PRÓLOGO

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Abrí los ojos como un disparo. Un sudor frío perlaba cada poro de mi cuerpo. Eché un vistazo a la habitación: la brisa que entraba por la ventana entreabierta ondeaba las cortinas y los rayos de luna iluminaban el cuarto, dejándolo en penumbra.

Torné la vista a mi derecha. La cifra 03:33 resplandecía roja, amenazante. Estaba solo y, aun así, me invadía una extraña sensación que parecía indicar  todo lo contrario.

No estaba solo.

Mi habitación tendría unos quince metros cuadrados y no disponía de demasiados muebles. Apenas la cama, una mesita de noche a cada lado y un armario empotrado justo enfrente. Al lado de este, la puerta. Sin embargo, sentía vértigo, como si las paredes estuvieran a quilómetros de distancia y yo flotara observando la escena. Esta sensación luchaba, a su vez, con una claustrofobia incipiente.

No, definitivamente no estaba solo.

Me quité las sábanas con torpeza. Me levanté, peleando conmigo mismo para dar el primer paso hacia el pasillo. Saqué la cabeza por la puerta sin encender la luz. Allí no había nadie. Mi mente racional enseguida se activó, en un intento vano de tranquilizarme, diciéndome que podría ser un gato. Era completamente comprensible, ya que vivía en un cuarto piso, ironicé. Ese pensamiento casi había conseguido relajarme cuando una sombra cruzó al final del pasillo.

Estaba oscuro, pero la sentí en lo más profundo de mi ser. En una inesperada maniobra de valentía que no entendía muy bien me dirigí hacia allí. Mis pasos eran lentos, vacilantes. Mis ojos escaneaban el entorno buscando objetos contundentes con los que poder defenderme. La angustia crecía a cada paso que daba. El silencio sepulcral hacía que casi pudiera escuchar ese chirrido, propio de una escena de una película de miedo en la que sabes que algo va a pasar, y no precisamente bueno.

Llegué al fondo de un pasillo que se me antojó eterno. Allí no había nada. Giré hacia el comedor. Nada. Eso no me tranquilizó. Sabía que allí había alguien. Recordé el paragüero junto a la puerta principal. ¿Por qué no encendía la luz? Agarré un paraguas y lo levanté como si quisiera batear. Tenía tanto miedo que las náuseas se me asentaron en la boca del estómago.

No corría ni una brizna de aire. Escudriñaba con la mirada cada rincón rezando por no encontrar nada. Pasados unos minutos desistí. Me di la vuelta. Todavía no estaba tranquilo pero dejé el paraguas  y volví a encarar el pasillo. Era como un túnel interminable hacia la nada, a la más absoluta oscuridad. En ese instante, un escalofrío erizó cada pelo de mi cuerpo. 

Puse una mano en la pared, en un intento de aferrarme a la realidad y también para intentar controlar el mareo que comenzaba a sentir. Me desvanecía, mis ojos luchaban por mantenerse abiertos. Tras un esfuerzo sobrehumano di el primer paso. Ni rastro de la sombra. Poco a poco llegaba al quicio de la puerta de mi habitación. Podía ver la claridad; entré. Volví a escrutar cada centímetro de la estancia. Acto seguido me dirigí hacia la cama y me senté en el borde.
Empezaba a angustiarme. Mi respiración se aceleraba, entrecortada. El corazón exigía abrirse paso a través de mi pecho.

Las manos, temblorosas, eran incapaces de sostener nada. Noté el parqué helándome las plantas de los pies. Era incapaz de separar la vista de ese rectángulo oscuro que formaba la puerta. Cerré los ojos, inspiré con fuerza por la nariz. Podía sentir el aire entrando por ella. Todos mis sentidos parecían agudizarse por momentos. De alguna manera, mi cuerpo me alertaba de un inminente peligro. Volví a abrir los ojos. Mis pupilas se dilataron más para dejar entrar algún resquicio de luz. Notaba las arrugas de la tela bajo mis manos en garra, apoyadas en el borde del colchón. Tragué saliva. Entreabrí la boca y pude notar el gusto amargo de las partículas de polvo que se posaron en mi lengua.

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