Solo faltaba que lloviera.
Me había abandonado la persona que más amaba en el mundo; estaba solo en una ciudad que creía que era mía y en un país que obviamente no lo era, llorando de pie frente a la casa de la única persona que consideraba mi familia a pesar de que no lleváramos el mismo tipo de sangre por las venas.
Si hubiera comenzado a llover habría sido la típica escena de alguna película barata de amor donde todo se resuelve en la escena final y desaparecen tomados de las manos como si nada hubiera pasado, y créanme las cosas pasan, pasan y duelen. Por más que intentemos reparar los daños nunca vuelve a ser lo mismo que antes. Nunca.
No estaba lloviendo porque era una mañana linda de domingo de Pascua y pocas veces llueve este día en Sao Paulo. Era un otoño cálido, algo atípico y aunque me había comenzado a acostumbrar con que nada es lo que parece en aquella ciudad yo estaba menos que preparado para lo que me estaba pasando.
─¿Santiago? ¿Estás bien? ─preguntó la tía Zumira al verme parado frente a su puerta.
Obviamente no. Mi cara estaba empapada y mi mirada perdida en algún punto de cualquier cosa que estaba pasando frente a mí. La tía Zu, como le decimos de cariño, estaba aún de toalla abriendo la puerta que daba hacia la calle cuando percibí que no tenía la más mínima idea de cómo había llegado hasta allí. Hasta entonces vivía en la casa de mi suegra; de mi ex-suegra; de la mamá de él. Resulta irónico y hasta un poco cómico como todo tu círculo social cambia cuando tu relación se acaba. Ni siquiera sabía si debía estar allí, en aquella casa o si debía seguir llamando a la tía así, de tía.
─Yo siempre seré tu tía, y siempre estaré aquí para ti ─me dijo tranquilamente después de haberme gastado poco más de media hora explicándole lo que me había pasado entre lágrimas y consuelos.
Al ser la mujer más varonil que había conocido en mi vida, tenía la certeza de que era ella quién podría ayudarme a superar un rechazo. Su voz gruesa y sus gestos toscos, junto a varias tazas de café, fueron buenos compañeros para intentar aclarar todo lo que estaba pasando en mi cabeza.
Yo me había levantado temprano para comprar unos huevos de pascua de última hora y algunas cosas para preparar el desayuno. Había tenido una mala noche ya que nos fuimos a dormir disgustados. Tampoco me había tocado a pesar de mis intentos de aproximarme a él. No me había preocupado demasiado porque no era la primera vez que sucedía, es normal en las parejas aunque yo estaba claro que desde hacía unos meses teníamos algunos problemas a los que ninguno de los dos estaba encarando.
Extrañamente yo ya sabía lo que iba a pasar desde el momento en que me desperté. Mi mente fue invadida por el presentimiento del final, así como lo cantaba Laura. Es parecido a un extraño sabor de boca o al dolor de cabeza que antecede una resaca. Él había salido de la cama antes que yo y eso era menos que normal. Usualmente se quedaba dormido profundamente después de yo levantarme y para cuando le daba el beso que indicaba el comienzo de mi día él buscaba mi cabello a tientas con las manos, se giraba y pasaba un par de horas más retozando sobre el sudor que yo había dejado en las almohadas. Cuando me levanté ya no estaba a mi lado, ni había dicho nada antes de irse a la cocina, allí supe que todo había acabado, que aquellas señales no eran más que la indicación para ir al departamento de Recursos Humanos y prepararme para lo peor.
─¿Pero qué fue lo que pasó? Ustedes anoche estaban tan bien ─comentó la tía Zu tan desconcertada como yo.
Ella y la tía Alzira nos habían acompañado la noche anterior a un bar próximo a la casa donde pasamos algunas horas gastando dinero y saliva mientras bebíamos unas cervezas. No había sido nuestra mejor salida, ni de lejos, habíamos tenido muchísimas mejores, pero era un compromiso familiar que habíamos adquirido y no podíamos echarnos para atrás.
─Él solo me dijo que no le había gustado mi cara de anoche. Nada más.
