El misterio de las ruinas

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Corría sin descanso, evitando columnas, saltando sobre los obstáculos que le dificultasen la huida. La última vez que le compró un mapa de unas ruinas a un goblin también acabó así, rodeado por bandidos dispuestos a matarle para quedarse con sus pertenencias, ¿y qué podía hacer él en una situación así? Correr. A sus espaldas escuchaba los gritos de sus perseguidores, ¿cuántos serían? ¿Media docena? Simplemente le daba igual, rezaba para sus adentros con la esperanza de que esos orcos torpones activasen algún mecanismo y fuesen atravesados por un centenar de flechas envenenadas. No hubo suerte, y llegó el momento de la verdad, un callejón sin salida. Se maldijo así mismo por no haber girado a la izquierda en aquella encrucijada. Se dio la vuelta, y ahí estaban, seis grandullones verdes más tontos que una piedra, jadeando mientras blandían sus hachas y sus machetes. Uno de ellos soltó una carcajada, los demás, como no sabían muy bien qué hacer, también.

- Guíame en mis horas bajas... – empezó a susurrar – Préstame tu fuerza en mi lucha, yo te invoco, Kardas. – de la palma de su mano derecha una tenue luz comenzó a surgir lentamente. Poco a poco aquel brillo singular empezó a tomar forma, hasta acabar siendo una espada incorpórea, una hoja fantasmagórica.

Los orcos dejaron de reírse al instante, y un atisbo de miedo en sus ojos alegró a nuestro hechicero. La espada desprendía un brillo azul que iluminaba todo el pasillo. Uno de los orcos sin saber qué hacer, se abalanzó sobre él, lo que terminó siendo un pésimo plan, ya que al instante, su enorme cabeza verde, rodó por el suelo hasta los pies de sus camaradas. En general los orcos no suelen asustarse si tienen superioridad numérica, pero si había magia de por medio, más de uno perdía los estribos. Dos de ellos se miraron y comenzaron su asalto simultáneamente, gracias a su gran torpeza uno de ellos se resbaló con la sangre de su difunto compañero de armas y al caer se dio en la nuca con una roca, que mágicamente estaba colocada en el lugar idóneo en el momento adecuado. El otro atacante continuó con su embestida, con un solo movimiento de mano el hechicero le cortó las dos manos, dejando caer su hacha, el tintineo metálico resonó por todo el pasillo y hasta lo más profundo de las ruinas. Seguían siendo tres contra uno, lo tenían todo controlado, el orco sin manos no paraba de gimotear, pero el magnánimo hechicero acabó su sufrimiento al atravesarle con su espada. A los tres restantes les pareció buena idea ir a la vez, uno de ellos gritó para distraer al mago, no funcionó, corte limpio y su pecho fue cortada por la mitad. Los otros dos intentaron un ataque en pinza, lo que se supone que hubiese puesto en un gran aprieto a nuestro héroe, pero los orcos no contaban que un hechicero tiene magia, así que uno de ellos salió despedido por el impulso de una estaca de hielo, y acabó clavado en el muro. El otro pobre tonto no pudo reaccionar y al momento tuvo la espada en su garganta, comenzó a sangrar de la boca e intento zafarse de la hoja sin éxito, tras uno instantes dejó de forcejear.

- Gracias por tu ayuda Kardas, vuelve a tu lugar de descanso. – La espada fue desapareciendo lentamente, hasta que hubo completado la transición. – Ya era hora... Malditos pieles verdes.

Con toda la calma del mundo recorrió la ruta de su anterior huida. Una suave ráfaga de aire le acarició la cara, ahí estaba, la salida. Maldijo una vez más los mapas de segunda mano de los goblins, y empezó a correr hacia su libertad. A escasos metros, notó bajo sus pies como una baldosa de piedra se hundía más de lo normal, tras eso, escuchó un chasquido. Sonrió amargamente y esperó a su final. Lo último que llegó a oír, fueron las flechas silbando hacia él.

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⏰ Last updated: Jun 04, 2019 ⏰

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El hechiceroWhere stories live. Discover now