Una lágrima se desliza lentamente por mi mejilla. Dejando un rastro de humedad en mi cara. Otra más. Y una última.
Pero no deslizan tristes, esta vez. No hay llantos, no hay sollozos. Solo un sentimiento muy fuerte en mi pecho, inapagable. Miro al espejo y veo un largo vestido blanco acomodado en aquel cuerpo que ha crecido y evolucionado conmigo. Que ha cambiado tanto, igual que yo. Si pudiera verme aquel día; tan joven, tan poco preparada para el gran giro que iba a dar mi vida. El día que la conocí.
Llevaba un par de meses trabajando en el bar de mi hermana. Mis padres, tan sobreprotectores como siempre, no me dejaban alejarme mucho de casa; así que me tuve que conformar con la única ocupación decente que me ofrecían los límites de mi pequeño barrio. Por favor, con veinte años y en pleno siglo XXI, seguía reducida por las obligaciones de mis padres.
Absorbida en mis frustraciones familiares, no me di cuenta de la mano que se acababa de posar sobre mi hombro. Eso fue, por supuesto, hasta que una dulce voz interrumpió mis mustios pensamientos. Sobresaltada, pegué un inmenso salto, lo cual provocó uno de los sonidos más preciosos que he oído en la vida. Su risa.
- Disculpa las molestias, pero eres la única camarera que pueda ver y necesitaba pedir la cuenta.
- Ay! Claro, desde luego, siento haber estado tan distraída. -Dije, intentando sincerarme lo máximo posible. Aunque eso sí, sin poder evitar sonrojarme, porque la chica era preciosa. Dios, ¿de dónde habían salido esos ojos?
- No es ningún problema, la verdad. De hecho, tampoco hace mucho que espero. Y antes de que se me olvide, dile a María que Amelia ha pasado a verla y que la llame.
Amelia.
Allí empezó todo.
Sentada, intentando ignorar dudas sobre el lugar, la ropa, los invitados... nunca ella; empiezo a ser consciente de mi propia agitación. Mis manos tiemblan, nerviosas. Mi corazón palpita como nunca antes. O quizá sí, pero ahora las veces anteriores parecen inapreciables.
El anillo brilla sobre la mesa. No es el oficial, aún no, pero es suficiente. Brilla con un destello de esperanza, de un futuro. Lo cojo como puedo, e inquieta me lo pongo. Lo observo durante un largo instante. Sin querer se me escapa una sonrisa. Y un recuerdo.
Me había parecido un día de lo más normal. Casual. Todo iba acorde a su rutina hasta que me llegó una inesperada llamada. Al coger el teléfono y oír la voz de mi novia, mis iniciales preocupaciones se desvanecieron, pero reaparecieron al momento cuando me insistió, con mucha urgencia, que tenía que cenar con ella aquella noche, y que era increíblemente importante.
Mi cabeza iba a mil por hora, intentando descifrar todas y cada una de las situaciones que podían ocurrir. Cada cual peor que la anterior. Cuestionando, analizando cada detalle de la corta conversación. Lo que no se me pasó por la cabeza ni una sola vez, pero, fue lo que realmente sucedió.
Cuando la tuve delante, arrodillada ante mí, abriendo una cajita negra cuyo contenido solo yo podría vestir; todas mis reflexiones, positivas y negativas, se centraron en una sola cosa. O persona, más bien dicho.
- Luisita Gómez, ¿te quieres casar conmigo?
El primer gran sí.
Allí empezó todo.
Mi sonrisa se ensancha con la memoria. Y mis labios vibran al recordar el beso que vino después de esa palabra. Y la noche que vino. Y la que vendrá.
Un poco más calmada, me dirijo hacia la multitud de gente que había estado evitando. La gente y todo su estrés, cargado sobre decisiones ínfimas e insignificantes. ¿Qué más da el color de los manteles? Está ella. Y es todo lo que importa.
Pasan los minutos, pero nada sucede. No realmente. Me hablan, me congratulan, me maquillan, me peinan. Pero nada sucede. Hasta que sucede.
Camino hacia el altar. Es real, está pasando. Con mi hermana a mi lado, intento no llorar de nuevo. Está mi padre también, y contento, pero la necesito a ella, que siempre ha estado junto a mí, apoyándome. Miro a mi madre, quien a pesar de sus dificultades ha venido, está alegre por mí. Y me quiere.
Entonces suspiro y bajo la cabeza. Llegó mi momento, nuestro momento. Llevo un pie delante del otro y alzo la mirada. La encuentro. Amelia. Con esos ojos, también medio llorosos, pero que irradian felicidad. Con esa sonrisa. Y nunca he estado más segura de nada. Nunca.
Subo un escalón. Y otro.
Y digo, por segunda vez, esa palabra tan cotidiana.
- Sí. Sí quiero.
Aquí y ahora. Para siempre.
Aquí empieza todo.
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Espero que os guste! Es mi primer fic así, así que espero que esté bien :)
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El Comienzo
RomanceLuisita recuerda algunos momentos durante el día más importante de su vida. modern day AU | luimelia