Aquella era la completa verdad. Cuando volví de la calle con las pocas compras que había hecho lo encontré en el garaje de la casa completamente vestido y colocando una maleta en su carro. Intenté no parecer sorprendido aunque supuse por donde iban sus intenciones.
─¿Vas a algún lugar? ─pregunté.
No me respondió. Cerró la cajuela del carro y fue a terminar de colar un café que estaba a punto de hervir en la cocina. Yo entré, dejé las cosas en el suelo y empecé a disponer en la mesa algunas que iba a utilizar para hacer el desayuno.
─No pongas dos platos, no voy a comer aquí ─dijo de pronto de espaldas a la mesa.
─¿Vas a casa de Cristiano?
Colocó un poco del café recién colado en dos tazas dejando una frente a mí. Asintió en silencio y se aproximó a la mesa.
─¿Vuelves más tarde?
El silencio entre nosotros era la respuesta a todas las absurdas preguntas que le hacía a él o a la pared, porque ambos me ignoraban con el mismo entusiasmo. Tomaba su café de espaldas a mí y se giró para poder verme a los ojos, para verme con una mezcla de tristeza y desprecio que nunca antes había visto y tal vez no quiera volver a ver.
─Yo ya no puedo más ─soltó de pronto─. Esto no va para ningún lado y los dos lo sabemos ─dió un par de pasos hacia el frente y colocó la taza medio vacía en el lavaplatos─. Anoche estabas con una cara pésima. ¡No sé qué diablos tenías! Todo el mundo preguntándome qué te pasaba y no tenía idea de que responder. En este momento de mi vida no quiero esto. Ni lo quiero ni lo merezco.
Sus palabras eran vagas y fulminantes al mismo tanto. Sabía que aquella determinación no sería pasajera y que lo que me estaba diciendo llevaría semanas, si acaso no meses, pensándolo y aquel día solo estaba poniendo todo para fuera.
─¿Tú estás terminando conmigo solo porque anoche tenía una mala cara?
Mis palabras parecían firmes en vano. Aunque sabía el veredicto necesitaba escuchar la sentencia. Por dentro temblaba pero igual me aferraba a la mesa solo para no echarme a llorar en el suelo y suplicarle que no me abandonara. No tenía ni idea de hacia dónde debía llevar mi vida sin él, sabiendo bien que aquello de ningún modo podía llamarlo de vida.
─No solo por eso, y tú lo sabes.
Tomó las llaves del carro y se fue hacia el garaje. Yo le seguí el paso.
─Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, o que necesites, mientras decides lo que vas a hacer.
Se alejó de mí primero lentamente y después a toda velocidad, dejándome tirado igual que a un perro en la mitad de la nada. Puede parecer exagerado, o hasta un cliché, no lo sé muy bien, pero fue así como me sentí, como aquellos perritos mal comportados que después del dueño intentarlo por un par de meses se da por vencido y lo larga en cualquier lugar.
Así estaba yo; triste y abandonado, sin saber y sin tener para donde ir, y menos que nada sin fuerzas para hacerlo. Solo quería encerrarme en mi cuarto y llorar, llorar mucho, llorar hasta que ya no doliera más, pero aquel cuarto no era mío, ni aquella mi casa o mi ciudad. Todo lo que me rodeaba estaba bañado por su luz. Tenía su sello, su aroma, su manera de ser. Así que mi mente entró en modo inconsciente y me sacó de aquel lugar, llevándome hasta la casa de la única persona que me entendería en aquel momento.
─Juro que muchas veces no entiendo a mi sobrino ─comentó la tía Zu frente a la ventana mientras le arrancaba un poco de vida a un cigarro.
─Yo tampoco tía. Juro que yo tampoco.
Realmente creo que nunca entendí bien a Fabio.
YOU ARE READING
SP / RJ: No existe amor en Sao Paulo
RomanceDespués de ser abandonado por su pareja de los últimos tres años, Santiago comienza cuestionarse si debería quedarse en aquella ciudad, o incluso en aquel país, que cada día se parece menos a lo que él soñaba que podía ser. Convencido por una vieja...
