Antes de leer me gustaría que tengáis en mente que hay muchas cosas y sucesos que son científicamente imposibles e/o incorrectos. Conociendo eso, ¡disfrutad!
Todo comenzó con un joven y humilde pez de colores llamado Richard Pezóleo. Este pequeño primer sujeto pasaba sus aburridos días de vida en una pecera antigua de Rumanía, allá por el año 1915. Siempre intentaba suavizar su monotonía imaginando todo lo que haría si pudiera salir de la pecera.
Cada fin de semana, las personas con las que vivía invitaban a toda la familia para comer, merendar y cenar. Los adultos se la pasaban charlando mientras los más jóvenes jugaban. Richard observaba desde su pecera, que cada vez que veía a la familia, se le hacía más pequeña. Como si toda su existencia estuviese contenida entre cuatro paredes, que, por mala broma del destino, eran transparentes. Condenado a ser espectador de vidas llenas de felicidad mientras veía como la suya se reducía a un cofre de plástico y piedrecitas decorativas de color morado. Ni siquiera le gustaba el color morado.
Cada noche, cuando todos se acostaban, soñaba con cómo sería su vida si pudiese escapar y formar una familia. La suya sería incluso más grande que la de las personas que lo cuidaban, y sería muy diversa. Tan diversa, que sería recordada o incluso plasmada en un libro. Y todos ellos serían felices, comiendo y divirtiéndose juntos, sin importar nada de nada. Soñaba y soñaba hasta que se hacía de día y tocaba volver a su monótona vida de espectador.
Uno de los momentos que más adoraba era cuando la más pequeña de la familia se acercaba para susurrarle un adorable buenos días. Le seguía cuando el cabeza de familia llegaba junto a su pequeño mundo de cristal para darle de comer y desearle buena salud. Tampoco olvidaba cuando El Gran Manchitas escapaba del cuarto de una de las adolescentes e intentaba pescarlo. Eran momentos de agonía pura, pero aun así los disfrutaba. Una vez que volvían a capturar al gato, claro. Luego estaban los momentos de «sofá familiar», donde intentaban caber todos para charlar y pasar el rato. Y después esas largas reuniones de trabajo por parte del heredero al puesto de cabecilla, o las citas matrimoniales que se concertaban una vez una de las chicas alcanzaba los 16 años. Una de ellas se celebraría esa misma tarde. Una tarde que probablemente le daría la oportunidad de dejar todo atrás y, por fin, empezar a vivir.
En dicha tarde, uno de los súbditos a futuro yerno de la familia acababa de irse con una respuesta afirmativa. Una de las chicas adolescentes dejaba el nido. Concretamente Mihaela, una de las chicas que más se preocupaba por él, un pez de colores simplón.
—Micul Frumusete* —dijo, al despedirse—, te echaré de menos. A ti y a todos. Cuida bien de tus colores.
Nunca más volvió a verla. En realidad, nunca más volvió a ver a nadie.
Poco después de que se marchara, una de las sirvientas se acercó a su pecera y se la llevó hasta el baño. Se asustó, y, agitado, intentó distinguir hacia adónde iban. Una vez traspasaron la negrura que era el pasillo, todo lo que veía era nuevo. Nunca lo habían transportado hasta más allá de la puerta de la cocina.
Vio cómo lo depositaban en lo que suponía debía ser el lavamanos. La sirvienta cogió un cuenco previamente depositado en lo que debía se la pecera más grande que había visto en su vida, y lo recogía sin cuidado de su mundo de cristal y lo dejaba apartado en una estantería junto al retrete. Luego, la sirvienta vació la pecera en el lavamanos y se la llevó.
Richard nadó preocupado por el cuenco, intentando no perder la calma. Vale, no sabía qué demonios estaba pasando, pero por el lado bueno, eso era lo más interesante que le había pasado en... ¿Cuánto? ¿Quince años?
Nuevamente motivado, intentó divisar más detalles sacando la cabeza fuera del agua. Vio sus piedrecitas y su cofre en el lavamanos. A la derecha estaba la pecera blanca gigante, y a su lado izquierdo el retrete. Que casualmente tenía la tapa levantada.
Volvió al fondo del cuenco para poder respirar. Volvió a salir segundos después para observar el fondo del retrete. Parecía limpio y el agua también.
—Vale, hora de valorar opciones —dijo—. Opción 1: quedarme en el cuenco. Luego podría volver Ioana y devolverme a la pecera. O podría venir y deshacerse de mí... Bueno, opción 2: salto al retrete y viajo por las cañerías. Poco higiénico y de locos, pero podría llegar a mar abierto... O morir en el intento.
Observó la puerta y pensó en todas las noches de sueños y deseos que había pasado en esa pecera claustrofóbica. En todas las veces que se había prometido tener una gran familia en el futuro. Si decidía quedarse, ¿lo cumpliría algún día? Miró la cañería del retrete de nuevo. Lo más probable es que acabase muriendo o perdido en un laberinto de tubos de plomo. Pero era ahora o nunca.
Nadó de nuevo al fondo del cuenco y cerró los ojos. Pensó en todos los buenos momentos de su vida, que había pasado con la familia de Mihaela. Todas las cosas que había aprendido gracias a que el cabeza de familia quiso que las chicas tuvieran una buena educación. En todos sus sueños por los cuales iba a arriesgar la vida.
"—Micul Frumusete, te echaré de menos. Cuida tus colores."
"Lo haré", pensó. "Lo haré con todas mis fuerzas."
Le deseó lo mejor a toda la familia y agitó su pequeña cola lo más fuerte que pudo, impulsándose a sí mismo y a sus sueños a una nueva vida llena de misterios y cosas nuevas por descubrir. Salió disparado del cuenco, precipitándose a la letrina. Intentó coger aire inútilmente mientras su diminuto corazoncito palpitaba a cien por hora.
Cayó al interior del inodoro, al tiempo que intentaba reponerse. Recobró la compostura y, más emocionado que nunca, cogió un último impulso y entró en las cañerías, empezando a caer.
Intentaba pensar mientras caía, cosa difícil debido al subidón de adrenalina. A medida que el tiempo que llevaba suspendido en el aire aumentaba, el miedo iba apoderándose de él. La emoción del primer momento desaparecía para convertirse en ansiedad, a medida que se revolvía para conseguir aire. Acabó dándose golpes contra las paredes hasta que tocó el fondo, quedando inconsciente por el golpe.
Sin saber que estaba a punto de cambiar la vida de muchos.
* Micul Frumusete: Pequeña Hermosura (en rumano).
Continuará...
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Historia de Ballicornio Volador
RandomYa habréis leído el título de la obra. Creo que eso lo dice todo. Y así es, esta es la historia del más extraño legado de la más extraña criatura que ha no-existido en la Tierra. Si queréis conocerla, eso ya es cosa vuestra. Aquí hay contenidas dist...
