—Créame doctor. Le digo que en mi casa escucho sollozos y risas de niños. Ya le he comentado que no tengo hijos y que vivo solo.
El psicólogo observó de nuevo aquel paciente recurrente en su consulta. Garabateó unas indicaciones, y se las alzó al inquieto hombre
—Tome, haga lo que le he recetado, y venga luego y me cuenta.
El paciente agarró el papel y salió de allí, no leyó la receta hasta que llegó a su casa.
Antes de eso, buscó un quiosco para comprar caramelos, no eran para él, era diabético.
