Capítulo único

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Jamás me olvidaré de aquel 2 de mayo de 1935, el día en que escuché la famosa frase que me moría por oír, pero que nunca imaginé que iba a partirme en dos la vida: «hasta que la muerte los separe»

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Jamás me olvidaré de aquel 2 de mayo de 1935, el día en que escuché la famosa frase que me moría por oír, pero que nunca imaginé que iba a partirme en dos la vida: «hasta que la muerte los separe». ¡Qué ironía! Lo que por aquel entonces era un sueño, se terminó convirtiendo en mi mayor pesadilla.

Lo quise desde el primer momento en que lo vi. ¿Cómo no iba a hacerlo? Un galán vestido con sus impolutos trajes, que me abría la puerta y me regalaba palabras bonitas a todas horas. ¡Era un sueño!

Quién me iba a decir a mí que no era así solo conmigo, sino con todas las que se le acercaban.

Me encandilé de amor por él. Me volví loca por el simple hecho de poder compartir mi vida con la suya. ¡Me sentía una princesa a su lado! Ni siquiera creía merecerlo.

Pero como todos los cuentos de hadas, ese sueño se desvaneció antes de lo previsto. Intenté cegarme ante las evidencias, no quería admitir que sí, que mi marido no era el príncipe que yo creía y que, en efecto, se estaba burlando de nuestro amor. Pero cuando todo comenzó a perder sentido, cuando sus salidas eran exageradas y el olor a perfume barato comenzó a perturbarme, me vi obligada a reconocerlo.

Cualquier otra habría entrado en cólera, lo sé. Cualquier otra le habría pedido mil explicaciones, pero yo lo amaba. No quería saber qué hacía con otras, solo quería disfrutar del tiempo que decidiera dedicarme a mí. Eso era lo único que me importaba.

Me decidí a poner buena cara. Sonreía en su presencia y lloraba en su ausencia. Estaba tan rota por dentro que ya no sabía distinguir el amor de la decepción. Aun así seguí a su lado sin abrir la boca. Sin demostrar nada.

Le perdoné todas y cada una de sus tomaduras de pelo sin protestar, sin replicar. Dejé que pensara que me creía todas sus absurdas excusas como una necia.

Jamás pronuncié una sola palabra que le diera a entender que sabía de sus múltiples traiciones. Jamás pensé en tomar cartas en el asunto hasta ese veinticuatro de marzo.

Enterarme de que mi esposo me era infiel me afectó. Me dolió. Pero saber que me engañaba con mi propia hermana me partió en dos el corazón. Me fracturó el alma en pedacitos tan pequeños que supe que no podría perdonarlo. Supe que nunca podría unirlos y volver a sentir de nuevo. No podría volver a enamorarme de él y seguir adelante como si nada.

No podía dejarlo, ¿en qué lugar quedaría si lo hiciera? Abandonar a mi marido no era una opción, así que tras largas noches de llantos, y a punto de entrar en una espiral de depresión insalvable, decidí dar un paso al frente.

Comencé a llegar tarde, y aunque él no se enteraba, yo disfrutaba de las salidas nocturnas con mis amigas. Solo eran eso: simples quedadas entre iguales en la casa de alguna de ellas. Todas estábamos en una situación similar: o soportando infidelidades, o aguantando a algún marido machista que la golpeaba o, en el caso de unas cuantas, sufriendo la presión de su progenitor para encontrar un esposo que la humillara como nos estaba ocurriendo a todas.

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