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Londres, mayo de 1817.
En Londres se oyen muchísimos ruidos por la noche, pero la joven descalza no se dejó amilanar por ellos y continuó su huida hasta que oyó el traqueteo de un coche; los cascos de los caballos golpeaban la calzada en dirección hacia ella y las lámparas arrojaban luz sobre la oscura acera.
Lady Mara Saint Bride se detuvo; en el coche podrían ir miembros de la alta sociedad, personas como ella; podría pedir auxilio.
No. ¿De qué le serviría ponerse a salvo si el precio sería la deshonra? Podría sobrevivir a su situación; era capaz.
Se giró, dando la espalda a la calzada, rogando que los ocupantes del coche estuvieran adormilados, que aún en el caso de que fueran mirando por la ventanilla sólo vieran a un miserable ser descalzo envuelto en una manta; una persona mísera de Londres, sin ningún interés para ellos.
Con la suerte que estaba teniendo, igual eran santos caritativos dedicados a rescatar a los desafortunados.
Pero el vehículo no se detuvo, sus lámparas iluminaron con su luz dorada las piedras y rejas a su izquierda y luego a su derecha, y continuó avanzando, dejándola en la inquietante y peligrosa oscuridad.
Deseó continuar ahí escondida, pero se obligó a seguir caminando. Haberse detenido la hizo tomar nueva conciencia de la aspereza de las losas que le rompían las medias de seda, de los guijarros que le lastimaban las plantas y, lo peor de todo, de algo blando que de tanto en tanto se le metía entre los dedos de los pies.
Aunque la noche no estaba particularmente fría, tiritaba, temblando al darse cuenta de que Londres después de la medianoche no estaba dormido en absoluto sino lleno de vida. Se oían maullidos de un gato, sonidos de carreritas sigilosas por el suelo que debían ser de ratas y, lo más peligroso de todo, sonidos humanos en la distancia, de música y voces que debían provenir de alguna taberna.
En el siglo anterior ese barrio cercano al palacio de Saint James había sido la parte más elegante de Londres. Todavía había muchas calles magníficas, pero entre ellas se abrían callejuelas laberínticas con casas ruinosas en las que imperaba el vicio y la violencia.
Ay, estar en Mayfair, donde las luces de gas triunfaban sobre la oscuridad. Ahí la única luz provenía de las lámparas encendidas fuera de las puertas de los residentes responsables. Sólo eliminaban la absoluta negrura de la oscuridad, pero no lo suficiente para ver qué bichos pasaban corriendo por delante de ella y se alejaban.
La casa de su hermana Ella en Mayfair estaba sencillamente demasiado lejos, a una milla como mínimo. Y aun en el caso de que sus doloridos pies fueran capaces de caminar esa distancia, sus nervios no se lo permitirían. Pero sí lograría llegar hasta la cercana Great Charles Street, a la casa del duque de Yeovil, donde podría encontrar un amigo.
