Y ahí estaba la Rosa.
Rosita le decían, porque era menuda pero ya mostraba su cuerpo que cambiaba rápido de niña a mujer.
Sus largas trenzas negras como el ala de un cuervo le llegaban hasta la cintura y ahora las arrastraba por el suelo escondida, como estaba, de rodillas tras aquella puerta.
Los patrones hacían una gran fiesta esa noche de 1910, en su fundo cerca de la ciudad de Cauquenes, para celebrar el regreso del señorito. Ella, aunque en pocas semanas cumpliría sus 16 años, no ayudaba en esa velada, ni en la cocina, ni sirviendo a los invitados. Su madre, que llevaba años siendo la mujer de mayor confianza de la casa patronal —viuda hacía tiempo, aunque nunca hablaba de aquello, ni con la Rosita ni con nadie— se había encargado de evitar que eso sucediera, alegando ante la doña que, "la niña andaba opilada, así que mejor déntrela pa'l fondo, que no sirve pa' na" — mentira que Rosita conocía bien. La verdad era otra: su madre no quería que anduviera cerca de tanto hombre extraño, ni que algún patrón o algún amigo del señorito le echara el ojo encima. "Mientras más lejos de la tentación, mucho mejor" solía decirle, y Rosita, aunque no entendía del todo el porqué, sabía que no era cosa de discutírselo
Con el corazón latiendo fuertemente sobre sus costillas, Rosita observaba embelesada a la concurrencia. Esa noche le pareció la fiesta más grande que había visto en su corta vida.
El señorito estaba de vuelta de su viaje por un lugar lejano que le dijeron que se llamaba "uropa", o algo así. Rosita se preguntaba si allá olería distinto, si el aire de esos lugares raros se le habría pegado a la piel. Ella todavía recordaba el olor de él — a jabón fino, a algo entre las flores del duraznero y esa otra cosa que no sabía nombrar. El recuerdo de aquella vez que la salvó de las aguas del río, hacía ya tantos años, aún le hacía sentir algo raro por dentro, que todavía no sabía explicar.
Ella quería verlo. Hacía tanto que se había marchado que temía no poder recordar su rostro cuando volviera a hacerlo. ¿La recordaría a ella? —No, seguro que no— pensó, sin darse cuenta de que lo había dicho casi en voz alta.
De pronto la música sonó tan fuerte que parecía que vibraba dentro de su pecho y se tapó los oídos con sus manos sin dejar de abrir grandes sus ojos claros al verlo pasar.
Para poder ver lo que sucedía, sin que notaran su presencia, se escabulló por la cocina hasta el patio trasero y llegó al corredor por donde las luces de la fiesta y el bullicio de la gente se colaban mezclados con los sonidos de la noche cerrada.
Rosita se asomó por la siguiente ventana para seguir contemplándolo.
El señorito Luis estaba espléndido. Venía más bronceado que antes de partir, y algo en su forma de pararse —erguido, seguro— le hacía parecer más alto de lo que realmente era. Su cabello, algo más largo de lo que se usaba entre los hombres del pueblo, caía apenas sobre su frente. Iba vestido con una impecable camisa blanca y pantalón y chaqueta negros, y de su bolsillo asomaba un pañuelo que a Rosita le pareció sacado de una revista.
Rosita, al ver ese fino bigote sobre sus delgados labios, esbozó una leve sonrisa que tapó con sus pequeñas manos.
Ya hacían tres años de aquella última vez que lo había visto y escuchado su profunda voz. Él ya sería mayor de edad, y tal vez... solo tal vez, podría reparar en que ella existía.
—¿Y pa qué? —murmuró, sin querer, hablándole a la noche.
Una hermosa música comenzó a sonar y Rosita lo vio tomar, con sus manos enguantadas, otras manos más delicadas y seguramente más suaves que las suyas. Eran las manos de una hermosa dama envuelta en un enorme vestido color violeta, el rubio cabello peinado en un tirante moño y algo que parecía una corona de princesa sobre él.
Luis la tomó por la cintura y comenzó a moverse por el salón, ligero, como si volara sobre sus pies. Le sonreía, le decía cosas al oído, y ella se sonrojaba y le devolvía la sonrisa con los ojos brillantes.
Rosita lo supo en ese instante. El señorito Luis jamás pondría sus hermosos ojos verdes sobre ella.
—¡Qué'stay haciendo ahí, chiquilla de porquería!
—Na mamita... na... Sólo quería ver a los patrones... un ratito.
—¡Andate pa'entro, chiquilla lesa, que si te pillan aquí nos corren a correazos!
—Sí, sí mamita... pero no me castigue por faor.
Rosita recogió sus faldas y corrió hacia la cocina mientras su madre, una mujer más bien robusta, la perseguía con una gran cuchara de palo en la mano, y lograba lanzársela sobre la cabeza, dando justo en el blanco.
YOU ARE READING
LA ROSITA
RomanceCuento corto basado en la idea de un amor imposible a principios del siglo XX en el Chile rural. La Rosita es hija de los inquilinos del fundo de los Bustamante, ubicado cerca de la ciudad de Cauquenes, en la provincia de Maule. Ella crece entre el...
