(1) La llegada

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En la lejana Reserva Ecológica de Churute, en una ladera de su cordillera llena de neblina, donde su flora y fauna abundaban, junto a sus manglares y estuarios que se podían divisar desde sus colinas, y que se encontraba a muchos kilómetros de Guayaquil.

Siendo ya casi cerca de las 9:40 de la noche de un domingo veraniego que casi entraba en invierno, un frío, húmedo y brumoso noviembre. Donde los tupidos manglares doblados creaban curvas y surcos muy sinuosos, hundiéndose con la tierra blanda de sus canales de agua, característicos de aquella región.
Con su frondosa variedad de árboles de todo tipo, muchos de ellos frutales, que casi no dejaban ver el firmamento, y de copas muy altas. Donde en medio de ellos y de los matorrales, se escuchaban a los grillos batiendo sus alas con su característico sonido, al igual que el croar de las ranas en la quietud de la noche, que hacía presagiar una ligera llovizna, y uno que otro mono aullador se escuchaba a lo lejos.

Los mosquitos con su zumbido característico al unísono no dejaban de darle ambiente de campo al sitio, que hacía más negra la noche por la cantidad que habitaban el sitio. En el lugar no se percibía presencia humana... ¡¡hasta que!! De pronto, todo quedó en silencio, y se escuchó una mezcla de silbido muy suave y leve, de algo que se iba aproximando, como si un batir de alas de miles de mariposas aleteara al mismo tiempo y se fueran acercando. ¿De qué lugar provenía ese sonido indeterminado? No provenía de ningún sitio; no se parecía a nada conocido.

En ese mismo instante, en el cielo estrellado, se divisó un punto blanco que se movía a gran velocidad, pero a medida que se acercaba el silbido y zumbido anterior, este se hacía más intenso, junto con un viento raro, casi huracanado, como si de un remolino muy, muy fuerte se tratara, y que movía una gran extensión de bosque, como queriendo arrancar a los árboles de raíz y doblándolos con su fuerza; no era comparable con nada.
Ya visto en el horizonte, cada vez que llegaba más y más cerca, se volvía más y más brillante, y se deslizaba como en zigzag, aproximándose con una rapidez casi mágica, emitiendo una luz blanca, continua y sin intermitencia (diferenciándose del nocturno cielo y de las estrellas que no se movían).

Mientras más cercano estaba el aparato, donde ya se podían notar más sus detalles, resaltándolo en medio de la visión nocturna, su forma lenticular, de color plata muy reluciente, iba cayendo en picada como si los minutos fueran segundos, hasta ir desacelerando, y en ese instante, como si de golpe alguien la hubiera detenido muy cómodamente con su mano, se quedó estática, posándose a centímetros de la tierra, donde los frondosos árboles no dejaban captar bien la visión, y solo quedó levitando.

Traspasó las ramas sin quemarlas, cual sustancia transparente y acuosa; el aparato no emitía ningún ruido de motores conocidos, tenía un tamaño exacto, pero muy extraño para el razonamiento de los seres humanos. Su energía estática parecía dejar paralizados a todos los animales del sector (donde ya no se escuchaba ni a los mosquitos); siendo el tamaño del aparato de unos 30 metros de diámetro, la nave, ya mezclada con la bruma de la región, se asemejaba a un domo reluciente, o como una gota gigante de mercurio, de una brillante luz estelar que emanaba de él, en medio de la noche y la espesa vegetación de la empinada cumbre donde aterrizó, volviéndose iridiscente y cambiante cada 30 segundos, como si muchos gusanitos en miniatura multicolores se movieran a mucha velocidad en su superficie y se hubieran apoderado del aparato, creando una tonalidad indefinida de matices con sus diferentes colores, y platinada a la vez.

En ese preciso momento, del interior de esta, se escuchó como un eco, una voz muy armoniosa, suave, dulce y cantarina, que dijo: "¡Samara, Samara, misión en proceso!" (Era Suartis), una de las mujeres que comandaba la misión en la nave de exploración.

En ese mismo instante apareció un ser diferente, de contextura armónica, de una genética casi perfecta; muy luminosa en su indumentaria, de género femenino, de 1.80 de estatura, de piel blanca y bronceada, casi transparente, de un tono muy diferente al común de los seres del nuevo planeta a investigar.

De ojos almendrados y azules, cejas negras y perfiladas al igual que su nariz pequeña, de un rostro que rozaba la perfección como de porcelana, de cabello lacio y negro muy brillante, había traspasado la nave de súbito y sin problemas, como si saliera atravesando una cascada de agua, flotando a unos centímetros del suelo.

Mientras daba paso tras paso, casi sin pisar tierra, tenía la sensación de caminar por un colchón invisible de agua, sintiendo una fría humedad que le recorría todo el cuerpo como un escalofrío, y que cada vez más se hacía más patente, sintiendo la proximidad de la superficie del terreno, cual energía estática. Sus pensamientos se confundían con el paisaje oscuro y húmedo, donde aún no encontraban coherencia por el viaje, los cuales le daban vueltas y vueltas en su cabeza. Sus padres y la Misión estaban en su mente, pero el cambio de atmósfera y el espacio casi prístino de la nave madre de donde provenía le hacían sentir los roces de las ramas como aguijones de mil mosquitos que lastimaban su piel sedosa y delicada, muy a pesar de su traje especial.

Empezó a caminar, sin percatarse de que la nave que la había trasladado a ese lugar se empezaba a ondular como olas, con su color iridiscente, como el mercurio intensificando su brillo, y despegando en ese instante a una velocidad impensable, haciendo un zumbido seco y metálico, para desaparecer volando hacia el horizonte y, por consiguiente, al espacio, convirtiéndose en un punto de luz en el firmamento, y que después en el cielo se transformaría en una estrella más y en un recuerdo ya lejano de una experiencia que quizás no se volvería a repetir más para Samara.

Mientras esto ocurría, ella avanzaba lentamente y sin prisa hacia una nueva experiencia donde no sabía qué le depararía su futuro inmediato, oh, como si de algo se tratara y ya su vida estuviera predestinada por alguna extraña e inexplicable causa no conocida por nadie.

Samara un Amor de otros MundosStories to obsess over. Discover now