REUNIÓN PERFECTA

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Las calles brillaban con luces de colores y los árboles todavía adornaban las casas mientras ella caminaba hacia la plaza. El día era frío a pesar del sol que se asomaba entre las nubes, el abrigo azul que llevaba puesto no era suficiente para calentarla. De buen grado se hubiera quedado en casa, envuelta en una cobija y viendo películas, pero tenía que ir al mercado. El día siguiente sería el último del año y le tocaba preparar la cena.

Ese iba a ser uno de los días más importantes de su vida. No sólo vería a sus padres tras meses de estar separados, sino que era su oportunidad para demostrarles que no tenía ningún problema viviendo sola.

Lo había planeado todo a la perfección. Anotó en su inseparable agenda lo que tenía que comprar con su descripción detallada, cantidades e inclusive la forma que debían tener. Su padre solía decir que era demasiado perfeccionista y su madre insistía en que a veces era bueno dejarse llevar, pero no podía evitarlo, así era ella.

Después de un rato caminando por fin llegó al mercado. Se detuvo en la entrada principal y buscó su libreta en el interior de su bolsa.

No estaba.

¿Cómo podía haberle ocurrido eso? Su sistema de organización era infalible. ¿Dónde había estado la falla?

Pensó en lo que había ocurrido esa mañana. Se levantó exactamente a la misma hora de siempre. Se duchó y desayunó sus acostumbrados waffles con miel. Luego... Un momento, no desayunó waffles con miel porque se había terminado la miel. Su día se había salido del plan desde el momento en que descubrió que la noche anterior no había comprado la miel. Salió del departamento y buscó a su vecina del frente, pero ella estaba de viaje, así que tuvo que recurrir al vecino del piso de abajo, el que es lento para todo. Terminó su desayuno más tarde de lo que había planeado, así que tomó su abrigo y salió del edificio apresurando el paso para ajustar el tiempo. Sin embargo, no guardó el cuaderno porque parte de su rutina era regresar a su habitación para recoger la agenda que siempre dejaba sobre el buró a un lado de su cama. Y ese día no había regresado a su habitación. Salió del departamento más preocupada por la hora que por cualquier otra cosa.

Regresar no era una opción. Perdería el tiempo en ir y venir. Se haría tarde y el mercado se llenaría de gente. Estaba a la hora justa para caminar tranquila y evitar las multitudes. Ella odiaba las multitudes. Volver al día siguiente tampoco era una opción, porque sería 31 y tenía que dejar todo listo para antes de que llegaran sus padres.

El pánico comenzaba a apoderarse de ella cuando sintió un empujón.

-Lo siento, señorita –se disculpó un hombre muy fornido que llevaba cargando varias cajas de aspecto pesado.

-No hay problema –respondió apartándose del camino-. ¿Necesita que le ayude?

-¿Con esos bracitos? –carcajeó el hombre-. Estaré mejor solo.

El hombre siguió su camino sin dejar de reír. Ella lo miró enfadada. Como si el día no hubiera comenzado mal, ahora tenía que soportar las burlas de un desconocido.

Sacó su celular y miró la hora. Era tarde.

Suspiró resignada y comenzó su recorrido por el mercado. No le tomó mucho tiempo comprar la carne, las especias, el aceite, la pasta para la sopa y el resto de los ingredientes para la cena principal. Además compró cartulinas y listones dorados para la decoración. Aunque tuvo que hacer uso de su memoria para recordar todo lo que había escrito en la lista. Sólo faltaba la parte más importante de la sorpresa que planeó para sus padres: el panqué de pasas tradicional de su abuela. Ella estaba consciente de que era un postre navideño, pero como no se habían podido reunir antes se le ocurrió que era buena idea prepararlo para el último día del año. Su madre estaría encantada.

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