Renato Quattordio llegaba a trabajar temprano todos los días para poder tener el café de su jefe esperando por él. A su jefe, Gabriel Gallicchio, le gustaba el café tostado oscuro fuerte elaborado con un toque de crema y la mitad de una cucharadita de azúcar. Renato había estado trayéndoselo durante los últimos tres años que había sido ayudante del hombre.
Dejó la taza -azul metálico- humeando sobre la mesa al lado del teléfono. Renato enderezó los papeles desordenados repartidos por todo el escritorio. Sin duda Gabriel había dejado los papeles el viernes por la noche, después de mandar a Renato a su casa por el fin de semana.
A continuación, Renato fue a las ventanas con vista al parque de la ciudad y el edificio del BlueMountain Elite. Abrió las persianas para que la vista estuviera lista para cuando Gabriel entrara a su despacho. Estaba un poco nublado esa mañana, pero prometía estar claro y soleado por la tarde.
El toque especial era rociar la habitación con un ligero aroma de especias de otoño, el olor preferido de Gabriel. Salió y cerró la puerta, en dirección a su propio escritorio justo fuera de la oficina.
-Buenos días, Tato - dijo Beatriz desde la mesa al frente de él. Una mujer mayor de unos sesenta años, era la asistente administrativa de un abogado que tenía el despacho contiguo al jefe de Tato. Estaba poniendo su bolso en el cajón de su escritorio.
-Buenos días Bea, hice café, si querés un poco.
Bea sonrió. -Obvio que tenés y obvio que si quiero.- Se acercó al pequeño cubículo de la cocina cerca de sus escritorios para servirse de la jarra de café-. Pareces aún más alegre que de costumbre. ¿Tuviste un buen fin de semana?
-Bueno, fui a un boliche el sábado.
Ella se acercó a su escritorio- ¿Bailaste con algún hombre guapo?
-Algunos -admitió-. Ninguno que me llevara a casa conmigo ni con él que me fuera a su casa, si eso es lo que querés decir.
Ella suspiró -¿Por qué no?
Tato arrugó la nariz- No me gusta ninguno de ellos lo suficiente como para eso.
-¿Cuándo fue la última vez que...?
-No me preguntes cuando fue la última vez que garché. -El la miró. -¿Cuándo fue la última vez que vos lo hiciste?
Ella se sonrojó -Soy una mujer casada.
-Sí, sí. Bueno entonces, estoy pasando por un periodo de sequía.
-Y sé por qué. -Bea tomó un sorbo de su café.
Tato pensó que su computadora se estaba tomando una cantidad ridícula de tiempo para arrancar entonces golpeó algunas teclas. -Como que no me importa mucho escuchar tus teorías. -dice con lo que aparenta ser un tono distraído.
Bea se río.- Eso nunca me detuvo. Esto se debe a que estás colgado por Gabriel Gallicchio.
-No lo estoy -dijo con reconocida petulancia.
-Dale Tato, estás besando el piso por el que camina desde que empezaste acá hace tres años. Está mal visto confraternizar con el jefe.
-No estoy confraternizando con nadie. -Tato comprendió, a juzgar por el calor que sentía por todo el rostro, que debía estar rojo escarlata.
-No es por falta de soñar.
Él la miró. -No hay ninguna ley en contra de los sueños, que yo sepa. O reglas firmes para esas cosas, así que andá a cagar.
Ella se volvió a reír y le dió unas palmaditas en la mano. -Y no te culpo nene, es un bombón. Pero dudo que vaya a ir enserio con cualquier tipo por lo pronto. No después de la muerte de su pareja.
YOU ARE READING
Amando al Jefe | Quallicchio (Adaptación)
RomanceCada mañana Renato Quattordio llega temprano al trabajo. Hace el café, arregla la oficina, y se asegura que las persianas estén abiertas para dejar entrar el sol de Buenos Aires. Todo lo hace por Gabriel Gallicchio, su jefe en los últimos tres años...
