Se lo había negado tanto tiempo, que casi había logrado convencerse a sí misma de que lo que sentía no era real. Llevaba tanto diciéndose a sí misma que lo que le gustaba era su energía y la forma como lograba hacer que todas las cosas parecieran más bellas y positivas a su alrededor, que ahora que se había dado cuenta que aquello era una descarada mentira, sentía que le habían quitado el aliento de un puñetazo en el estómago. Solo hizo falta verle sonreír de esa manera. Con tanta dulzura, con tanta calidez, con aquel brillo en los ojos, para dejar de mentirse.
Se había enamorado, la amaba locamente con cada fibra de su ser y no podía hacer ya nada contra ello. Absolutamente nada. Ni decirle a su corazón que no amara con tal fuerza a aquella mujer que le sonreía mientras bebía del vino tinto que disfrutaban esa noche, ni seguir censurándose aquel sentimiento disfrazándolo de amistad.
Definitivamente, ya no había nada que pudiera o quisiera hacer.
Había perdido ya la cuenta de las veces que deseo poder verla solo como una amiga, las veces que lloro y le suplico al cielo hacerla olvidar aquel sentimiento, las veces que se dijo a si misma que a ella no podían gustarle las mujeres, llegando incluso a insultarse a sí misma en su mente.
Pero ahora lo entendía.
No era que le gustaran las mujeres, era solo ella, Lorelei, quien con su sonrisa hacia que todo lo que había creído de sí misma se destruyera.
Sintió las más grandes ganas de llorar que hubiese sentido alguna vez.
-Isa ¿Te encuentras bien?
Aquella pregunta le hizo poner los pies sobre la tierra, dándose cuenta de que tenía los ojos aguados y que Lorelei había remplazado la bella sonrisa en su rostro por una expresión de completa preocupación.
-Estoy bien- Sonrió y parpadeo un par de veces para disipar las lágrimas que no habían llegado a derramarse –Solo un poco emocionada por todo. Lo siento.
-¿Estas segura? Si quieres puedo...
-Estoy bien, Lorelei. De verdad- Le sonrió con calma, consiguiendo que su amiga olvidara el tema.
Tenía mucha suerte, pensó, de que aquel día estuviesen celebrando su cumpleaños y pudiese usar aquello como excusa para su sentir. A pesar de que había sido gracias a ello que por fin había abierto los ojos a la realidad, siendo honesta, aquella celebración inesperada también la superaba.
Su cumpleaños había sido hacía más de una semana, pero por falta de tiempo no habían podido celebrarlo hasta ahora. Isabella se había resignado a que ese año no haría nada especial, pero Lorelei le había sorprendido gratamente aquel día reservando una plaza para dos en un lujoso restaurante que solían visitar en ocasiones especiales, no más dos veces al año. La castaña había mandado decorar minuciosamente el comedor privado en el que se encontraban, para la cena había ordenado la comida favorita de Isabella, el vino tinto más dulce que hallo en la carta, el pastel de fresas con crema de su pastelería favorita y, no contenta con todo aquello, le había obsequiado un muy completo estuche de vinilos y acuarelas de todos los colores posibles y otro con pinceles de todos los tamaños. El sueño de todo artista.
-¿En qué momento tuviste tiempo de organizar todo esto?- Pregunto intentando olvidar por unos minutos el huracán de emociones que azotaba su interior
-Ayer te mentí un poquito. No fui a ver a un paciente como te dije, estuve aquí arreglando cada detalle para que tuvieras el cumpleaños atrasado perfecto.
-Pues lo conseguiste. Gracias.
Sonrió. Mas al ver la sonrisa complacida de Lorelei y el pequeño rubor que se había apoderado de sus blancas mejillas, mismo que intento escudar con su copa de vino.
