Recurrí a estas páginas para proyectar mis alegrías y, eventualmente, algunas penas.
Al ser mi vida algo tan emocionante, el aburrimiento escaseaba. Aún así, cuando atacaba se volvía la agonía más atroz que cualquier hombre pudiera imaginar. El horrendo vacío que deja el no desear hacer nada es algo que ningún ser humano debería padecer.
La historia que quiero contar comenzó con aquella sensación. La vida carecía de sentido a pesar de todo lo que alguna vez había hecho para evadir ese sentimiento. He llegado a sumergirme en el mundo de la filosofía con tal de que este tormento no me encuentre. Me he escondido a simple vista, en paseos interminables a la luz de la luna, con o sin compañía. Aún así, todo parecía insuficiente. Cual depredador paciente, el aburrimiento y el desánimo, siempre lograban encontrarme.
Con el tiempo deje de huir. Caí ante aquel horrendo flagelo con la esperanza de encontrar la paz. Me resigné a un trabajo mediocre y aburrido, la monotonía se apoderó de mis días y toda pasión en mi vida terminó apagándose. Únicamente, de mi antigua vida, mantuve mis largas caminatas. Tal vez aún tenía la esperanza de encontrarme con la luz que había perdido.
Bueno... Justo en ese punto comienza mi historia. En una larga caminata por un sendero desconocido en un barrió olvidado. Una luz amarillenta enmarcada por una ventana blanca en una vieja casa muy descuidada me mostró, al reflejarse sobre su piel y rubio cabello rizado, el nuevo capricho que movería mi mundo, tal vez, por el momento próximo.
Esa noche me limité a intercambiar miradas con aquella muchacha a través del cristal. Desde la seguridad de la distancia logré ver lo maravilloso de sus ojos. En ese momento, creo que ella observó los míos. Luego volví a casa con una extraña satisfacción en mi alma. Me lancé sobre mi cama sin siquiera quitarme los zapatos solo para perderme en mis pensamientos mientras miraba el techo.
¿Había encontrado en su mirada aquella aventura seductora que tanto mi alma anhelaba?
Fui otra vez a visitarla, otra vez durante la noche. Me senté en una banca del parque que se encontraba frente a su casa a leer con la esperanza de presenciar el momento exacto en el que aquella luz amarilla se encendiera para permitirme verla una vez más.
Esperé por horas sin percibir ninguna señal de que algo vivo entrase a su habitación.
-¿Se le perdió algo?
La voz vino de la joven que estaba sentada en la otra punta de la banca. Sin prestarle mucha atención, me enfoqué en mi lectura. Por suerte aquella banca estaba bajo un farol.
-No trate de disimular ¿Por qué estaba mirando a mi habitación?
Dirigí la mirada hacia ella y le dije lo primero que pude inventar.
-Me disculpo. Solo admiraba la arquitectura. Me apena que tan bella edificación se encuentre en ese estado.
Clavó sus ojos en los míos como si dudara de mi con todo su ser. Luego el azul frío cambió a un tono más amable. Parecía haberse creído la mentira.
-Tiene razón. Es una gran pena. En su tiempo fue una de las casas más bellas de la zona ¿Es usted de por aquí?
Mi corazón comenzaba a acelerarse con cada una de sus palabras y mis pensamientos se reducían a la simple acción de contemplar su belleza.
-No. Nunca había estado por aquí.
-Entonces, que lo trae a esta banca a leer.
Era más que obvio que no había ido para leer. Yo solo quería contemplar como la amarillenta luz caía sobre su pálida piel fundiendola con el dorado de su cabello. Con eso sería feliz un rato. Solo eso...
-Pasé por esta plaza en uno de mis paseos y vi su casa. La curiosidad me trajo de nuevo hasta aquí y traje un libro solo para disimular.
Otra vez esos ojos fríos parecían analizarlo todo. Lo curioso es que no me incomodaba lo más mínimo. Al contrario, sus ojos captaban toda mi atención y su imágen conseguía llenar ese vacío que el aburrimiento provocaba.
