No entiendo muy bien cuál es el punto de conservar estos sentimientos. Después de todo ha pasado tanto tiempo que incluso para mí es demasiado estúpido.
Me siento como una niña a mis veinticinco años, esparcida en el sillón con el corazón pequeñito gracias a la romántica de turno que me recomendó Netflix; es que me falta solo el helado y un ex novio por el cual llorar y el cliché está completo. Veo los créditos del lagrimón correr por la pantalla del televisor cuando recuerdo que soy una adulta responsable y como tal hoy toca sacar la basura, así que me levanto con pesar y me encamino a la cocina a separar plásticos, botellas de vidrio, papeles, etcétera, etcétera, etcétera... todo este trabajo porque a la vecina ecologista se le ocurrió la idea de establecer el reciclaje como nueva norma del edificio en la reunión pasada, ahora la gracia es bajar hasta el primer piso a dejar cada cosa en su respectivo contenedor en vez de tirar todo por el ducto y ya. La verdad si nos detenemos a pensarlo es una idea genial, pero mi flojera es mil veces superior y no puedo evitar ir insultando entre dientes a la vecina mientras arrastro mis bolsas fuera de casa.
Una vez todo en su lugar y sintiendo el frío del exterior calar en mis huesos subo a mi piso. Para cuando se abre la puerta del ascensor escucho como la puerta del departamento junto al mío se cierra presurosamente. Alguien ha llegado a vivir allí por fin. Ese departamento ya llevaba buenos meses desocupado, y a decir verdad me alegro de que ya haya alguien, me tenían ya un poco cansada las ruidosas visitas de candidatos a tener una nueva y esperanzadora vida en el sitio.
Luego de lavarme las manos levanto toda la comida sobrante del sillón y la dejo encima de la mesa, apago el televisor y me encamino a mi pieza para disponerme a dormir, mañana habrá mucho trabajo en el café.
Sí, trabajo en un café de mesera. Puede parecer un poco increíble que solo con ese tipo de trabajo logre mantenerme a mí misma, pero resulta que el Caoba Delice no es cualquier café, puesto que además de servir las bebidas calientes o frías que se te ocurran, también cuenta con una carta de restaurante bastante amplia, que se maneja desde la perspectiva más gourmet que el oficio puede ofrecer. En resumidas cuentas, es un café que entra en la categoría de "coffee and restaurant super expensive for your misery pocket", razón por la cual no llega a comprar todo tipo de gente, no, llegan solo los más rubios/as, los que se pueden dar un baño de leche todos los días y los que tienen un auto y la bencina suficiente como para llegar, porque además de caro y exclusivo está lejos de todo casi en un afán por repeler a la gente de la periferia. Pero no pudieron repelerme a mí, já. Los agarré cuando estaban en una baja de personal porque las chicas que anteriormente servían no podían distinguir entre un americano y un lungo. Aunque eso sí, no lo logré sin engaños. Tengo que levantarme todos los días tempranísimo solo para hacer con mi humanidad un esfuerzo por parecer de una clase social a la que no pertenezco, pero tomando en cuenta que la paga es lo suficientemente buena como para permitirme una vida tranquila, vale la pena.
Me recuesto sobre la cama y miro hacía el techo. Cierro mis ojos y un rostro conocido se viene a mi mente tan rápido como un disparo. Abro los ojos como dos platos enormes. Es que no consigo entender cómo es que ese chico se las arregla para volver una y otra vez cada día para atormentarme con su presencia. Ya llevo dos semanas así, cierro los ojos e incluso en sueños... él está ahí con sus finos anteojos, su piel blanca como papel y su media sonrisa cómplice.
Él y yo nunca nos dijimos mucho. Yo reía demasiado y él comentaba demasiadas estupideces, y eso cuando nos hablábamos porque ni siquiera fuimos amigos o algo por el estilo. Éramos compañeros de clase hace ya nueve años atrás, el único chico con lentes en el salón, siempre pegado a los cuadernos, misterioso y silencioso... hasta que una carcajada explosiva detonaba de su boca y entonces ya me resultaba imposible despegar la mirada de aquel larguirucho muchacho. A veces decía mi nombre y medio sonreía sin razón, a veces no nos mirábamos en semanas, a veces yo lo miraba curiosa desde mi asiento hasta el otro extremo del salón aparentemente sin que se diera cuenta, hasta que repentinamente él fijaba su mirada también en mí, sonriendo. Yo me daba media vuelta avergonzada y con un latido extraño en el pecho. Entonces al rato volvía al ataque, pero él solo escribía los apuntes, rojo como un tomate.
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Un edificio para dos
ChickLitAlicia es una chica corriente, con una vida sin mucho que contar puesto que la mitad de su tiempo lo pasa en el café donde trabaja y la otra en su casa sumida en Netflix y papas fritas. La única emoción que hay en la vida de Alicia es el repentino r...
