Recógeme a las 12 de la noche. Vamos a recorrernos la ciudad entera como si la desvistiéramos de arriba abajo, saltándonos los semáforos en rojo ya que ni ellos pueden pararnos, con la luna y las estrellas de testigos. Aparquemos en esos recónditos lugares que siempre nos llamaron la atención pero nunca tuvimos el valor de visitar, y exploremos. Pero también llévame a los que ya conozcamos, y tú te preguntarás: ¿para qué? Pues simplemente para hacer todo lo que siempre quisimos y nunca pudimos, aprovechando que nadie nos ve; tomemos prestado el dinero de la caja del bar donde trabaja aquella chica tan borde que nos mira mal cuando pedimos un vaso de agua, llenemos tu maletero de todos los pulevas del mercadona, pintemos las paredes de la casa de la vecina de enfrente por pesada y emborrachémonos en ese sitio abandonado al que tanto respeto tiene el barrio. Entre parada y parada, play a ese CD olvidado e invadido por el polvo, con canciones de esas que ya no se escuchan a todo volumen, cantándolas a voz en grito entre risas mientras las calles descansan silenciosas. Que en alguna de esas estaciones pierdas el control y derrapes en mis curvas, sin poner freno de mano a nuestros besos para que aceleren nuestros latidos. Tan veloces que ni nos demos cuenta de que ya ha salido el sol y es hora de regresar. Y que cuando me dejes en casa, mientras entro por la puerta, tu reflexión de la noche sea: "todos los lugares me han parecido maravillosos pero joder, mi favorito, sin duda, tú".