-Debo irme. Mi madre espera con la cena. Ha sido un placer conocerle.
-El placer ha sido mío. Espero volver a verla proto.
Su cara enrojeció al escuchar lo que dije. Si tan solo pudiera describir algo tan adorable... Aquella pálida piel teñida con un tono rosado mostraba una tímida sonrisa que logró derretir hasta el último pedazo de mi alma.
Desde entonces lo supe. Eso no era un capricho cualquiera. Sino, la más hermosa y retorcida de las emociones haciendo aparición. Esa mezcla de alegría, paz, miedo, dudas y corage inigualable no parecía propia de mi. Quería detenerla y confesarle todo lo que sentía antes de que cruzara la calle pero me detenía la duda y el miedo callaba mis palabras. Aún así me sentía en paz. Cosa curiosa es el amor.
Decidí pasar un tiempo lejos para no levantar sospechas. Tal vez un poco de lejanía le permitiría a mi mente trazar un plan o estrategia para acercarme a ella y, tal vez, preguntarle su nombre. De paso, también estudié un poco de arquitectura para mantener aquella mentira.
Pasaban los días y no lograba distraerme de aquella imágen angelical donde su sonrisa se mostró a mí por primera vez bajo aquel farol. Las pequeñas perlas de sus dientes perfectamente rodeados por unos finos labios de un rojo pálido pero seductor. Sin duda me tenía hechizado.
No pasó una semana cuando decidí volver a visitarla. Tomé mi abrigo y me encaminé hacía la puerta. Esta vez llevaba un estuche con lápices y un cuaderno para retratarla si es que ella me dejaba. Realmente deseaba sorprenderla con alguna de las habilidades o conocimientos que adquirí mientras escapaba del vacío.
Llegué a la misma banca justo al ataedecer. Ese día, el ocaso fue un maravilloso espectáculo de rojos y amarillos. El juego de luces podría haber encantado a cualquiera hasta el punton de hacer que olviden sus quehaceres solo por contemplarlo un segundo. Era de esos fenómenos que limpian el alma de cualquier preocupación.
-¿Vas a dibujar la casa?
Aquella voz me devolvió a la realidad. No me podía quejar. En este caso, la realidad era mucho mas hermosa que la fantasía.
-Claro -Le dije sin pensar
-Veo que te gusta mucho la arquitectura.
-Solo la antigua. Hoy en día perdió el encanto artístico que antaño supo tener. Culpo a los “innovadores” por eso.
Ambos reimos un poco. Al parecer ella tampoco comprendía las nuevas artes o, al menos, apreciaba los viejos estándares tanto como yo.
El farol por fin se encendió y me puse a dibujar con todas mis energías. Ella me observaba pacientemente mientras mi lapiz se movía de un lado a otro. Me sentí como en el cielo. Como si toda mi vida se resolviera en ese momento o, como si comenzara a tener sentido desde ese mismo instante.
Levanté mi lápiz de la hoja y oculté rápidamente el dibujo contra mi pecho. Ella me miró como si pidiera a gritos ver el dibujo. Sus ojos me rogaban impacientes y la curiosidad en ella era evidente.
Di vuelta la hoja mostrando el retrato, a lo que ella respondió con sorpresa. Le había hecho creer que dibujaría su casa pero, en el papel, se la podía ver a ella sentada en aquel extremo de la banca.
-Lo siento... -Le dije.- No pude evitar dibujarla.
Ella seguía muy sorprendida y su silencio logró hacerme dudar pero, cuando sonrió, sentí como si el ocaso de esa tarde se reflejaba en sus ojos. No tengo palabras para describir la ternura de su mirada.
-Necesito que me diga su nombre y cuando podré verla de nuevo.
Esa noche volví a casa emocionado. Su nombre se grabaría en mi alma para el resto de mi vida, así como el momento en que me pidió que nos encontráramos la próxima tarde.
