Única Parte.

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Estaba ahí, donde había crecido. Sólo un pequeño pueblo desconocido a la deriva de los  tiempos más nostálgicos.

Las cosas habían cambiado en demasía. Ya no había luz, ni risas, ni mariposas; sólo calles asfaltadas por la emoción del momento y casas ídilicas por fuera, pero muertas en su interior.

Pensé que me había equivocado de lugar, sin embargo, cuando di el primer paso seco, pude escuchar los murmullos que me acompañaron en mi niñez.

¿Qué hacía allí? No lo sabía.

¿Por qué volver? Tampoco.

Un pensamiento que fue todo menos efímero me encaminó al presente de mi pasado.

Caminé con prisa, dejando los saludos para después, hasta mi objetivo.

No obstante, algo sucedió. Justo antes de llegar a lo que era mi ambición infantil, pude ver mi nido de confidencias y temores: mi hogar. Era la única casa que estaba contruida en madera humilde. La puerta estaba abierta, por lo que me acerqué y miré con curiosidad desde las escaleras. Ahí, justo en el centro de lo que mi familia usaba como sala, había un niño solitario. Este se dio la vuelta cuando sintió mi mirada. En sus ojos tristes, pude ver como mi historia me impulsaba hacia delante, sólo para volver al comienzo.

¿Qué soy? Un alma vacía hundida en el ayer.

¿Qué era? El ayer de mis memorias.

¿Qué sería de mí? Las memorias tristes de un mañana que nunca llegó.

Me convencí de lo que mis ojos creían, era sólo resultado de la efusividad de mi nostalgia.

No sabía por qué me encontraba en ese lugar abandonado, pero la verdad era que me había convertido en un adicto al dolor intermitente. Así como el olor del café en las mañanas y su cruel sabor amargo; como el cazador que libera a las mariposas, sólo para atraparlas de nuevo... así, como el ganar una batalla para vivir en paz y gobernar la patria como lo harían los traidores.

La visión del pequeño se esfumó como las esperanzas vacías, y caminé hacia atrás, alejándome de las paredes del olvido.

Retomé mi camino con pasos torpes, pero seguros. Entonces lo vi. Era aquel columpio que tantos dolores de cabeza me había causado. Todo era su culpa: las burlas, los castigos y los momentos en los que me sentía en lo más profundo de mi propia agonía.

Saqué mis herramientas de trabajo, listo para destruir ese desastre hecho de tela y hierro, cuando una voz llamó mi atención.
 
- Ya está destruido, ¿qué más quiere?- Dijo un anciano con ojos tristes, sentado debajo de un árbol ya seco por el cuidado  y el peso de los años.

No lo conocía. Supuse que había  llegado por la mayor atracción, como todos los demás. Jamás lo había visto en mi vida. Sin embargo, no me importó. De todas formas no duraría mucho en el pueblo.

-Un golpe sobre otro no hace daño- Dije.

De seguro el viejo pensó que hablaba del golpe de gracia que recibiría el columpio, pero la verdad era que me refería a las heridas frescas que  dormían en mis viejas cicatrices.

- Usted no lo siente, pero los niños que lo observan notarán la diferencia.- Dijo, desde el mismo sitio.

-Usted no comprende.

-Hágame comprender.

¿Por qué tanto amor a un simple objeto? Algo dentro de mí decía que ignorara a ese viejo, hiciera lo que debía hacer y me fuera. Pero quería ganar tiempo, quería  hablar con alguien, quería sentir que alguien quería hablarme de verdad, sin importar lo incómodo de la situación. De esa ridícula manera podía callar los murmullos que me castigaban desde hace años.

El Columpio. || Cuento corto.Des histoires addictives. Découvrez maintenant