Hacia frío cuando salieron del restaurante. El otoño estaba en su máximo apogeo y se hacía notar azotando la ciudad con un frío que calaba los huesos. El restaurante no estaba muy lejos de sus departamentos, apenas unas dos calles del de Lorelei y a tres del de Isabella, por lo que, como otras veces, caminaron a casa, con las manos en los bolsillos de sus abrigos, hablando de cómo había estado su día.
Isabella escuchaba atentamente la anécdota de Lorelei, sobre cómo había tenido que contener su indignación ante la madre de uno de sus pacientes quien minimizaba la situación de su hijo. Lorelei había estudiado psicología infantil, trabajaba de ello hacía casi tres años y se tomaba muy en serio cada sesión con sus pequeños pacientes. Ella misma había experimentado en carne propia lo que era lidiar con ansiedad en la niñez y tener unos padres negligentes que querían solucionarlo todo con dinero y fármacos. Por ello mismo, Isabella entendía la indignación de su amiga ante la mujer que esa tarde, sin quitarle la mirada de encima a su iPhone, le había dicho:
"Tú solo recétale alguna cosa y ya. No es para tanto"
Cuando le había informado sobre el comportamiento autodestructivo de su pequeño de 10 años.
-Algunas personas no deberían ser padres- Concluyo, totalmente indignada al recordar a la mujer –Si piensan que el dinero es más importante que sus hijos no deberían tenerlos
-Estoy segura de que, aunque no puedas cambiar a su madre, has podido darle una pizca de la calidez y comprensión que le hace falta a ese pequeño hoy- Animo Isabella -Eres la mejor psicóloga que conozco
-Eso es porque soy la única que conoces- Lorelei soltó una risita divertida ante el comentario de su rubia amiga mientras llegaban frente al edificio en el que vivía –Espero que tu regalo de cumpleaños te haya gustado tanto como a mí cuando lo compre. Aunque mi vena artística haya muerto en el vientre de mi madre, te conozco lo suficiente como para saber que lo necesitaras en tu galería
-Me ha encantado. Gracias- Isabella sonrió mientras miraba el estuche en que llevaba en la mano –Pero no tenías que comprármelo
-Sé que no, pero lo he hecho solo porque te adoro
Lorelei dijo aquello con una gran sonrisa mientras le abrazaba y entonces algo estallo dentro de Isabella. Sus sentimientos se desbordaron sin darle oportunidad de detenerlos, sentía que su pecho se contraía, que todo lo que quería gritar se le salía por los poros y para cuando Lorelei dejo de abrazarle los dejo salir sin filtro.
-Te amo- Le dijo con un nudo en la garganta y los ojos a punto de desbordarse en llanto
-¿Qué?- Pregunto su amiga aun sosteniéndola de los hombros
-Que te amo, Lorelei. - Repitió con la voz quebrada –Te he amado cada día de estos 7 años. Te amo más que a una amiga, yo solo... Te amo.
Para su sorpresa, lo que recibió no fue rechazo. Lorelei le sonrió con dulzura y se acercó para besarle suavemente en los labios, saboreando en ellos el ultimo rastro del vino que habían estado compartiendo hacia tan poco.
-Yo también...- Respondió la castaña susurrando sobre sus labios –Yo también te amo, Isa.
Isabella le abrazo con fuerza, dejando paso libre a su llanto, sintiendo como se desahogaba y quitando un gran peso de su corazón.
-Te amo, te amo- Dijo entre lágrimas –Te amo tanto.
Lorelei le abrazo con la misma intensidad mientras, feliz como nunca, miraba al cielo y daba las gracias al universo por el amor de aquella gran mujer... Al universo y a su propia magia, que le había permitido darle a su amada Isabella el impulso que necesitaba para sincerarse y permitirle por fin amarla.
Y estaba segura, de que mientras tuviera fuerza para respirar, la amaría como a nadie jamás podría.
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Magia
Romance"-Mientras respire, te amare como a nadie más." Una pequeña, impulsiva e ingenua historia.
