Quiero lo que nunca pude obtener

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Me gusta creer que soy una persona especial. Que puedo alcanzar todo lo que me proponga, que quienes me rodean me admiran, y que con solo apretar un botón, como si tuviera un control remoto mágico, miles de personas cumplirían cada uno de mis caprichos.
Suena lindo, ¿verdad?

Pero la realidad... la mía... es completamente distinta.

Vivo en un barrio humilde, de esos donde todos se conocen y las paredes escuchan más historias que las que el corazón soporta. Mi casa está hecha de las viejas maderas que les regalaron a mis abuelos cuando recién se casaron —hace ya más de 56 años—. Las paredes ni siquiera conocen el lujo de la pintura; el presupuesto nunca alcanzó para eso. El aparador de la cocina es casi un sobreviviente, escondido detrás de parches y remiendos que lo mantienen en pie. Y lo mismo ocurre con los muebles y cada objeto que habita este lugar que llamamos hogar.

Pero, si te soy sincera, durante mucho tiempo no lo vi así. Crecí junto a mis dos hermanos menores sin notar que no era "normal" no cenar algunas noches para asegurarnos un plato al mediodía siguiente. No entendíamos que a otros niños no se les rompían las zapatillas al punto de no poder ir a la escuela. O que no todos, con apenas siete años, salían dos veces por semana a cortar el pasto de la vecina de enfrente para ganar unas monedas y poder seguir comiendo.

¿Y mamá y papá?

Papá trabajó toda su vida en una fábrica de hierro. Todos los días se levantaba antes del amanecer, a las 6:00 de la mañana, y volvía cuando la noche ya se había olvidado de él: 7:30 de la tarde... si tenía suerte. Los fines de semana eran aún más largos; a veces llegaba a las 11:00 de la noche sin saber ni cómo se llamaba del agotamiento. Sin vacaciones, sin francos, sin descanso. Solo podía faltar si un médico lo excusaba. Y aun así... nunca se quejó.

Era como si llevar el peso del mundo sobre su espalda fuera parte de su deber.

Mamá trabaja como empleada doméstica en una casa de campo, a unos treinta kilómetros de casa. Por eso, tampoco la vemos mucho durante el día. Se va a las 8:00 de la mañana —cuando todavía el frío te corre por la espalda— y vuelve recién a las 10:00 de la noche, con la cara marcada por el cansancio y las manos ásperas de tanto limpiar.

Sus patrones son buenas personas... o al menos eso dicen. Pero también disfrutan tenerla allí para atenderlos en todo lo que se les ocurre. A veces siento que se olvidan de que ella tiene una familia esperándola, que nosotros también necesitamos de su presencia, de su abrazo, de su olor a hogar.

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⏰ Last updated: Oct 27, 2025 ⏰

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