Yo misma cavé mi tumba, con mis propias manos, lágrimas, sudor y sangre.
Quería parar pero no podía, todo el mundo me gritaba y sus palabras hirientes retumbaban en mi cabeza incitándome a seguir.
Cada día se me hacía más duro y cada vez el agujero era más profundo, tan abismal como el vacío que sentía en mi interior incapaz de saciarse con nada.
Por cada decepción, cada golpe, cada ilusión tirada por el precipicio, con más ganas y rabia clavaba mis uñas en la tierra húmeda debido a mis lágrimas y deseando, de una vez por todas, descansar en paz.
Perdí la noción del tiempo y, de igual manera, todo lo que quise hasta ese momento se esfumó ante mis ojos enrojecidos después de largas noches sin dormir.
Seguí rompiéndome en pedazos, un castillo de arena que se desmorona cuando sube la marea, las hojas que caen cuando se avecina el invierno o cuando tu libro favorito acaba en tragedia.
Incluso cuando cesaron las burlas podía escuchar las voces de todos dentro de mi cabeza en bucle, me hacía sentir inútil y tenía miedo, era un sin parar y mi agobio aumentaba a pasos agigantados, sabía que iba a llegar a mi límite algún día, me sumergería en el agujero, el dolor se alejaría y lo único que sentiría sería el alivio que siempre quise sentir.
Mis ojos pedían auxilio, aunque mi cerebro no me permitía aceptar ayuda de nadie, mi mirada era un alma perdida en la desesperación de quitarse el peso de encima, me pesaba como el mismísimo infierno, tanto que me dolían las manos, enegrecidas por la tierra, y las rodillas por arrastrarlas por las brasas para intentar seguir adelante y no rendirme. Pero todo me obligaba a hacerlo y al final acabé optando por meterme en lo que sería mi tumba.
Ya agonizando y con terror, logré meterme en mi salvación que tanto trabajo me había costado excavar. Debido a que odié en lo que me convertí y no podía seguir respirando por la presión de mi pecho, mi interior hecho trizas por los cortes de los cristales rotos de mi alma y la ansiedad que me estaba matando lentamente.
Una vez dentro, comenzaba a temblar, no sabía si por la emoción de ser libre o por el frío que me calaba hasta los huesos, por lo tanto, decidí arroparme con el montoncito de tierra que dejé a un lado del agujero. Me había enterrado viva, aunque viva no es la palabra para definir mi estado en aquel momento.
Me dejé llevar por el deseo de dejar de respirar y poder dar mi último suspiro mientras lloraba, esta vez de alegría.
Lo que no supe es que de la tierra húmeda, después de todas las lágrimas que derramé sobre ella, y de mi cuerpo podría florecer algo, como si de una flor se tratase, renacer sin el peso que me había perseguido durante tanto tiempo, que para mí fue eterno. Y eso fue lo que sucedió. Gracias a la semilla de mi dolor, frustración y desesperación, pudo crearse otra yo que, sin duda, no va a pasar por todo lo que pasó la anterior. La previa ya no existe y la nueva es más fuerte.
Estaré encima de la tierra, no debajo de ella.
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Dolor.
DiversosEl dolor que sentí y lo fuerte que soy ahora relatado en forma de metáfora.
