinas en el bien llamado tierra de brujos pueblo de Huacho, las mismas atenciones brindadas a los dolientes desde mucho antes de que el lugar fuese bautizado. Aunque sus habitantes eran gente considerada hospitalaria y atenta, la localidad en sí estaba cargada de supersticiones, gran parte de ellas refugiándose ya solo en la tradición oral, susurradas por arrugadas y desdentadas bocas.
Un carruaje de techo plano se detuvo en el pueblo dicha neblinosa mañana, como toda presentación hacia los pocos y madrugadores espectadores. Hundiendo una bota de tiro alto en el suelo empedrado, el médico enviado por la OCR, de nombre Maximiliano, limpió su gorra y oteó el horizonte frente a sí exhalando el vaho, como buscando algo más allá de las escuetas calles, detrás de, el bajaba del mismo carruaje , caminando entre saltitos agraciados una silueta blanca: su hija, una bella joven de nombre Josefina, quien actuaba como perfecto contraste para aquel anodino sujeto de impoluta capa negra, desigualdad que aumentaba al oírla tocar el piano de manera magistral con sus finos dedos, instrumento que la acompañó a su nuevo hogar poco después de su venida. Un ciudadano local tomó sus maletas y, sin cruzar palabra alguna, dirigió a los recién llegados hasta la casa hacienda, situada en pleno corazón de la campiña de Huacho.
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El médico, a los pocos días de recién llegado, se sentía con la firme obligación personal de atender a las personas más delicadas de salud en el remoto pueblo, por lo que se encontraba la mayor parte del tiempo fuera de la casa hacienda en que residía. Aun con lo sobrecargado de su trabajo, y el poco tiempo que dedicaba a su hija en el esmero en cumplir con sus deberes, esta comprende y respeta la ausencia de Maximiliano.
Así, Josefina pasaba las tardes acompañada de algunas de las campesinas a su servicio, entreteniéndose en la lectura o simplemente recorriendo las marfileñas piezas del piano con dedos aburridos. Desconocedora aún de los caminos en la campiña, la curiosidad la mataba por visitar la hermosa laguna pequeña que algunos campesinos habían mencionado hace algún cierto tiempo, la que según ellos, se encontraba a una hora de la hacienda. La llamaban "laguna La Encantada".
Pulsando una tecla del piano con despreocupación, sujetando su mentón con la mano libre, miró una vez más por la ventana, en dirección a La Encantada.
-¿Podría yo...? –Susurró a su reflejo- ¿Y sí...?
Dejó la oración flotando, como acariciando la idea.
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