Isaac salió a meditar al campo. Le dijo a su padre Abraham que volvería para la hora de la cena, pues ya era tarde. El sol comenzaba su descenso hacia el suelo para poder emerger renovado el día siguiente. Los pastores que vigilaban el ganado por la noche llegaban con los del turno matutino para convivir un par de horas en medio de la transición. Todo esto pasó cuando Abraham tenía ciento cuarenta años de edad, y acababa de conseguirle esposa a Isaac su hijo.
Rebeca quiso ir a buscar a Isaac. Se colocó el velo para cubrir su cabeza y salió de la tienda que alguna vez perteneció a Sara. Caminó entre las otras tiendas hasta llegar con un grupo de los siervos de Abraham, a quienes preguntó por el paradero de su marido. Ellos le indicaron que se había ido nuevamente a la colina cerca de donde estaban. Ella pidió entonces que le asignaran a uno que la pudiese escoltar hasta la falda del monte, y así lo hizo uno de ellos.
Llegaron hasta el borde del collado, en donde ya estaban algunos siervos que previamente habían acompañado a Isaac para llegar ahí. Rebeca les dio las gracias y les indicó que les esperasen ahí mismo. Ella decidió entonces subir a la cima del monte. En su recorrido vio algunos animales y cierta variedad de arbustos. Encontró a quien buscaba, sentado y cruzando ambas piernas, mirando al horizonte. Le veía de espaldas, estaban en completo silencio, con excepción de la intromisión del viento, y por lo mismo, Isaac pudo escuchar su llegada, y volteó detrás de sí.
La mirada de Isaac estaba seria. Rebeca no se hizo esperar y se retiró el velo para que su esposo pudiese apreciar la belleza que veía en ella. Isaac no sabía cómo reaccionar; tan sólo contemplaba a Rebeca, quien procedió a hablar, y dijo:
—Buenas tardes, Isaac, ¿cómo estás?
Él movió sus piernas de modo que pudiese girar y ver mejor a Rebeca. Y contestó:
—Bien.
Aquella respuesta fue muy simplona, y el rostro de Isaac no concordaba mucho con lo que sus labios establecieron, por lo que Rebeca siguió de hablar:
—Veo que otra vez viniste al monte.
—Sí. Me gusta apartarme un rato de todo el ruido de las ovejas y cabritos para venir aquí y pensar en muchas cosas.
—¿Qué tanto reflexionas usualmente?
—Lo que me dure la caída del sol.
—Y... ¿sobre qué reflexionas? Por ejemplo, hoy. ¿Qué estabas reflexionando antes de que llegara aquí?
—Es complicado de explicar...
—Pues... tienes hasta la caída del sol para tratar de explicármelo —dijo Rebeca mientras se acercaba a Isaac.
Se sentó lentamente a su derecha. Entonces Isaac procedió a decir:
—Qué bello sol hace hoy, ¿no crees?
—Sí. Pero no deberías quedarte mucho tiempo mirándolo fijamente. Podrías terminar ciego de aquí a un par de años.
—Ja, sí. Imagínate. Capaz que ni me sería posible distinguir a mis propios hijos. Apenas con su voz.
—Eso si no soy estéril. Jehová no quiera, claro está.
Isaac soltó una mueca agachando la cabeza. Se volvió a enderezar, y mientras miraba a la lejanía continuó:
—Me he dado cuenta con el paso de los días que eres más de quedarte en tu tienda.
—Sí. No aguanto estar al aire libre con plena ola de calor. Sacar agua en las tardes era muy fastidioso allá con mi familia.
—Y pensar que después recorriste todo el camino desde la ciudad de Nacor hasta acá en el Neguev.
—Estuvo bien. Al menos se sintió agradable cambiar de paisaje, y por eso fui la mayor parte del trayecto sin mi velo. Sólo así luego te pude apreciar desde la distancia.
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Isaac y Rebeca: Héroes de la fe
SpiritualAbraham es considerado el padre de la fe, ¿pero qué se dice de su hijo Isaac? El capítulo 11 de la carta a los Hebreos le dedica el versículo 20 a Isaac, ¿pero eso es todo? ¿Qué modo de pensar pudo haber tenido el "hijo de la promesa"? Este breve re...
