06 de marzo de 2018
En una entrevista de Ana Cristina Navarro en el año 1995 para Televisión Española, Gabriel García Márquez al ser cuestionado por la muerte perfecta, atinó a decir que, si le dieran a elegir como morir, elegiría no hacerlo, “Me niego rotundamente”. El Gabo veía en la muerte una trampa, una traición, sencillamente se negaba a aceptar que el final es un hecho, que el mundo sigue sin la más mínima participación del difunto por más injusto que eso fuera para él. Así mismo nos dio uno de los antídotos para vencer a la muerte, escribir mucho. Bajo estos lineamientos el cataquero se ganaría la inmortalidad, aunque ya la había asegurado un par de décadas antes.
El nobel de literatura de 1982, es a mi juicio, el único inmortal de los nacidos en territorio colombiano. Algunos dirán que la afirmación es exagerada e incluso sensacionalista, traerán a colación nombres como el de Antonio Nariño, Rodolfo Llinás, Francisco de Paula Santander, Alejandro Obregón, Fernando Botero, José Asunción Silva y tantos otros que han marcado nuestra historia con su obra. Si bien todos hicieron, hacen y harán aportes dignos de ser recordados, en mi opinión no superarán la prueba del tiempo.
Unos tal vez vivirán en la memoria colectiva por siglos, otros perderán la vigencia de la que gozan en la actualidad con el pasar de los años, su obra simplemente responde y tiene valor gracias al contexto. En cuanto al Gabo, su legado es atemporal, en el caso concreto de Cien años de soledad, el relato tendrá el mismo efecto en los lectores, los años pasaran por todo y por todos, pero su historia no perderá fuerza, la verosimilitud nunca fue necesaria para su lectura, pero igualmente es capaz de retratar toda la realidad humana, la idiosincrasia del hombre como especie. Unos leerán sus páginas cual biblia y entenderán los “ires y venires” de los Buendía como una suerte de verdad histórica, unas verdades dogmáticas que se esconden en el relato edulcorado de la soledad terrestre. Otros se divertirán con la trama y no serán capaces de encontrar los tintes de realidad, se negarán a ver su reflejo en ese espejo gigante que suele ser lo ficcional, sin importar cuanto tiempo pase, el Gabo tendrá lectores, en los últimos vestigios de nuestra estirpe no podrán faltar esas 471 páginas, salpicadas de nostalgia, añoranza y soledad.
García Márquez y su magia lograron lo que solo un puñado de locos ha conquistado, alcanzar la inmortalidad, así como muchos orates han buscado la Atlántida descrita por Platón o Julio Verne, otros por su parte se han dedicado a descifrar la ruta que siguió Ulises en su Odisea, y otros tantos se empeñan en decir que Schliemann encontró el punto exacto de la Troya homérica en la vieja Turquía, puedo jurar que en algunos cuantos eones, se hará una expedición a las costas caribeñas y algún enfermo por la pasión, esa que según el Gabo oxida y envejece, tendrá la fortuna de encontrar aquel “lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” y no le temblará la voz para gritar, ¡MACONDO!
El nobel colombiano, venció a la muerte, se ganó su inmortalidad. Mientras su maestro Hemingway, se pasó la vida retando a la muerte para poder retratarla, ganándose así el sustento entre trincheras, sangre de toros, y el horror de la guerra. El estandarte del Realismo mágico se hizo con su pasaje directo a la inmortalidad, evitándola, con el miedo de morir en el olvido, escribió con letras doradas un epitafio que reposa para siempre en el parnaso. Uno fingió fascinación por la muerte, se declaraba fanático de mirar fijamente a los ojos de la parca, de burlarla entre estallidos de guerra, la vida salvaje africana o la inclemencia de altamar, para después, hacerle las cosas más fáciles al apretar de un gatillo cuando el miedo lo consumió. Por su parte el colombiano, más sincero y temeroso, no tuvo que enfrentar ese penoso momento, el de ver a la eternidad de frente y saber que te vas, su brillo se fue apagando lentamente, un día dejó de ser, consumido por la terrible enfermedad de la memoria, no acudió a la cita, esa que todos tenemos asegurada y en primera fila para presenciar la muerte propia, ver esa luz al final del túnel de la que todos hablan, esa que no tiene retorno y no va a ninguna parte, ¿O tal vez sí?
