Capítulo 1: Apagón

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Lia estaba de pie, pensativa, preguntándose si iba a hacer lo correcto, si Alicia se enfadaría , si debían irse de allí, si era imaginación suya, si todo lo que la ocurría era culpa de su existencia, si de verdad era ella o no era ella, o si simplemente debía volver a meter en casa aquella maleta inprovisada que había dejado en el descansillo junto a todas las cosas que había sacado a trompicones de su casa, movida por el miedo, con la intención de irse, irse lejos, solas las dos, donde él no pudiera cogerlas, a un lugar donde la luz estuviera siempre encendida.

Pensar distraía su vista, que se quedaba fija en un punto sin enfocar ninguna imagen en su mente, hundiéndola más en sus pensamientos, que subían de volumen dentro de su cabeza como si lucharan entre ellos por tomar el control, hasta que recordaba el motivo de su situación y un frío seco recorría su espalda como si la misma muerte acariciara con sus largas uñas su columna de arriba a abajo, instantáneamente se quedaba en blanco y volvía a voltearse bruscamente mirando aquella luz del descansillo, parpadeante, agonizando en silencio por que se quedara encendida, sufriendo cada vez que amagaba con apagarse, vigilando el reflejo del pasillo en aquel espejo que acaba de romper, vigilándole a él.

Tras varios minutos de agonía, la angustia comenzaba a llenar su cuerpo. La alarma de su móvil sonó fuertemente en aquel silencio sepulcral, como suena esa desconcertante sirena de policía por las calles de Madrid a las 3 de la mañana, Lia se sobresaltó, sus pulsaciones subieron bruscamente, paró la alarma inmediatamente, se sentó en el suelo y respiro hondo, era la hora de su medicación, eso la relajaba porque sabía que la tocaba descansar, rápidamente con los ojos casi cerrados, con su mente a punto de explotar cerró la puerta de su casa, dejando fuera gran parte de las cosas que había arrojado en su arrebato, corrió por el pasillo, hacia la cocina chillando, y abrió el armario, cogió su bote de pastillas que se encontraba dentro de una taza, que cayó al suelo por su brusco y nervioso movimiento, haciéndose añicos, tomó su pastilla y se tumbó sobre el suelo; los trozos de porcelana fueron tan indiferentes como plumas para su espalda hasta que la medicación hizo algo de efecto.

Una vez calmada, Alicia se levantó del suelo, sin fuerzas, caminó hasta su habitación y durmió las escasas dos horas que faltaban para irse a trabajar, que eran la mitad de las que faltaban para que el sol sobrepasara aquel edificio que cubría las vistas desde su ventana, y entrara por esta, inundando de luz su habitación a través de las rendijas de la persiana.

Como si no hubiera pasado el tiempo, Alicia cambio de postura y un rayo de luz golpeó su cara, se levantó bruscamente y al mirar el reloj, a través de ese cristal roto, vio como aquellas manecillas no avanzaban con cada tic, Lia comenzaba a estresarse, sabía que no podía llegar tarde, no otra vez, Lia comenzó a respirar aceleradamente, mientras, Alicia intentaba calmar la situación, se insultaba por haber roto aquel puto reloj al lanzarlo contra el espejo. Tomó su pastilla de la mañana y tras calmarse unos minutos, Lia desapareció, Alicia se puso en marcha y tras una ducha fría salió a la calle recogió rápidamente el desastre del descansillo y cogió su metro, la línea 10, hacia Puerta del Sur, siempre lleno de gente, agobiante, a pesar de que el curro solo la tomaba a dos paradas desde su casa.

Alicia abrió la puerta de su casa, y nada mas entrar, notó como la soledad invadía su cuerpo como una tinta permanente de la que sabía que no podría limpiar; al menos Lia estaba calmada, el duro día de trabajo en esa asquerosa fabrica la había dejado sin fuerzas, y por suerte Greta, su compañera de trabajo, no había permitido que Lia saliera en ningún solo instante con su estúpida conversación, o mas bien monólogo, sobre lo dura que era su vida, ese estúpido monólogo al que Alicia contestaba con miradas indiferentes y sutiles asentimientos de cabeza, aunque al menos le permitía distraerse lo suficiente como para no pensar en Lia.

La noche estaba al caer, Alicia estaba tumbada en su cama con los cascos puestos, enchufados a su móvil, escuchando la misma canción, una y otra vez, era lo único que la relajaba en ese instante, "Sonata Claro de Luna".

