"My Highness"

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Trix

"No quiero hacerlo, Mey..." Tragó saliva más nerviosa de lo normal. "No lo conozco... Y si tiene 60 años?"

La chica que le estaba trenzando el cabello estalló en una sonora carcajada que retumbó el lugar. Trix fue a quejarse, pero un fuerte tirón en uno de sus rizados cabellos la calló al instante. Escuchó una segunda carcajada por parte de su compañera, quien dejó el peine a un lado y se entretuvo deshaciendo el nudo que había encontrado en su melena. Cualquiera en su posición la habría castigado por su insolencia, pero no era esa la clase de relación que tenía con Mey.

Volvió a mirarse a su espejo y analizó cada uno de sus mechones que caían a ambos lados de su cara. Rojos como el mismo fuego que en esos momentos crepitaba en la chimenea de la habitación y rizados con rabia, enfurecidos por su gran cantidad de pelo.

Hermosa. Lo hubiera sido si no fuera por su cabello. Lo más probable es que si hubiera nacido en una clase social más baja, le hubiera acarreado un enorme problema durante toda su vida.

Pero claro, ella era la princesa. Daba igual el color de su pelo, de sus ojos o de su piel. Su posición social ignoraba todas esas facetas.

"Listo."

Despertó de su trance en cuanto sintió la mano de Mey encima de su hombro. Se levantó instantáneamente del lugar para poder mirar su atuendo: Un vestido de corpiño de color rosa pastel con suaves ondas en su falda. Parecía inmenso, pero solo era el corsé, que acentúaba la forma de su mitad inferior.

"Está preciosa, princesa..."

"Desde cuando te diriges a mi de ese modo, Mey?"

Trix giró su cuerpo para encarar a la chica que tenía una sonrisa ladina dibujada en su rostro: Incluso con tacones, Mey era ligeramente más alta que ella y llevaba el cabello castaño claro recogido en una pequeña coleta baja, de manera que su menuda cara estuviera totalmente despejada. La llevaba algo sucia, pero podían apreciarse sus rasgos detrás de la suciedad; Detrás de unas largas pestañas se escondían unos grandes ojos oscuros de mirada intensa, una nariz redondita y unos labios de un rojo natural.

Si hubiera nacido en la misma clase social que ella, Mey habría sido considerada una belleza. Pero haber nacido en su posición con esos rasgos solo te proporcionaban inseguridad y peligros. Y más aún cuando estabas al servicio de la familia real.

Pero Trix ya se había encargado de que eso no fuera un problema en su castillo. Mantenía una estrecha relación con ella desde la infancia, dado que era una de las sirvientas del castillo. Tenían la misma edad cuando se conocieron en las cocinas de palacio, mientras Mey robaba una de las manzanas de la recolecta del día.

"Dentro de nada se convertirá en la mujer de un príncipe." Aclaró Mey recogiendo las cosas y colocándolas en su sitio. "Creo que debería dirigirme a usted como debe ser."

Trix frunció el ceño. Mey siempre había sido la salvaje de las 2. Ella misma solo se limitaba a comportarse como la princesa que esperaban que fuera. Recordaba aquel día en que Mey la defendió de la falta de respeto de un joven conde hacía su pelo. Mey cogió una espada del puesto de armas y lo redujo en 5 segundos.

Por supuesto, aquello no salió a la luz. Sería una falta de honor que se supiera que una simple criada había reducido a un conde con todas sus letras.

Trix en cambio había dedicado la mayor parte de su vida a prepararse para ser la mujer de alguien. Coser, cantar, tocar instrumentos, sonreír y mostrar sus atributos más atractivos. Nada más.

Quizá si no hubiera conocido a Mey ella habría acabado loca como una marioneta a merced de sus padres. La chica la había mantenido cuerda y viva con sus aventuras dentro y fuera del castillo. Nunca había sido partidaria de saltarse las normas, pero reconocía que junto a Mey tenía cierta predisposición a hacerlo.

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