Prólogo; El palacio

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Observo a todos los súdbitos mientras trabajan, algunos comercian, otros son esclavos de los nobles que trabajan para Ramsés II, mi querido Amo, quien por el momento se está deleitando con las finas curvaturas de su bailarina personal, quien yo esperaba que no me viera, mientras reposaba discretamente en una de las paredes del enigmático palacio que daba hacia uno de los corredores.

La 'talentosa' mujer continuó bailando con felicidad. Para ella, es un honor servir al Faraón con su mera presencia insignificante. Pero con mi persona, es lo opuesto. Todos -hasta Ramsés, mi Amo- se maravillan al servirme a mí. Me adoran. Incluso han hecho estatuas en mi honor, y me ofrecen solemnemente ser parte de la caza de aves matutina que tanto disfruto.

Mi Amo le ordena a la mujer que se largue, para mi alivio. Detesto lo fácil que cae rendida a su pies. Es patéticamente servicial. Me desperezo y salto de la pared en donde estaba cómodamente burlándome de la servidora del Faraón. Con un bostezo, me marcho através del estrecho corredor hacia el centro del palacio, lleno de templos y pirámides.

Las moradas en esta ciudad son tal y como los habitantes humanos en Egipto. Se creen distintos, pero están hechos de la misma manera. Abedul, hojas de palmera y barro en el torcido techo, semisubterráneas, con humildes puertas de madera.
Parece que se las estuviera tragando la arena.

Las Casas de la Vida, sin embargo, se alzan del resto. Son conocidas por ser una gran parte de la enseñanza egipcia y por servirle de lugar de trabajo a los escribas y algunos sacerdotes. Luego de mi extensa caminata por el enorme y estructurado lugar, diviso una de las murallas defensoras, que me indica que no puedo ir más allá. Son imponentes. Me doy la vuelta y me dirijo al templo de mi Amo Ramsés, decorado con las más finas joyas. Lo observo detenidamente.

Su forma a simple vista es la de una 'H', dos pilares interconectados entre sí por una viga. Me abro paso hacia el interior, aberturas a los costados permiten que mástiles de algunas banderinas adornen la piedra. Aquella viga ensombrece mi cabeza mientras me permito el ingreso. Adentro, me encuentro con más columnas, oscurecían el entorno, como si fuera un oasis lleno de palmeras. A mi izquierda, el sol abundaba, presumiendo una rampa que era útil para acceder al patio. Luego, gracias a una pequeña abertura, se logra acceder a la sala hipóstila, que no abunda en cuanto a pilares del lado izquierdo. Sólo posee dos, dejando un pequeño espacio que asumo se utiliza para llegar hasta alguna sub-sala.

Y todo se resume en enigmáticas salas sin posición coherente, por así decirlo, y
con inminentes pilares.

Hay algo que este palacio no posee, pero un templo sí. Mi templo predilecto. Que no necesariamente tiene que ver conmigo específicamente.

El templo de la Diosa Bastet. Majestuosa, se alza en forma bípeda, pero conserva la cabeza de felino. Posee un ropaje fino, simbolizando a las damas de la Realeza. Pero ésta vez es diferente. Los murales estaban pintados delicadamente. Todo estaba en orden. Excepto la estatua. Parecía que sus ojos vacíos me observaban. -Hola, Ra.- Resonó una voz. No era Ramsés. La voz era más bien femenina, aunque no era la esposa del Faraón tampoco. Sentí que mi pelaje se erizaba. Mis pupilas se afilaron. -Te hablo a tí.- Resonó la voz. De repente, veo que todo a mi alrededor ensombrece. Todo a mi alrededor desaparece hasta convertirse en el vacío. -Ra, soy yo.- La voz resuena en la nada. De repente, veo algo tomar forma y color...Bastet! La Diosa Bastet!

Continuará

Los bigotes de RaWhere stories live. Discover now