Rodeadas de un mar sin límites, estaban las vastas tierras de Gor. En el centro de tales tierras había un gran árbol que se elevaba hacia el cielo. Sentado en la copa del árbol había un joven que sonreía mientras miraba al mundo bajo sus pies.
Era alto y delgado, con rasgos guapos y pelo largo. Con su larga túnica verde y su suave sonrisa, parecía la imagen escupida de un erudito.
En sus manos sostenía una caña de pescar de bambú, la cual ocasionalmente movía hacia arriba y abajo. En la distancia había innumerables seres vivos, y la vegetación en la zona era abundante. Todo parecía vivo y refrescante.
Era temprano por la mañana, y todo era muy tranquilo y pacífico. Una suave brisa barrió la zona, haciendo que las hojas crujieran y salieran volando por el aire. De vez en cuando, algunas aves salían volando de sus nidos, dejando escapar pequeños silbidos.
El tiempo pasó. Tres horas, seis horas, nueve horas. Pronto, habían pasado 20 horas. El joven en la copa del árbol sonreía igual que antes, casi como si no le importara atrapar nada. No parecía enojado en lo absoluto.
Se veía muy calmado en la superficie, pero si lo mirabas de cerca, notarias que en lo profundo de sus ojos había un cansancio y dolor sin igual. De hecho, si te acercaras aún más, notarias que hasta su sonrisa parecía un poco forzada.
Pero nada de eso hacía que dejara de pescar. Su actuación era impecable; sus ojos casi ni se movían y su sonrisa era tan suave como siempre, incluso en la noche. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que su rostro se puso así.
Al mismo tiempo...
Lejos, había un mar sin límites que rodeaba a las tierras de Gor, y el sol se estaba poniendo. En el resplandor del atardecer, todo lo que podía verse eran hermosas olas y un profundo resplandor naranja.
El mar se extendía en todas direcciones, y un aroma de pescado y mar llenaba el aire. Este era... ¡El Mar Andrómeda!
El atardecer pasó y el joven siguió esperando. Espero y siguió esperando... La noche cayó y un rió de estrellas apareció en el cielo, lleno de la luz de incontables eras. Era pintoresco.
La noche pasó. Tal vez lo que él joven quería pescar no era un pez o un objeto... sino esperanza.
El tiempo pasaba. El sol subía y volvía a bajar una y otra vez. La luna se levantó y cayó innumerables veces. La vegetación era exactamente igual y el mundo seguía en verano, sin saltar por las otras estaciones del año. Al parecer, solo había verano en las tierras de Gor.
Quizá este mundo no era real... o tal vez sí. Tal vez era una ilusión... o tal vez una tierra sagrada.
De todas formas, todo seguía pareciendo exactamente igual de vivo y refrescante. Nada había cambiado.
Ese cielo estrellado, las montañas, el mar.Nadie sabía si ese paisaje era real o no.
De alguna manera, lo único que realmente parecía vivo... era el joven.
El tiempo pasó volando. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado. Todo era tan tranquilo y silencioso que era aterrador...
El viento volvió a soplar miles, millones o hasta varias decenas de millones de veces. Barrio las tierras de Gor hasta pasar por el gran árbol y aterrizar en el rostro del joven. Su rostro no cambio en lo absoluto. Sin embargo...
Dentro de los ojos del joven, en lo más profundo de ellos, había un resplandor indescriptible. Era rojo, y parecía contener una rabia ilimitada. Sorprendentemente, había una persona dentro de ese resplandor. Era transparente y no se movía, y casi parecía inconsciente.
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Tierras de Gor
FantasyTras asesinar al hijo del Emperador, el hijo más joven de una familia de hechiceros es encarcelado y maldito por un poderoso hechizo ancestral, condenado a permanecer en un mundo confinado durante toda la eternidad, en las vastas Tierras de Gor.
