La campana de la escuela repicó como todos los días a las nueve en punto. En el aula, los pupitres de madera crujieron cuando los niños se acomodaron, nerviosos por la presencia de la maestra. Marta De La Reina entró con la elegancia que la caracterizaba: erguida, delgada como una modelo de pasarela (aunque en su tiempo nadie usaría esa palabra), con la falda gris perfectamente planchada y la blusa blanca cerrada hasta el cuello.
Su paso firme y la serenidad de su rostro bastaban para imponer silencio. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: un azul intenso que parecía perforar la piel de quien la miraba. Los alumnos se contenían en su sitio, obedientes, porque sabían que en esa mirada había algo más poderoso que cualquier castigo.
Los colegas murmuraban en los pasillos sobre ella. Algunos la envidiaban en secreto, otros la admiraban sin atreverse a decirlo. Marta era demasiado impecable para ser ignorada, demasiado bella para ser invisible, y demasiado inteligente para pasar desapercibida en un mundo que prefería a las mujeres discretas y calladas.
En el aula, Marta explicaba con voz clara las lecciones de gramática. Su tono era calmado, pausado, con la cadencia de quien sabe enseñar. Nunca necesitaba alzar la voz; los niños atendían con fascinación, como si cada palabra viniera envuelta en autoridad y dulzura al mismo tiempo.
A simple vista, parecía la maestra perfecta: disciplinada, ordenada, virtuosa. Pero dentro de sí, Marta vivía otra vida.
Al sonar la campana del mediodía, Marta salió de la escuela. Caminó por la plaza del pueblo, donde las vecinas la saludaban con respeto. Su vestido era sencillo pero elegante; nunca se permitía un descuido. El cabello recogido en un moño pulcro, los labios apenas pintados con un carmín tenue, y los zapatos de tacón bajo relucientes. Su porte llamaba la atención sin buscarlo.
Compró pan en la panadería, saludó a la dueña con cortesía, y regresó a la casa familiar donde vivía con su madre y sus dos hermanas menores. Allí, el ritual era inmutable: sopa caliente de verduras al mediodía, un guiso de carne para compartir, y pan recién horneado. Marta comía en silencio, observando a su madre regañar a las hermanas por no terminar la comida.
Para la familia, Marta era el orgullo silencioso: la hija que trabajaba, la que cumplía, la que sostenía un halo de rectitud inquebrantable. Nadie imaginaba que, mientras masticaba aquel pan duro, soñaba con probar sabores exóticos que jamás habían llegado a su mesa. Nadie sabía que, en el silencio del almuerzo, ella se preguntaba cómo sería cenar en París, bailar en La Habana, beber vino en Lisboa.
Al caer la tarde, Marta se retiraba a su habitación. Allí la disciplina se rompía. Cerraba la puerta con cuidado, sacaba del fondo del armario un cuaderno gastado, y lo habría como quien abre un cofre secreto. Tomaba su pluma y dejaba que la tinta revelara lo que su boca no podía decir.
Del diario de Marta
Hoy todos me miraron como si fuera un ejemplo. No saben nada. No saben que detrás de mis ojos hay hambre de otro mundo. Sueño con música distinta, no con las coplas que repiten en la radio, sino con melodías que me hagan vibrar. Sueño con ropa que no apriete, que deje ver mis hombros, con vestidos que fluyan como el viento. Sueño con besar a quien yo elija, aunque sea prohibido, aunque me condenen. ¿Qué es la vida si solo consiste en obedecer?
Guardaba el cuaderno bajo llave cada noche, como si en esas páginas estuviera su verdadera piel. Y, de alguna manera, lo estaba.
Marta era admirada y respetada por todos, pero nadie conocía lo que se escondía en ese diario. Nadie sabía de sus deseos reprimidos, de la rabia que contenía en el pecho, de la dulzura que nadie había tocado aún.
CITEȘTI
Parte 1: Cuando el tiempo dijo sí
FanfictionMarta: la maestra de primaria en los años de 1935, vigilada, rígida, que debe enseñar lo que el régimen dicta. Fina: la profesora universitaria de Lengua en 2025, libre, crítica, apasionada, que enseña a leer lo que está escondido bajo las palabras.
