carne

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En nuestra zona de cuarteles, los días se suceden como una pesada ráfaga de aire caliente que atravieso en piloto automático. El camino al pozo central de donde extraemos el agua es extenso y tedioso, pero no logro sentirlo; me hundo siempre que puedo en los lejanos recuerdos de tiempos pasados. En ellos puedo visualizar a mi antojo sus labios, su piel, sus fotos; sus 1.025 fotos para ser exacta, que devoraba con esmerado ahínco desde la primera hasta la última.

¿Dónde estarás, Juan?

En aquellos dulces momentos, el helado de menta y las calles relucientes de mi ciudad se dibujan por encima del suelo erosionado junto con las pocas plantaciones que tenemos cada cuatro cuarteles. Por fortuna, mi instinto de supervivencia logró desarrollar un mecanismo de auto-defensa que depende de mis recurrentes fantasías, imprescindibles para afrontar la agresividad del sol, que quema como una pantalla que todos tememos mirar a la cara por miedo a que nos desintegre la piel.

Los días quedan reducidos a la misma rutina: caminar hasta el pozo; extraer el agua; caminar sin importar que el fino trozo de tela blanca que llevamos por ropa se nos transpire a límites insospechados; cocinar. Tampoco tenemos animales ni conozco a nadie que sepa dónde poder encontrarlos, aunque sí tenemos la opción de incluir una dosis de insectos a nuestra dieta general, cosa que no es mi estilo en absoluto.

Ya no quedan espejos, pero basta con observar el cabello enmarañado, seco y sin vida de los que me rodean, sus cuerpos escuálidos y en gran parte desnudos, para poder imaginar mi propia apariencia.

Somos como animales cuyo único objetivo de vida es sobrevivir.

Animales sin el menor signo de empatía ni rasgo de humanidad. Resulta inverosímil sentir el más mínimo deseo por nadie. Nadie podría.

Cualquiera desearía una cabra o una vaca antes que un buen romance.


Por momentos, mi imaginación logra evadir los grandes esfuerzos por respirar en los cuarteles. Con los años, incluso hasta logré adquirir la capacidad de revivir sensaciones: el sabor del salmón crudo, que tanto amaba; el sushi, el atún, la mayonesa artesanal que hacía mi mamá. El sonido del mar, que ahora tan contaminado está. Repleto de mierda y animales muertos. Hace tiempo que todos decidimos alejarnos de él lo más posible, por miedo a que nos absorba en su mugre infinita.

Pero hay un chico. Un tal Estéfano.

A veces se me acerca y nos quedamos hablando con las palabras que recordamos de antes. Por momentos me cuesta elegir ciertas palabras, pero las conversaciones son siempre las mismas: ¿Cuántos de los tuyos quedan? ¿Con cuánta agua te las podés arreglar?

Una particularidad no-agradable que tiene Estéfano es su sorprendente capacidad para sobrevivir sin higienizarse en lo más mínimo. Su hedor era, al principio, insoportable, pero con el tiempo conseguí acostumbrarme un poco más. Llegué incluso a pensar que está interesado en mí, de alguna manera. Sin embargo, mis recurrentes ensoñaciones con Juan me impiden establecer una conexión interpersonal con otro ser humano.

Mientras Estéfano me habla, evoco el rostro de Juan mirándome, diciéndome, "Chiquilina, sos así de tonta, sabés que yo te quiero igual". Sonrío para mis adentros y recuerdo, a su vez, los suelos de Alemania, el viaje, el bosque... los árboles y mis deseos por quedarme ahí para siempre, sintiendo la frescura del aire. Enseguida pienso en sus ojos, su pelo, su aliento a fresas, sus palabras hirientes y mi obsesión con sus fotos y las fotos de su vida, tan ajena a mí.

¿Te gustaría ir más allá? Doblando a la izquierda del pozo hay un lugar un poco más fresco. Siempre voy para allá.

La voz de Estéfano me saca una vez por todas de mi eterno paraíso artificial. Nunca antes, o por lo menos en mucho tiempo, había sentido interés por moverme más allá de la zona de cuarteles.

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