Capitulo 1.

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Son las 5 de la mañana, en un viernes de agosto de 1953 en Londres Inglaterra estoy en mi cama tratando de taparme con las sabanas para calentarme lo suficiente y evitar sentir este frio que me abraza desde los pies hasta mis orejas.

Trato de concentrarme en vaciar mi mente para poder relajar mi cuerpo y dormir en paz como solía hacerlo cuando tenía un hogar estable, pero es imposible.

Me quito las sabanas que me arropan de encima, me trato de concentrar en el silencio del lugar y alzo mi cabeza para mirar por la ventana que está a la par mía donde a pesar de la oscuridad que penetra el lugar se alcanza a ver el Big Ben.

Me doy cuenta de lo temprano que es al ver la oscuridad de las calles y de lo que debería de estar haciendo en ese momento. Cierro mis ojos, doy un respiro y regreso a mi cama para volverme a arropar con las sabanas.

Justo cuando mis ojos se están nublando y siento por fin relajado el cuerpo. Empiezo a escuchar unas voces que se producen afuera de mi cuarto.

Alzo mi vista y miro debajo de mi puerta una silueta producida por la luz que encendieron afuera.

— ¿Qué hace aquí tan temprano?— susurra una voz femenina. De seguro de la encargada del lugar.

— Vengo por el muchacho. — dice una voz masculina usando el mismo tono de voz de la señora.

— ¿Se lo va a llevar?

— Sí. Le he encontrado un lugar al parecer estable en el norte de Escocia.

— El muchacho lleva aquí solo unos días. Apenas se está acostumbrando a este lugar. Debe dejarlo dormir. Debe dejarlo respirar.

— Lo único que quiero para el muchacho es su bienestar. Que sea feliz. El pobre ya perdió a sus padres, a su hermano y a su abuela. Lo único que quiero para él es que no pierda las esperanzas de hallar la felicidad.

— Pues debe dejar que se quede en un lugar estable donde aprendan a quererlo como yo lo hago con mis niños— repite la voz femenina aumentando un poco su tono de voz.

— Con todo respeto señora. No creo que se le dé mucho amor aquí. Es solo un niño apenas y ya perdió a gran parte de su familia. Él sabe que este es un lugar adoptivo. Por lo tanto no será feliz aquí.

Se produce una gran pausa silenciosa e incómoda que me tiene con gran intriga. Luego me doy cuenta de que ellos siguen hablando pero lo hacen más lejos.

La silueta se aleja y lo único que escucho son respiraciones que pronuncian palabras y que trato de descifrar que dicen pero no puedo.

De repente unos pasos se acercan a mí y yo rápidamente regreso mi cabeza a mi almohada y trato de fingir estar dormido.

Unos segundos después la puerta se abre y yo entreabro mi ojo para ver quién entra.

— Señor Eduardo— digo levantando mi cabeza y viendo con dificultad por la intensidad de la luz de la lámpara que penetra la oscuridad del cuarto.

— Hola Zeb. ¿Cómo te ha ido?

— ¿Qué hace aquí a esta hora señor? ¿Está todo bien?

— No quería llegar al grano tan directamente pero ya que lo preguntas.

Hay otro silencio que me mantiene viéndolo mientras mi vista se aclara y me siento en la orilla de la cama esperando a que él hable.

— Quiero que empaques. El tren sale en menos de dos horas y tenemos que estar ahí antes.

— ¿Por qué? ¿A dónde vamos?

— Vamos a Escocia te encontré un nuevo hogar.

Estoy a punto de preguntarle quienes son los que me recibirán, pero no me da la oportunidad. Abro mi boca para pronunciar las palabras interrogatorios cuando él me da la espalda y sale de la habitación.

Mi emoción regresa a mi cuerpo cuando medito las palabras del señor Eduardo y me levanto, tomo mi ropa y me empiezo a cambiar.

Ya cambiado me dedico a empacar lo poco que tengo afuera de la maleta. Un trompo, mis dos camisas, mis tres pantalones, mi otro chaleco y mi libro de Peter pan.

Cierro la maleta, doblo la sabana de la cama y vuelvo a alzar mi mirada en la ventana para apreciar la vista de Londres una última vez.

Bostezando del cansancio, salgo de la habitación, bajo las gradas y camino hacia la puerta principal sin voltear a ver atrás donde los demás me miran.

Abro la puerta y rápidamente volteo a ver atrás alzando mi mano en señal de despedida viendo que los que estaban observando eran los adultos que me hospedaron por estos 3 días aquí.

Volteo y miro al señor Eduardo esperándome del otro lado de la acera. Por lo que me empiezo a mover y viendo hacia ambos lados, cruzo la calle corriendo.

— Ven. Caminemos. El auto vendrá por nosotros a unas calles de aquí.

Ya caminando me abstengo de decir algo o de preguntar algo y me dedico a ver mis pies caminando en la acera.

Luego de unas calles, el sol empieza a alumbrar mi rostro. Alzo mi mano para recibir su calor, mientras sus destellos de luz me hacen ver de un tono anaranjado.

— Ven Zeb, no te quedes atrás. En esa banqueta pública nos recibirá el auto.

Empezamos a caminar mientras le doy la espalda al sol que me sigue alumbrando y tomo valor para formular bien la pregunta principal que le tengo al señor Eduardo desde que empezamos a caminar.

— Señor Eduardo, quiero hacerle una pregunta— al principio no dice nada, luego empieza a titubear y de último pronuncia palabras.

— Adelante— dice mientras mantiene su mirada fija en la banqueta que está justo a unos pasos en frente nuestra.

— ¿Quién es la persona que me recibirá en Escocia? ¿Es algún familiar?

— Si, de hecho un familiar no muy cercano pero que tú ya conoces.

— ¿Quién?

— Tu tía. Michelle Ferrell.

El Canto del Señor del BosqueDes histoires addictives. Découvrez maintenant