Prólogo.

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Los Siete Monarcas

Hace años, el mundo como lo conocíamos estaba dividido en clanes, cuarenta clanes, cada uno haciéndose cargo de su territorio. Pero como todo en esta vida, nada podía permanecer tranquilo por mucho tiempo.

Conflictos constantes, traiciones, guerras interminables, eran sólo algunas de las cosas que crecían gracias a la sed de poder de cada líder. Por lo que un día todos decidieron reunirse para intentar buscar una solución a tanta destrucción, y uno de ellos les dio una idea que parece no pudieron rechazar. La idea de que, para evitar más guerras innecesarias entre los clanes, se creara un sistema de sólo siete.

Cuarenta coronas, cuarenta miradas cargadas de desconfianza. Ni uno solo confiando en la persona que tenían a su lado.

El aire era pesado. Denso. Como si el más mínimo movimiento pudiera desatar otra guerra.

—Esto es inútil —gruñó uno de ellos, golpeando la mesa—. Nos reunimos para hablar de paz, pero todos sabemos cómo terminará esto.

Un murmullo recorrió la sala.

Tenía razón.

—Entonces propón algo mejor —respondió otra voz, firme, calculada.

Todas las miradas se dirigieron hacia el hombre que había hablado. El hombre más joven en la sala, al que no le prestarían atención normalmente, pero había algo en su postura... algo que obligaba a escuchar.

Sonrió apenas. —Si no podemos dejar de luchar entre nosotros... —hizo una pausa, recorriendo el rostro de cada uno— entonces dejemos de fingir que queremos hacerlo.

El silencio regresó, más pesado que antes, analizando las palabras de Darius Pierce.

—Reduciremos los clanes.

Algunos rieron.

Otros se tensaron.

—¿Reducirlos? —repitió alguien, incrédulo—. ¿Y quién decide quién desaparece?

La sonrisa del hombre se ensanchó.

—Nosotros. —se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la mesa. —Siete.

El número quedó suspendido en el aire.

—Siete clanes. Siete monarcas. Los más fuertes... —sus ojos brillaron—... y los únicos dignos de gobernar.

Esta vez nadie rio, porque todos lo entendieron. No era una propuesta de paz, era una invitación a la guerra.

—¿Y cómo se supone que elegiremos a esos siete? —preguntó una mujer desde el otro extremo, con frialdad.

—Peleando.

La palabra cayó como una sentencia.

Un segundo de silencio.

Dos.

Y luego... sonrisas.

Como era de esperarse, la gran ambición de todos hizo aceptar a la mayoría, ya que cada gobernante que se encontraba en la sala podía ganarse la oportunidad de ser Rey de no sólo uno, sino de varios territorios. Era la promesa de poder extender sus reglas, sus costumbres y sus ejércitos.

La idea se expandió como fuego, porque cada uno en esa sala se creía digno. Cada uno estaba seguro de que ganaría.

—Entonces que así sea —declaró alguien, levantándose—. Que los débiles caigan.

Las voces comenzaron a mezclarse, los acuerdos a sellarse sin necesidad de más palabras. La decisión estaba tomada. Y aquellos que se habían negado fueron quitados del camino.

La última guerra, o la que se suponía sería la última, se llevó a cabo en un campo abierto lleno de ruinas, aquel campo había presenciado la última guerra mundial que le dio paso a los clanes, y ahora vería el surgimiento de los siete.

El viento arrastraba cenizas.

Y sangre.

Días... semanas. Nadie lo recordaba con claridad. Solo quedaban los gritos, el acero chocando, los cuerpos cayendo uno tras otro.

Aliados que se traicionaban, reyes que morían sin honor.

Hasta que solo quedaron siete.

Siete figuras de pie entre los restos de todos los demás, siete coronas manchadas de rojo.

Siete monarcas.

Y así, el mundo cambió para siempre. Pero estaban equivocados, aquella no fue la última guerra.

Solo fue el inicio.


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¡Hey! 

Estoy muy feliz de al fin poder publicar ésta historia, es la primera vez que me atrevo a mostrar algo que escribí y espero que le des una oportunidad y que disfrutes leyéndola tanto como yo escribiéndola. 

:)

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