Cardos de sol

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Los cardos nacen en primavera, pero solo florecen en verano bajo el ardiente sol que le besa los pequeños pétalos con suaves rayos de luz y acaricia también cada una de sus espinas.

Morinaga se detuvo un momento para contemplar el milagro, en medio de las grietas del pavimento que lo llevaba hasta su casa, florecían orgullosas flores violetas, coronando un largo tallo cubierto de espinas, parecía pequeñita, una pequeña dulzura coronando las dolorosas espinas, sintió con sus labios la suavidad de los pétalos y suavemente acaricio con la yema de los dedos las puntas afiladas que le rompieron la piel, pero no dejo de sostenerla, mientras sus pulmones se llenaban de la agradable esencia que no era dulce pero tampoco amarga.

El sol antes de caer pinto un hermoso atardecer, rojo como la sangre de sus dedos estaba el cielo, la luz menguada era cálida, le llenaba de paz la silenciosa promesa del sol, de regresar mañana.

Casi era de noche cuando regreso a casa, rápidamente preparo la cena, como podría no tararear y bailar, cuando le parecía un sueño vivir junto a su amor, con la rapidez que parece pasar el tiempo cuando eres feliz, habían pasado dos meses desde su regreso, ya habían pasado los primeros días de física necesidad, de tocar y de sentir para poder reafirmar y creer que es real tanta felicidad. Días en los que hicieron el amor como si fueran a morir mañana.

Cuando Souichi regresa, hablan tranquilamente de su día, Morinaga lo observa feliz viendo como se come todo lo que le prepara, esta recuperando el peso que había perdido el año que estuvieron separados en el que dejo de ser su asistente, en que Souichi dejo de ser su Senpai.

—¡Morinaga! Me estás viendo raro ¿qué es lo que te pasa?

—Senpai... ya no soy tu asistente, ahora soy... ¿ahora soy?
Un amigo, no, un amante, no. Piensa un poco triste.

—Morinaga, eres Morinaga.

—Pero Senpai ya no es mi senpai... ¿Senpai puedo llamarte por tu nombre?
Souichi ¿Souichi san?
Dice tímido, con ese rostro de niño
dice despacio acariciando cada sílaba
dice suavecito empapando de amor el sonido de su voz diciendo el nombre de quien ama tanto.
Morinaga no tenia idea de que decir su nombre haría que su corazón palpitara enloquecido, o tal vez fue el ver como Souichi reaccionaba, un hermoso rubor pinto sus mejillas, como el sol en el cielo claro de la tarde, bello, muy bello, avergonzado Souichi no le sostiene la mirada, parece meditarlo, su cabello suelto después del baño, oculta un poco su rostro, Morinaga lo aparta para buscar la mirada de ojos dulces como la miel más pura, para buscar la respuesta

—Haz lo que quieras...
Morinaga sonríe, y el alma de Souichi se calienta, como el sol que derrite la nieve sobre la tierra y la convierte en flores de miles de colores, ambos respiraban como si les faltara el aire, con los corazones alborotados por algo muy parecido a la locura cuando dice una vez mas

—Souichi te amo, te amo tanto
La respuesta de Souichi solo fue una respiración profunda, que sonó como un gemido lastimero, necesitado.
La urgencia con la que se unieron al beso fue dolorosa, ambos queriendo acortar la distancia, saborearon el hierro de la sangre, ambos probaron la dulzura, la suavidad y el calor.

Como se puede sentir tanto con un beso, te desorienta, te roba la fuerza, antes de darse cuenta Souichi estaba de cara contra la pared de la cocina, sintiendo como Morinaga de rodillas humedecía con su boca y su lengua ese pequeño lugar donde se volvían uno, no pudo protestar, toda su energía se iba en mantenerse de pie, mientras sentía como los dedos largos de Morinaga ingresaban en él y lo acariciaban por dentro ¿cómo podía apartarlo? si toda su concentración era para no olvidarse se respirar mientras sentía como era penetrado centímetro a centímetro por el pene duro y largo de Morinaga, abriéndose paso en su carne apretada

— Duele, así duele, Morinaga

—Solo respira, aguanta solo un poco más, por favor Souichi
Ambos gritan cuando logra meterse completamente dentro, tan bueno, tan rico.

Souichi se olvida del dolor, solo hay plenitud, placer y delirio al sentir como una y otra vez Morinaga golpea en él como si pudiera meterse aún más profundo, dentro y fuera, cada empuje acaricia el lugar correcto, siente que está a punto de estallar, pero Morinaga sostiene en un agarre fuerte su pene

—¡Morinaga!
Souichi grita una súplica

—Di mi nombre, el nombre del hombre que te hace el amor, dilo.
Morinaga se sale de ti, y estás tan vacío, tan frió, estas abierto, palpitando, hambriento, insatisfecho, adolorido por más

—Tetsuhiro...
Morinaga te penetra de un fuerte empuje y te corres, salen de ti cuerdas de líquido placer, salpicando la pared, pierdes la fuerza en las piernas, pero fuertes manos no te dejan caer, te sostienen del pecho y la cintura mientras sientes como Morinaga se vacía dentro de ti, caliente, te llena.
Suavemente se deslizan de rodillas en el suelo, tratando de mantener el aire en los pulmones y el corazón en el pecho.

En la bruma del placer Souichi siente como es cargado, la tibieza del agua que lava su cuerpo, las manos gentiles, los besos robados, puede sentir la devoción con la que es cuidado, y se deja hacer, porque confía en ese hombre su cuerpo, su vida.

Ya limpios sobre la cama, Souichi se duerme sobre el pecho de Tetsuhiro escuchando la canción de ese entusiasta corazón.

A la mañana siguiente como el sol había prometido se llevo la oscuridad, Souichi se despertó con el ruido de la cocina y el delicioso aroma del desayuno y los tarareos de un tonto enamorado.

Souichi trata de ignorar las cosquillas en su vientre, el latido exagerado de su corazón y el calor en sus mejillas, entra en la cocina, se miran a los ojos, Morinaga sonríe de la manera que Souichi ama, sincero, feliz, radiante.
—¡Buenos días Souichi san!
—Buenos días Tetsuhiro.

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