Un día soleado

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Nunca dejaba de llover,  o al menos esa era la impresión de Komah desde que había llegado a Seattle. Veinte años, y nunca había dejado de llover. Seattle era una ciudad blanca que se deshacía lentamente bajo el agua.

Cruzó la calle entre el tráfico y entró en la pequeña cafetería. Los murmullos se acallaron un instante antes de retomar su rumbo, y el frío siguió golpeándole los huesos incluso entre el calor humano y el vapor del café que ascendía en espirales hacia el techo. Ni un incendio lograría que dejara de sentirlo.

Storm lo esperaba desde hacía un rato. Esbozo una sonrisa amplia, de gato de Cheshire, y empujó una silla con la punta afilada de su bota en muda invitación. No sabía pasar desapercibida. Desde su nombre a aquella expresión salvaje en sus ojos, todo gritaba sobre su verdadera naturaleza.

Komah se dejó caer en la silla de patas altas, y su mirada viajó del rostro de la mujer ante él a sus manos rodeando una taza de café. El frío, siempre se trataba del frío. Era lo único que permanecía inmutable en el mundo con el paso de los siglos, desde que habían perdido el fuego.

Ojalá, pensó Komah mientras le servían su propia bebida, hubieran elegido la muerte cuando tenían la oportunidad. Pero ya no había vuelta atrás, y no perdería eternidades lamentándose.

─ Me alegro de verte, viejo amigo ─ Storm dio un trago a su bebida e hizo una mueca, desdeñando el sabor que ninguno de ellos soportaba ─. Llegué a temer que hubieras abandonado esta ciudad por otra. O, incluso, que hubieras hecho como Blade y decidido que el mundo civilizado no era lo bastante bueno para ti.

Storm sonreía, y Komah supo que pretendía sorprenderlo con aquello, sabiendo del tipo de relación que él y Blade habían mantenido tiempo atrás, pero a la mujer le faltaba información.

─ Siempre fue inestable ─ le aclaró con un encogimiento de hombros ─. Odiaba el mundo, y a las personas, mucho antes de abandonarlo. Incluso cuando era joven, solo conocía el odio.

─ ¿Incluso cuando estaba contigo?

─ Más cuando estaba conmigo ─ no quiso aclarar nada más. Eso era asunto de él y de Blade... ahora, solo de él. Probablemente, el otro no viviría mucho más, porque cuando uno de los suyos abandonaba su conexión con los demás... puede que ya no existiera, más que en sus recuerdos. Y la idea, a pesar del tiempo que había pasado, le hizo sentir una inmensa tristeza. El mundo había perdido algo hermoso sin siquiera saber que lo tenía ─ ¿Qué quieres, Storm? ¿Por qué me buscas después de tanto tiempo? No creo que sea solo para hablarme de los muertos.

─ Lo he sentido, aquí, en Seattle ─ lo atacó Storm, sin los rodeos habituales en ella. Sus ojos cambiaron, de castaño a amarillo, y vuelta al castaño, traicionando la intensidad de sus emociones. Komah notó cambiar su propia mirada en respuesta ─ .Y sé que tú también. El Demiurgo está aquí, por eso viniste a esta ciudad hace veinte años. Lo sentiste.

─ ¿Acaso importa?

─ ¿De verdad me estás haciendo esa pregunta? ─ Storm golpeó la mesa con el puño, sin que le importara derramar el café caliente sobre sus manos y su regazo ─ ¡Es el Demiurgo! ¡Es la llave de nuestra libertad ¿Qué demonios pretendes manteniéndolo en secreto?

─ ¿Disculpen? ─ la voz de la camarera cayó entre los dos, deteniendo la ira repentina de Storm. Ambos se volvieron a mirarla y ella tragó saliva bajo el escrutinio de aquellos ojos, mientras su instinto le decía que corriera.

Como una gacela en medio de una manada de leones, la mujer quería correr. Lo único que la mantenía en su lugar era el tesón, y el raciocinio que llevaba siglos aplastando el sentido de supervivencia humana. En el momento en el que habían entrado, algo en ella había empezado a gritar, y decidió atribuirlo a su aspecto. Ambos eran altos, demasiado altos. Tanto que sus coronillas habían rozado el dintel de la puerta al entrar, y su cafetería parecía un cuarto de juegos con ellos dentro. Altos no a la manera de los jugadores de baloncesto, sino altos a la manera de los gigantes. Personas hechas a una escala mayor que las demás.

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