El alba cae sobre la sangre derramada, seca y pegada al suelo, la veo deshacerse. Giro mi cabeza, miro el ambiente que me rodea, cuerpos tendidos, tanto aliados como enemigos, me quedo quieto mirando mi espada, todo esto fue muy confuso. He sentido que la batalla no fue igual a otras, he sentido que el matar esta vez, no ha tenido un motivo, el mero placer de hacerlo nos llevó a esto. Tres noches habían pasado desde que dejamos Jerusalén, ¿Como podíamos haber sabido que nuestra orden nos mandaría a pelear contra gente inocente?. Somos caballeros, seguimos ordenes, matamos y protegemos por nuestro señor, sin dudas ni quejas, pero nuestros hombros tienen un límite con el peso que pueden soportar, ¿realmente hicimos lo correcto esta vez?.
Contamos los muertos, retiramos las espadas y juntamos sus cuerpos, encendemos la llama para cremarlos, juntamos sus cenizas y las llevamos con nosotros hasta que terminemos nuestra misión sagrada. Así lo rige la orden. Mientras junto algunas cenizas miro la cara de mis hermanos. Veo frialdad en sus rostros. Me pregunto si compartirán sentimientos y dudas conmigo sobre esta misión. Preguntarles sobre eso no cambiara nada. Como caballeros de la orden del Temple tenemos la obligación de acatar las órdenes sin dudarlo, nunca debemos olvidarlo. Pero, ¿matar inocentes? No son guerreros, podían haber sido doblegados sin ser masacrados, podíamos haberles enseñado sobre el verdadero Dios.
Nos encaminamos de regreso a Jerusalén. Vamos rápido, puede ser que lleguemos en tan solo dos noches. Sobrevivimos trece de veinte caballeros. Es increíble pensar que peleamos contra decenas de barbaros que protegían a los inocentes, aunque, ¿realmente eran barbaros? Tantas preguntas hostigan mi mente, he de hablar con el sacerdote al llegar, el sabrá decirme la verdad.
Al amanecer del tercer día vemos las puertas de la ciudad sagrada. No he hablado con mis hermanos durante el viaje, nadie ha dicho una palabra. Fue un viaje muy silencioso. Nos tomamos un tiempo antes de entrar, parados frente a las puertas, nos miramos. Mis preguntas habían sido respondidas. Nuestras acciones no preceden la bondad que representamos, como caballeros Templarios. Hemos de aclarar la visión de nuestros líderes, mostrándoles la verdad, a lengua o espada.
La ciudad relucía como siempre, edificios blanco hielo, impactados por el reflejo del sol, ¿Quién diría que una ciudad podía ser tan bella a la vista?. Llegamos a la catedral, nos despojamos de nuestros cascos y capas. En el interior, en el patio, se encontraban los profetas y los sacerdotes, rezando seguramente. Nos adentramos en el subsuelo, mis manos comenzaron a temblar, las preguntas sobre las acciones que carga nuestra memoria vuelven a mí. Si los lideres no aceptan su error, y logramos quitarles el poder, ¿Quién liderara la orden?. Eso podría generar disputas y peleas entre mis hermanos, pero prefiero una pelea interna, a mínima escala, a volver a masacrar inocentes.
Aquí estamos, los trece sobrevivientes, uno al lado del otro, frente al obispo, y el triunvirato líder de caballeros, notables guerreros y héroes, según las historias. Estoy inquieto, me llaman al frente, me piden un informe, les digo que la misión fue un éxito, logramos matar a los barbaros e inocentes, y vuelvo a decir más fuerte, inocentes.
Me miran, les hacen la señal a mis hermanos de que me saquen de allí. Ninguno se mueve. Se les ordena de vuelta, pero esta vez desenvainan sus espadas, todos juntos, apuntando hacia los líderes. El más viejo grita – !somos templarios, no asesinamos inocentes¡ --, y cargan contra los líderes. ¿Sera este el fin de la antigua orden, y el comienzo de una nueva? ¿Qué pensaran los demás caballeros?. No tengo tiempo de seguir pensando. Debo imponer justicia.
