uno.

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Odio ser tímido.

Lo odio con todas mis fuerzas.

Lo odio con tanto ímpetu,

de hecho,

que si la Timidez fuera una persona...

A ver cómo lo digo sin sonar grosero...

me cagaría en todos sus putos muertos.

Porque estoy ya harto de que venga siempre diciéndome

cosas al oído.

Eres ridículo.

Vas a quedar mal.

La gente te va a juzgar.

No vistas de esa manera.

No hagas esto, no digas lo otro.

Ay, Timidez, déjame en paz

y vete a la mierda un rato.


Lo peor de todo es que es invisible para los demás.

Pero de verdad, ¿eh?

Como esos amigos imaginarios que teníamos de pequeños,

como cuando nos acercábamos a nuestras madres

y le decíamos que habíamos conocido a Pepe,

que era muy majo y muy simpático,

y ella nos miraba con cara un poco de extrañada

pensando o bien que eran cosas de la edad

o bien que estábamos locos.

Pues así es.

Nadie más ve la timidez excepto tú,

y eso hace que recurrir a ella parezca una simple excusa.


Hace una semana, por ejemplo,

llegué a mi colegio mayor,

y las novatadas se presentaron ante mi como largas y

enormes montañas imposibles de escalar.

La gente se reía,

se lo pasaba bien,

tonteaba con el compañero de al lado o se echaba una foto

para Instagram entre carcajadas y motes nuevos,

pero yo me quedaba quieto.

No sabía qué hacer.

Sigo sin saberlo.


La Timidez es una mala persona:

te agarra de los brazos y te encadena los tobillos

para que no te puedas mover.

Te dice que no vas a llamar la atención,

pero lo que no sabe es que lo que más destaca en una multitud

es el silencio y la quietud.


Ese soy yo:

un chico amarrado a un poste en la plaza del pueblo,

una bruja siendo quemada en la hoguera,

miles de ojos acribillándome

y la palabra cobarde taladrándome la sien.

Ser tímido me quita la vida,

pero nadie se da cuenta.


Lo peor de todo es que,

en cierto modo,

ser tímido es

ser yo.


A ver, cómo te lo explico.

Yo ya no soy Javi a secas,

ni siquiera el chico que escribe y a veces lee, no.

Yo soy Javi El Tímido,

el callado,

el que es un poco soso y no tiene demasiada sangre,

el que tampoco sale mucho,

ese que parece un poco raro.

Soy Tímido, encantado,

y a lo mejor ese es el motivo por el que me odio tanto.


La gente se queja mucho cuando les digo que soy así,

que es mi forma de ser y que no puedo hacer nada para remediarlo,

pero es que es la verdad.

Abren mucho sus ojos y elevan la voz,

y yo me hago muy muy pequeño

cuando me dicen que no es cierto,

que puedo cambiarlo si así lo quiero.


¿Lo quiero?

Lo quiero.

¿Lo quiero?

Claro que lo quiero.

¿De verdad que lo quiero?

Jo, pues no lo sé...


La Timidez ha sido la única constante en mi vida;

es como una costra, adherida a mí como una lapa,

con tanta fuerza que deja marca y cicatriz,

y creo que si me la arranco la herida va a sangrar.

A lo mejor por eso me he subido aquí esta noche.

Porque escribir es sangrar, ¿no?

Al menos eso decía Hemingway.

Lo de...

«No hay nada difícil en escribir,

todo lo que hay que hacer es sentarse ante una máquina

y sangrar».

Pues yo estoy de pie.

Y es difícil, mucho.

Y me sudan las manos

y me cuesta respirar,

y tiemblo,

tiemblo en exceso,

y me siento tonto

y expuesto,

como un niño

que no sabe

nada

de la vida.

Pero lo he hecho.

Me arranco la costra

porque así lo quiero.

Lo decido yo.

La herida se abre.

Sangro.

Y por primera vez

no

me

duele

tanto.

aquí vengo a llorar ©Verhalen om door geobsedeerd te raken. Ontdek het nu