Tian Hong fue fundada por el magestuoso clan del dragón, quiénes viven entre lujos en islas supendidas por los cielos. Con el reinado de Tian Hong está prohibido bajar a la peligrosa superficie, Bórax es un bosque letal lleno de misteriosas criatura...
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El invierno, la lluvia, el aire. Todo tiene su perfecto equilibrio y su razón de ser, de ello se encarga la madre naturaleza, de convertir el verano en otoño, el crecimiento de las flores o el comportamiento del travieso mar, aunque eso no siempre fue así.
La leyenda narra que hubo una época en que la tierra estaba sumida en un profundo y complejo caos, donde los vientos eran salvajes caballos que remontaban los caminos invisibles tallados por los cielos, los continentes conformados por una inquieta tierra se resquebrajaban cual pequeñas piezas de ajedrez, mientras las plantas forraban toda superficie con sus extremidades gráciles llenas de alegría y las aguas a asentaban en toda cavidad que les llamase la atención.
Es por ello, que en esta ocasión nos remontaremos a la era de la anarquía, donde nada tenía orden y la madre naturaleza no existía, nos adentraremos en la historia de como nació el mundo que conocemos, y las muertes que aquello significó.
Aún recuerdo aquellos oscuros tiempos llenos de desunión, aunque ahora no es muy diferente de cómo era en aquel entonces, cuando los cielos eran reinados por el imponente clan del dragón. Tian Hong era la poderosa unión de los dragones que levantabasu ciudad elegante e imponente, se erguía entre las nubes sobre pedazos flotantes del continente que parecía ser cada vez más un pequeño pedazo de tierra sobre el mar, recuerdo aún cómo algunos de los cúmulos de tierra se levantaban impetuosos en el cielo siendo sostenidos por gruesas columnas de viento, islas flotantes domadas por el imperio dragón, con calles, edificios y puestos de venta decorados con oro o grandes rubíes haciendo de su reino un lugar rebosante de vanidad.
Algo quesiemprele pareció exasperanteala fuerte Zhen, una chica solitaria que vivía en la única isla que no estaba conectada a la compleja red de puentes de Tian Hong, apartada de todo su orgulloso clan allí tenía todo lo que necesitaba, libertad, un esclavo y lo más importante, cercanía a las cuevas de la superficie baja.
El último pedazo del continente que yacía abajo junto al resto del planeta se le conocía como Bórax, era un espeso bosque donde reinaba la oscuridad junto a criaturas desconocidas para el legendario clan del dragón, considerado un lugar hostil donde solo habitaban salvajes sin un código penal, modales o inteligencia si quiera.
O eso pensaban aquellos que pertenecían al clan ancestral y en eso Zhen tampoco era la excepción.
Pero además de las criaturas extrañas, los problemas, el clima alocado y la naturaleza inmarcesible, había algo más. Algo atrayente que removía algo en lo más profundo de la osada guerrera, que hacía a Zhen bajar a ese lugar prohibido incluso para su raza cada vez con más frecuencia: las más caras y exóticas joyas.
—Suéltame Dalai —ordenó Zhen al aterrizar en la tenebrosa tierra.
El niño de piel morena asintió cumpliendo la orden, agarró las provisiones de emergencia apretando el pesado bolso contra su delgado pecho, sintiendo los rutinarios escalofríos al estar en aquel misterioso lugar, ¡pero qué complicado era para ese niño cumplir con los deberes que le daba su ama! Dalai frunció el ceño intentando reunir dentro de sí el mismo valor que parecía irradiar la aventurera a su lado, pues su dueña parecía ser recorrida por una extraña ola de éxtasis cada vez que pisaba aquel suelo.