17 de marzo, 1935.
Mi madre solía hablarme muy seguido del matrimonio. De lo afortunada que sería al crecer y encontrar a un buen hombre que me sustentará. Por mi parte, no lo encontraba para nada emocionante. Nunca me llamó la atención contraer matrimonio. A menos... A menos que sea con ella.
Como siempre, salí con la excusa de dar un paseo. Realmente me dirigía hacia ella.
La conocí en primavera. Ella al igual que yo, frecuentaba el lago.
Su hermoso cabello rojo, sus llamativos ojos verdes, al igual que su vestido. Ella es la definición de perfección.
— Rosa — La hable mientras llegaba a su lado — Pronto será otoño, mi familia no me permite salir durante esta estación.
Ella solo me miro.
— Por lo que tendremos que aprovechar al máximo lo que nos queda, o incluso — Tome aire, era complicado proponerle mi descarado plan — Podríamos fugarnos.
Ella sonrió.
— Es... ¿Es un sí?
Un viento soplo, haciendo que sus cabellos se movieran. Ella asintió.
Estaba feliz. Mi amada Rosa.
Ella está bien conmigo, a pesar de mi imagen simplona, una chica de 16 años con cabello café y ojos igualmente cafés. Eso me hace muy feliz.
