Más allá del muro blanco

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"Si en verdad me amas, espérame.

Hasta que el sol decline.

Hasta que mi barco regrese al puerto.

Hasta que el piedralumbre se enfríe."

Cantar de la Viajera.

1

La primera vez que había visitado el Gremio de Alquimistas, Eloise apenas había cumplido dos mil jornadas de vida. Recordó que el sol estaba exactamente en la punta del pararrayos que coronaba la cúpula de mármol del edificio. Ahora que de nuevo estaba observándolo desde el primer escalón, se dio cuenta que estaba exactamente en el mismo lugar. Hacía media vida que había tenido su primer sangrado, media vida dedicada a especializarse en astronomía dentro del Gremio. Ya no era aquella niña temerosa, sujeta a las faldas de su madre; sino la heredera de su cabello cobrizo y piel morena, y de aquella carga, la del nombre de una familia asociada a notables exploradoras.

— ¿La Señora quiere que espere? –El chofer interrumpió sus pensamientos. Era un hombre joven, al que el sombrero y las gafas le quedaban grandes, y le faltaba aprender mucho sobre paciencia y buenos modales.

— Regresa por mí para el Tiempo de la Comida. —Eloise sacó el cronómetro de uno de los bolsillos de su ancha falda y abrió la tapa de bronce. La carátula parecía un pastel hecho con un rubí, al que le hubieran quitado dos de sus doce rebanadas, o más bien, que las hubieran ocultado con una delgada lámina de metal. Y casi al borde de esta, en la circunferencia del cronómetro, un animal de cuatro patas con un cuerno en la frente; indicaba el inicio del tercer periodo de la jornada. El corazón de piedralumbre del aparato había pulsado de forma constante durante miles de jornadas antes de que ella naciera, y seguiría haciéndolo igual de confiable, por miles más. Le dio la espalda al chofer y escuchó el bufido de vapor contenido por el motor del carruaje, antes de que los tubos neumáticos alzaran su chasis, y los seis pares de patas mecánicas comenzaran a moverse, repiqueteando sobre la avenida empedrada como las de un escarabajo, e integrándose a la cacofonía de otros aparatos similares, propia del distrito comercial de Bahía Blanca.

Las hojas del portón del edificio del gremio se abrieron para ella, y el portero, un hombre de barba entrecana le ofreció un saludo. En el vestíbulo, algunas alquimistas un poco más jóvenes, con la casaca verde de la burocracia, pasaron delante de ella; llevando entre las manos varios pesados libros. Caminó sobre la alfombra hasta la puerta del elevador, donde el ascensorista le sonrió y movió la manivela del mando haciendo un semicírculo, llevándola desde la posición inicial de planta baja, hasta la final, que correspondía al último piso.

Cuando la reja de metal se abrió, se encontró en el amplio vestíbulo que servía de recepción a la Sala de Audiencias del Gremio. Los anchos ventanales entintados filtraban la permanente luz solar, y ofrecían una vista completa de la zona centro del puerto: hacia el sur, el barrio pesquero con sus chabolas de madera y los astilleros; al este la bahía donde su barco estaba anclado, y al norte las factorías de piedralumbre, la Academia y más allá de los límites de la ciudad, el extenso bosque de helechos gigantes. Un dirigible de pasajeros cruzó despacio, maniobrando las aspas propulsoras fijas a los largos soportes de los lados, y dejando un rastro de vapor tras de sí. Mirándolo, de pie frente a uno de los ventanales, estaba una mujer con pantalones de cuero, botas impermeables y una casaca corta y pálida que contrastaba con una piel cianótica y un cabello muy negro y corto.

— Mindanao. Disculpa la demora. –Eloise se acercó a la mujer, que giró despacio y le sonrió antes de extenderle la mano. Las dos se la estrecharon sin ceremonia, y la capitana se cruzó de brazos de nuevo.

Más allá del muro blancoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora