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Cada día lo veía a mi lado. Nunca le hablaba, tampoco él a mi.

No sabía su nombre, sólo sabía que era del mismo grado que yo.

Tenía cabello rojizo, igual al fuego. Con unos ojos grandes color mieles bien claros, así como una canica. Sus pecas eran bien notorias, como si le hubiesen salpicado pintura marrón sobre sí. Y su piel era blanca, como la leche.

Cada día, sin falta, a la hora de la salida de la escuela, mientras esperaba a que me vinieran a buscar, él se sentaba a un lado de mi.

Nadie se le acercaba. Era como si fuese invisible, nadie lo notaba; salvo yo.

Llevaba unos audífonos blancos sin falta. Él se sumía en otro mundo cuando de su música se trataba.

Siempre se iba al mismo tiempo que yo. Era algo extraño, él era extraño, pero de una manera linda.

Y así pasó un mes. Siempre se sentaba a mi lado, llevaba sus audífonos y su chaqueta de jeans azul oscuro cubriendo su pequeño cuerpo.

Hasta que un día, me atreví a hablarle. Cuando lo hice mis compañeros me observabaron como si hablarle fuese un pecado. Todos me obervaban con miedo y algunos preocupados. No entendía porqué, no le veía nada de malo en hablarle.

—Hola —pronuncié tímida. Él no se inmutó en mirarme.

—No deberías hablarme —fue lo único que dijo antes de levantarse y apartarse de mi. Me dejó con las palabras abarrotándose en mi lengua, sin dejarlas salir.

Siempre coincidíamos en la hora de la salida. Algunas veces a las dos de la tarde, o en ocasiones, a las seis de la tarde. En el aula de clase veía que se sentaba en un asiento de la esquina, en la última fila.

No entendía porqué ningún profesor lo nombraba cuando pasaban la lista de asistencia. Cuando se acercaba a entregar un trabajo ninguno de los profesores elevaba su vista para verlo. Era como si fuese invisible de verdad, literalmente.

Siempre que le saludaba me respondía con lo mismo, hasta que un día...

—Hola —dijo resignado. Me sorprendió su respuesta. Siempre que lo saludaba me contestaba con mala educación.

—¿Cómo te llamas? —me atreví a preguntarle en un tono dulce.

—Will —dijo.

—Es un lindo nombre —le regalé una sonrisa delicada—. Un gusto, yo me llamo... —dije mientras extendía mi mano, pero el me detuvo con brusquedad. Me sentí confundida.

—Sé a la perfección como te llamas —me interrumpió con voz ácida.

Luego de eso hablábamos sólo un poco. Les conté a mis padre sobre un nuevo amigo que había hecho, igual a mis amigos. Ninguno me dijo nada cuando les hablé de él. Se quedaron callados y luego respondieron con otro tema. Era como si no quisiesen hablar sobre él.

Mis padres, una semana después, me llevaron a citas con un psicólogo. No me habían dicho el por qué, no entendía nada. Según mis progenitores era porque nunca estaba de más ir a un psicólogo.

Sin drama, asistí. El doctor me hizo algunas preguntas y actividades. No sabía que sucedía, hasta que escuché a mis padres llorando en su habitación. Eso me partió mi pequeño corazón. Odiaba ver a mis padres, las personas más fuertes del mundo, llorar; ver las gotas saladas correr por sus mejillas me era doloroso.

Al otro día, luego de ir a aquella cita, le conté a Will.

—Te dije que era muy mala idea que me hablaras. También, es una mala idea que me veas —después de decir aquello se levantó de mi lado y me dejó sola en el mismo puesto de siempre, y confundida también.

No sabía a que se debía su actitud. Aún no era tan mayor como para descifrarla.

El tiempo pasó, y seguía asistiendo cada miércoles al psicólogo. Y mientras más asistía, más iba desapareciendo aquel pelirrojo que con su manera tan agria y seca me atrajo un poco. ¿Por qué siempre nos atraen las personas prohibidas?

Así como el tiempo pasó, mi enfermedad avanzó. Fue un sábado por la tarde, estaba en mi casa cuando los síntomas se presentaron y cuando sus consecuencias hicieron presencia.

Me llevaron de urgencia hasta el hospital. No sabía que me sucedía, hasta después de unos días.

Tenía leucemia y quizás alguna demencia por ver a una persona que no existía; los síntomas de este se empiezan a presentar en la adolescencia, y yo aún no era ni preadolescente. Mis padres cada noche cuando ya me encontraba "dormida", lloraban. Y eso me destrozaba.

Aparentemente, ya llevaba un cuarenta por ciento de avanzada mi enfermedad en la sangre.

Me destrozaba el simple hecho de pensar que podría morir a tan corta edad y dejar a mis padres sin una hija. Era hija única, no tenía hermanas ni hermanos.

Ellos hicieron todo lo posible para que yo saliera de ésta.

En mis quimioterapias, adivinen quien volvió a aparecer. Sí, era Will.

Lo veía sentarse al frente de mi y comer una de las gelatinas que daban en el hospital.

No sabía si el también estaba enfermo, o si en realidad visitaba a alguien aquí. Sólo sabía que él era extraño.

—Te advertí que era muy mala idea de que me hablaras —recordó.

—¿Y si no lo quería dejar de hacer? —reté con mis voz suave.

—Ahora atente a las consecuencias, Coraline —dijo y se levantó para irse. Mi nombre se escuchó lindo salir de sus labios; era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

Y vaya que tenía razón con lo de las consecuencias.

A pesar de que cumpliera con todos mis tratamientos la enfermedad arrasaba con todo a su paso, arrasaba conmigo.

Tuve que dejar la escuela. Mis amigos iban a visitarme cada cierto tiempo. Me llevaban flores, globos y algunos detallitos que hacían todos en la clase de manualidades. Me sentía feliz cada vez que el pequeño grupo iba.

Pero, en cuanto se iban, volvía a la realidad; a la cruda realidad.

Y así pasaron los meses, hasta años.

Fue increíble como pude combatir aquella enfermedad. Era un milagro. Todo en pasado, porque ahora no lo es.

Cuando nos enteramos por primera vez de mi enfermedad, tan sólo tenía diez años de edad. Era muy pequeña. Para cuando la terminé de combatir, por primera vez, ya tenía catorce años. Sólo pude vivir parte de mi adolescencia por un año y medio, porque volví a recaer.

Cuando la enfermedad atacó por segunda vez, tenía quince años; faltaba poco para cumplir los dieciséis.

No lo creerán, pero... Will estuvo allí, cerca de mi, con cada quimio que me hacían la primera vez. Ese pelirrojo odioso se preocupaba por mi. Pocas veces eran las que hablábamos.

Así como yo fui creciendo, él igual. No le volví a comentar más a mis padres sobre Will, pues sabía que pensarían que estaba loca. Lo estaba. Aunque en el fondo, sabía que él era real, más real que la propia enfermedad que me invadía.

Él sólo estuvo presente los primeros cuatro años. Vi como estaba entrando a la etapa de la pubertad, o como otros lo llaman: adolescencia. Luego de eso, desapareció. No supe más nada de él.

¿Para que mentir? Sí, me llegó a gustar Will. Esa actitud tan distante llamaba mi atención, quería saber sus razones para ser así, y dentro de mi inocencia, quería mejorarlo. Él me atraía. Nunca le dije lo que sentía por él, al menos, no con palabras.

Habían pasado dos años más combatiendo ésta enfermedad. Cada día sentía que mi cuerpo se iba debilitando más con el pasar de los días, y pensaba en darme por vencida. Pero mis padres fueron mi fuerza, quería luchar para que ellos llegaran a conocer a sus nietos, quería que ellos fuesen abuelos.

La vida a veces no cumple tus deseos más anhelados.

Tenía diecisiete cuando los problemas empezaron a agravarse. Y cuando Will apareció por primera vez ante los ojos de la humanidad.

Entre la Vida y la MuerteStories to obsess over. Discover now