La llevé por las calles más hermosas que alguna vez transité y le conté todo lo que sucedía cada vez que la veía.
Al día siguiente desperté deseando volver a verla, pero ¿no sería ya mucha insistencia? Tal vez, si continuaba visitando su casa tan seguido, la espantaría. No podia arriesgarme a eso. Entonces tomé la decisión de visitarle cada tres días.
Al principio fue una gran idea, pero con el paso de las horas volvía a sentir el frío vacío abriéndose paso por mi pecho hasta opacar mi alma con tan venenosa sensación. Un dolor que no duele, una tortura que existe y no existe a la vez. No creí que sobreviviría, pero así fue.
Al tercer día, por la tarde, me senté nuevamente en aquella banca. imaginé su sonrisa y me perdí nuevamente en el cielo del atardecer. Tanto me abstraje en mis pensamientos que no noté el paso del tiempo. De haberlo notado, hubiera sabido que ella no vendría.
Volví a casa ahogado en frustración. Realmente esperaba verla y pasar juntos otro rato.
Las lágrimas cayeron igual que las de un niño cuando no consienten sus caprichos.
¿Esto es lo que el amor le hace a un hombre? Seguro que si. Nos volvemos frágiles, vulnerables a la tristeza y ese sentimiento horrible que es la soledad, pero debemos vernos fuertes. Si, fuertes porque nuestro orgullo es más importante que cualquier otra emoción.
Volví al día siguiente sólo para repetir lo ocurrido. Esta vez llevaba una disculpa ensayada para justificar mi ausencia y, pese a mis deseos, no apareció. Ni siquiera vi una luz en su ventana, ni escuché movimiento alguno proveniente de su casa.
Por supuesto que volví a visitarla una tercera Vez. Esa tarde fue eterna. No paraba de pensar en que pasaría si ni volvía a verla. Ese atardecer eterno grabado en su mirada ¿qué sucedería con él? ¿a dónde irían a parar todas esas emociones que experimenté cuando le confesé lo que sentía?
Sin dejar de observar la ventana, divagué por horas en mi mente mientras solo pasaban minutos en la vida real. De pronto una mujer mayor se sentó donde ella solía sentarse.
-¿Por qué miras tan atento esa ventana?
-Espero que se asome alguien.
La mujer sonrió tras escuchar mi respuesta.
-¿Estás enamorado?
-Podría decirse. Es una emoción nueva.
La mujer extendió su mano con un sobre y se levantó.
-Mi hija también se había enamorado por primera vez.
Dicho esto, se marchó hacia la casa.
Tomé el sobre con miedo y curiosidad. Decía que pasó dos días esperando por mi en el frío de la noche y enfermó al amanecer del tercer día. Me pedía disculpas por no poder seguir esperándome y se despedía de mi agradeciendo aquellos paseos y anécdotas. Antes de finalizar la carta confesó que sus sentimientos eran iguales que los míos y que hubiese deseado compartir más tiempo conmigo.
Una estaca de hielo atravesó mi corazón y congeló mis lágrimas. Sentí como se iba toda emoción de mi cuerpo con cada paso que daba mientras me alejaba de aquella banca. Su recuerdo dolía aún más que el vacío y mi alma no podía soportarlo.
Llegué a mi casa con los pedazos de mi corazón aún cayéndose y la carta todavía en mano. Nunca me pareció tan vacía y obscura. Parecía enorme y fría. Llegaba da dar algo de miedo.
Me senté en la inmensidad a llorar dado que, aunque fuera sólo un recuerdo, su calida sonrisa derritió el metafórico hielo que contenía mis lágrimas.
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Una Pequeña Historia de Amor
Romancenacida de un remolino de emociones mezcladas con experiencias pasadas, este es el primer intento de una historia romántica que alguna vez escribí. pensé en incluir fantasmas, pero mi mano se movió sola mientras escribía. espero que lo disfruten.