De pronto la luz del edificio entero se apagó, un apagón general, Alicia abrió los ojos como platos en mitad de la oscuridad, no quería ponerse nerviosa, sabía que si no actuaba impasible ante el problema y flaqueaba, su compañera acabaría tomando el control y cometería alguna locura, decidió quedarse completamente quieta y cerrar los ojos hasta que la luz volviera, de repente el volumen de la canción bajó y el sonido de una notificación de batería baja acompañó a la brillante luz de la pantalla, Lia abrió los ojos, y ahí, en mitad de la habitación, se encontraba esa figura alta, delgada, viscosa, completamente negra, sin rostro pero con una mascara blanca con una sonrisa y unos huecos en los ojos tallados, a través de los cuales chorreaba una masa viscosa negra, con textura parecida al alquitrán, de la cual estaba hecho dicho ser, torcía el cuello y arqueaba la espalda para no chocar con el techo de la habitación, mientras la miraba fijamente, gotas de sus cuencas caían como lagrimas sobre las sabanas blancas de la cama. Lia, inmóvil, chilló, el sonido de su grito aumentaba a la par que el brillo de la notificación del móvil se esfumaba dejando a la criatura completamente imperceptible a la vista.

Alicia se despertó, no recodaba más allá de aquel apagón, esta vez se encontraba en una sala, blanca, en una cama, se encontraba algo mareada, las paredes de la habitación estaban acolchadas y al lado de la cama no parecía haber ningún tipo de soporte para bolsas de suero como ella estaba acostumbrada antes de "mudarse", sabía que alguien la había llevado allí, sabía que ni ella ni Lia entrarían a un sitio así por placer; las marcas de aguja en su brazo le dieron la razón, ya había despertado en un hospital antes, no era novedad, pero nunca había estado en un sitio así; pronto se percató de que no había ninguna entrada, lo que significaba que tampoco podía salir, Alicia comenzó a estresarse, pero no era como antes, era extraño, no se encontraba bien, no reaccionaba igual, normalmente era Lia la que se estresaba.

Una de las paredes acolchadas se abrió dejando ver una salida que desde dentro de la sala no se apreciaba, un hombre serio con un traje y un pinganillo en la oreja que enlazaba mediante un cable con una especie de walky talky que llevaba atado a la cintura, entró en su habitación, iba acompañado de otro más delgado con bata blanca, con una actitud quizás amigable, pero indiferente, fría, como la actitud que Alicia tenía hacia Greta, el hombre del traje dio paso al de la bata que sonrió y saludo a Alicia, presentandose como el Doctor L. Collins, tras saludar comenzó a examinar a Alicia que pensaba desordenadamente en su cabeza que pregunta debía soltar primero, a la vez que calmaba las ganas de Lia de correr hacia la puerta, aunque la postura del hombre del traje delante de la misma denotaba cierto interés en que eso no sucediera.

Alicia estaba más preocupada por la extraña reacción de Lia que por la aguja que el doctor estaba a punto de introducir en su cuello, las manos arrugadas y frías del doctor apartaron el pelo de Alicia y se dispusieron a pincharla, ella se dejó, no comprendía el por qué, pero se dejó, era como si una fuerza ajena a ella la obligara a permanecer sentada y callada, quizás algún tipo de calmante. Tras el pinchazo, el silencio se vio interrumpido por una mujer que se asomó a la sala hablando en inglés, a la cual el doctor respondió rápidamente mientras recogía su material y se marchaba con prisa.

Alicia sentía como aquello que fuera que le había inyectado afectaba a su estado de animo, y aunque la apaciguaba, en cierto modo, sentía la ausencia de algo, no notaba esa necesidad de preocupación que siempre tenía, se había olvidado de su trabajo, de sus pastillas, de su casa. De pronto Alicia notó como sus pulsaciones subían y su respiración se aceleraba, pero estaba tranquila, la extrañamente normal cama inició un ruidoso "beep" continuo y cada vez más rápido, una alarma comenzó a sonar en toda la habitación, la puerta se abrió violentamente y empezaron a entrar en la habitación personas con batas, hombres trajeados, la mujer de antes y el doctor L. Collins; Alicia se irguió sobresaltada ante tanto revuelo, su vista se nubló y perdió el conocimiento mientras dos de los hombres trajeados la sujetaban.

La LuzWhere stories live. Discover now