Capítulo 2

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Tres años más tarde

—Scorpius, cariño, si no te estás quieto nos volvemos a casa.

Haciendo caso omiso a su padre, el niño se revuelve  intentando quitarse el abrigo que lleva puesto y que empieza a incomodarle.

Draco vuelve a sujetarlo para que se esté quieto y el pequeño parece resignarse al fin y deja que su padre le desprenda de toda aquella parafernalia que le ha colocado, incluyendo botas, gorro y chubasquero.

Se está realmente quieto hasta que algo a su espalda le llama poderosamente la atención; abre los ojos y sonríe con entusiasmo para inmediatamente después, como siempre, salir corriendo hacia la puerta.

—¡Harry! ¡Harry! —grita mientras corre hasta el auror con los brazos abiertos simulando ser un avión.

Este, en cuanto lo oye, se agacha para recogerlo y llevarlo hasta su padre como si realmente pudiese volar mientras imita el ruido de las hélices

—Harry, hazme volar, porfa’ —chilla entusiasmado.

Vuelve a elevarlo en el aire, pero a los dos segundos se percata de la cara de Draco y deja al niño en el suelo.

—¿Cuántas veces te he dicho que no lo llames Harry? Y mucho menos cuando está trabajando, Scorpius. Es Señor Potter.

El niño hace un puchero y Harry le guiña un ojo para que sepa que no tiene porqué llamarlo así aunque su padre se lo haya repetido infinidad de veces.

Mientras Draco termina de guardar las cosas, Scorpius le hace a Harry un desfile de dibujos: desde dragones a centauros, pasando por hipogrifos, pájaros de dudosa procedencia y algún coche imitando a los que Harry le ha traído alguna vez de juguete.

—Ey, campeón —le dice Harry—, ¿nos dejas solos a papá y a mí un ratito?

El niño, que ya se ha instalado en las rodillas del auror, le hace un puchero.

—¿Cuánto ratito?

—Uno muy pequeño, te lo prometo y si te portas bien luego vamos a la cafetería a por un bollo.

El pequeño sonríe y coge sus materiales de dibujo, se dirige a la mesa más alejada y comienza a colorear concentrado.

Ambos adultos caminan hacia una de las ventanas y se acercan para que no les oigan hablar.

—¿Has ido a la botica? —Draco asiente casi sin mirarle—, ¿nada?

—Ya te lo dije, nadie me quiere en ningún sitio.

—¡Joder! —gruñe Harry bastante molesto—, no lo entiendo, ¡ha pasado mucho tiempo!

—No pasa nada, ya hace bastante que me resigné a trabajar en la cafetería, quizás deberías empezar a asimilarlo tú también.

—¿De verdad te conformas con eso? ¿Con lo que te gustan las pociones?

Draco mira para otro lado incapaz de dirigirse hasta esos ojos verdes que lo taladran.

—¿Tengo otra opción?

La pregunta le provoca un nudo en el estómago, y no por la pregunta en sí, sino por las miradas y gestos que la acompañan, el auror parece no entender que jamás podrá aspirar a algo mejor. Al menos no hasta que cambie su apellido y se tatúe algo sobre su marca tenebrosa.

—Bueno, ya lo intentaremos en otro lugar, quizás más lejos, sabes que puedes usar mi red Flu cuando quieras —Draco asiente como casi siempre que Harry le hace alguna de esas proposiciones—.  Te he traído esto —saca un paquete pequeño de su bolsillo y se lo deja en la mano.

Esperaba que lo hicierasWhere stories live. Discover now