Ella me invitaba a soñar, volar y desear. La utopía se convertia en mi mundo con sólo mirar sus ojos.
Nuestros pensamientos nos hacían pasar horas jugando con las estrellas, para luego arroparnos con las nubes, mientras que el sol orquesataba nuestra faena y al caer la noche, la luna era la única testigo de lo que sentíamos.
Era como si nuestra mente dibujara nuestras siluetas en el cielo, mientras bailábamos el son que marcaba el palpitar de los corazones.
Deseábamos que fuera realidad, hasta ahora recuerdo los detalles. El paisaje era verde, tal como el vestido que lucia ella aquella noche, con tintes de color piel como las partes de nuestros cuerpos, que inocentemente íbamos dejando al interperie.
Y es que no existía nada más, quizá sólo el miedo por llegar a extrañar algo que era ajeno a nuestra cotidianeidad. Ahí despertabamos, yo en mi cama y ella en la suya..
Con deseo de tomar su mano y correr hasta donde nuestras realidades no nos alcancen y nuestra historia se vuelva palpable.
Porque ella, me invito a vivir, a creer, a amar...
