I - EL MUNDO, MI MUNDO

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Creo comprender lo que es esto, claro que lo sé, si no ¿cómo estaría aquí? Mi vida es mía, y si yo no la comprendo ¿Quién lo hará?, claro que comprendo que es esto.

Cada mañana es igual a la anterior, exceptuando algunas cosas pocas, las cuales a veces pasan desapercibidas por la rapidez del tiempo. No son cosas tan exuberantes, si no contradeciría lo que digo, son cosas pequeñas, como la posibilidad de salir un poco más tarde, que justo el transporte pasó vacío, que tu jefe este de buen humor y tu día no sea tan agotador. Cosas como esa, aunque me gustaría decir cosas más cliché, como el olor al pan tostado en la mañana, el rocío de las flores haciéndote sentir escalofríos, el día nublado que pareciera ir más lento. Pero así no es mi realidad, cosas como esa no tienen valor, y tal vez aborrezca a las personas que lo ven así, la hipocresía en no aceptar lo mala que es la vida. ¿Comprender mi vida?, claro que si... aunque mi respuesta puede ser un poco pesimista.

No hay que ser así claro. Cuando me preguntan, digo que el sentido es ayudar, aprender, tener experiencias maravillosas, conocer personas, etcétera. La sociedad hace ponerte una máscara a veces muy falsa. Pero aun así, mi respuesta no es pesimista del todo, creo tener algo que no me deja responder sin culpa. ¿Qué es? No sé.

Mis mañanas son típicas, no salen de lo ordinario casi nunca como dije. Al levantarme voy al baño y me ducho, siempre pongo canciones. No creo que sea para disfrutarlas, siento que lo hago más para tomar el tiempo en el que me ducho (jamás me puedo demorar más de dos canciones). Aun así se me pegan, y a veces las tarareo. Al salir me seco y me visto para ir a desayunar, lo que puede variar en café más alguna otra cosa que me encuentre por allí: pan, galletas, queque, o alguna novedad de la que no me acuerdo haber comprado. A las ocho de la mañana salgo de mi casa, cada día, a las mismas ocho en punto de la mañana sin falta. Nunca me ha ocurrido quedarme dormido, pero a veces me carcomen las ganas de que me suceda.

Bajo de mi apartamento en el sexto piso del edificio que está en la esquina de Adolfo Pizarro con Américas y ya que me falta un vehículo, siempre me voy en bus, y como siempre me voy a la misma hora, siempre me encuentro con la misma señora anciana y bajita, de pelo blanco y ligeramente rizado. Creo que me reconoce, siempre me sonríe y yo lo hago de vuelta. A veces bromeo con mi mismo diciendo que si ella fuera unos 50 años menor las cosas a lo mejor, en un escenario muy adecuado, resultarían entre nosotros. Lo que me hace reír por un momento.

Ella se baja unos tres paraderos antes que yo, en Fulton, donde atiende su panadería, y ¿Cómo lo sé?, bueno muy simple, un día por esas casualidades de la vida andaba cerca de allí y pase a comprarle pan, dándome cuenta que todas las mañanas que ella descendía en ese preciso paradero era para atender una panadería bastante hogareña y tierna a mi parecer, con el típico olor a ayuya o marraqueta que la caracteriza. Y ahora que lo pienso, cuando voy en el bus, a veces siento ese olor.

En el trabajo solo socializo con una persona: Khaled. Extranjero, muy animoso y comprometido, tiene el pelo rizado y un poco anaranjado. Siempre anda feliz, lo cual a veces me da un poco de vergüenza ajena.

A pesar de esta característica, su historia no es tan feliz. Al principio viajó por el mundo con su esposa y recorrieron gran parte de Europa y Asia. Tuvo la mala suerte de nacer en un país en guerra y en una de las vueltas a su hogar, un último día antes de salir de nuevo del país (ya que se quedaba muy poco, no le gustaba para nada), se le ocurrió salir con su esposa a pasear. Se encontraron de frente a un atentado, y lo que sigue no es a mi parecer algo tan difícil de deducir.

Khaled llego solo con su hijo Andric (el cual se me olvido mencionar) a esta mi "maravillosa" nación hace unos 5 años (el niño ya tiene 9) y desde ese entonces trató de rehacer su vida. Aun trabaja en ello, aunque no le va nada mal, tiene su casa y vive bien.

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