Hola,
La realidad puede ser tan inverosímil que resulta divertido. Como sabéis, no fui a clase el jueves pasado. Eso ahora no importa mucho ya que es muy probable que no nos volvamos a ver nunca más. Al principio pensaba en escribir una mentira, pero como dijo el gran poeta: la realidad suele superar con creces a la ficción. Y esta es una de esas veces.
Todo empezó nada más salir del taller de escritura. En aquel momento, uno como cualquier otro, mi objetivo numero uno era una cosa tan mundana y simple para nosotros que nunca se nos ocurriría plantearnos la posibilidad de no poder cumplirla. Yo solo quería llegar cuanto antes a casa, abrir la nevera y saciar mi gula. Pero no fue así, ni de lejos.
Corriendo por las concurridas calles de Barcelona, en plena ola de calor, moverse se había convertido en una cruel tortura que empeoraba cada segundo que pasaba. La intensa luz del medio día quemaba mi piel y me obligaba a caminar con los ojos entrecerrados. Los turistas parecían tener como deporte meterse en mi camino, haciéndome tropezar una y otra vez. Que si sorry por aquí, spasiva por allá, y yo harta de las masas. Por eso la falta de vida de mi calle en el Raval me pareció más reconfortante que en cualquier día de invierno.
Resguardada en la sombra de mi edificio, una construcción del siglo pasado, me paré un segundo para intentar recuperar el aliento. Los segundos pasaron a minutos mientras buscaba frenéticamente las llaves en mi mochila. Sintiendo que había ganado una pequeña batalla contra mi misma al encontrarlas, mi sonrisa triunfal tardó lo mismo en esfumarse que lo que tardaron mis llaves en caerse al suelo. Molesta, me agaché a recogerlas solo para descubrir que no había suelo.
Es imposible que alguien pudiese estar preparado para una caída como esa. Lo poco que fui capaz de ver al desplomarme sobre la nada a una velocidad vertiginosa era como el cielo azul desaparecía, eclipsado por una oscuridad que parecía engullirlo todo. El vacío que me rodeaba era comparable a mi infinita desesperación. Aquello no tenía final. Y mi grito, que antes había sido enmudecido por la sorpresa, se sobrepuso al silbido del gélido viento en mis oídos.
A esa velocidad, hasta el más leve roce con cualquier superficie habría resultado fatal. Cada vez más alarmada, mi cerebro se veía saturado, intentando determinar cuál era la mejor posición para prepararse para el impacto. Pero nada podrá salvarme, no importa qué tipo de terreno me aguardase, al tocar el suelo se me rompería hasta el último hueso. Nadie puede sobrevivir a una caída como esa.
Caí durante lo que parecieron, o ahora que miro atrás quizás lo fueron, siglos. Sin nada con que medirlo, el paso del tiempo había sido deformado hasta convertirse en una terrible esperanza que me despojaría de vida cuando mi momento llegase, porque en esa soledad, los pocos restos de mi cordura se esforzaban por recordar la cara sonriente de mis padres, las bromas de mis amigos, gatos... mientras todo aquello que me definía como persona se sumía en la locura.
Todo ese sufrimiento se vio resumido en un par de segundos cuando unas fuertes nauseas sacudieron mi cuerpo, que sin nada que vomitar se sentía acalambrado. Volví a ser la de siempre mientras el dolor estimulaba mis sentidos nublados. La demencia fue expulsada de mis pensamientos cuando intenté comprender de nuevo lo que me estaba pasando.
Apreté con fuerza los ojos, y tan rápido como habían venido, aquellas sensaciones se fueron. Solo que ya no estaba cayendo.
Miré, y ante mi se extendía algo que nunca creía que iba a ver de primera mano. Al principio, al estar aturdida, huí de la luz del día como cualquier animal nocturno lo hubiese hecho. Pero poco a poco, esta pasó de ser una molestia a algo francamente disfrutable. Todo empezaba a tomar matices, colores. Los contrastes trajeron lagrimas a mis ojos, que al ser lloradas en el vacío habrían sido dejadas atrás, pero allí, simplemente mojaron suavemente el suelo.
Un suelo pavimentado, pero no como el de una de nuestras ciudades. No, aquel lugar era lo que uno esperaría de una ciudad del 700a.c, y quedé sinceramente maravillada. Las grandes calles principales estaban unidas por un complicado entramado de callejuelas que podrían haber sido los afluentes de un rio como el Tajo. Los edificios de piedra eran de uno o dos pisos, y la gente que los habitaba vendía animadamente sus productos a personas que paseaban. No había demasiados guardias, la milicia no era el punto fuerte de ese país, pero el comercio no estaba mal. Aun así, yo era incapaz de preguntar nada, ni siquiera de pedir ayuda. El idioma que la gente gritaba sonaba como una suave melodía, incompensable y preciosa que hacia de banda sonora de aquel día, bello como ninguno otro que yo haya visto.
Y mientras mis pasos se adentraban en aquella fantasía, un cielo después de haber llegado al final del abismo de la mente humana, vi el mar. El aroma salado de sus aguas embellecía el choque entre su azul saturado y el pálido en comparación del cielo. Hasta donde alcanzaba la vista, los barcos de vela se movían veloces por el horizonte. Pescadores descargaban el botín, los artesanos arreglaban las redes de pescar, las velas, y preparaban contenedores para mercancías.
Pero no todo era bueno. Ensimismada, la otra cara de la ciudad se abría como la caja de pandora ante mí. Y aunque nunca se me hubiese ocurrido entrar a ese barrio, ese día yo no era persona. Lo primero que percibí fue el fuerte hedor dulzón de la putrefacción. Luego empecé a ver a la gente tirada en el suelo, mujeres semidesnudas y muchos, muchos hombres borrachos. Aceleré el paso, intentando salir de aquel laberinto, pero las aquellas calles desconocidas para mi, se volvían cada vez más oscuras y siniestras.
Y como no, girar por una esquina que no tocaba, y para horror mío, dos hombres fornidos me esperaban. Al principio intenté escaparme de sus brazos, que me apretaban con fuerza, evitando que el aire llagase a mis pulmones. Pero arañar y morder su morena piel solo hacia que mi boca supiese a sal y que mis uñas quedasen pintadas del más rojo carmesí. Ellos se limitaban a mirarse con complicidad y a ahogarme más. Y con un último sudor frio, me .
El resto no merece ser explicado en detalle. Esa misma noche, me vendieron en una subasta de esclavos a uno de los comerciantes más influyentes de la ciudad. Al principio, era una carga, pero el contable se dio cuenta de mis conocimientos. La ESO al final si que me había servido de algo. Pocos días mas tarde empezaron a enseñarme a hablar y escribir para que algún día yo me encargara de la contabilidad de su comercio. Ahora se que estoy en Tiro, capital fenicia de este momento histórico. La mala noticia, es que si mis cálculos son correctos, los asirios invadirán este sitio en breve.
He escrito esta carta con las sobras del papiro de mis clases. Ellos creen que si la quemo como plegaria a los dioses, os llegará. Pero no creo que nadie lea esto, ni siquiera se si podré volver a casa algún día. Pero como mínimo es tranquilizante saber que este mundo no se acabará en unos años por culpa del calentamiento global. Aun así, yo no perderé la esperanza, volveré.
Adiós.
